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Editorial: NUESTRO ISPA, BILLY ELLIOT, EL PENDRIVE Y EL MUNDIAL DE LOS DISTRAÍDOS

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NUESTRO ISPA, BILLY ELLIOT, EL PENDRIVE Y EL MUNDIAL DE LOS DISTRAÍDOS

Por el Dr. Merengue

Nuestro Ispa está de fiesta. Empezó el Mundial. La pelota rueda. Los comentaristas comentan. Los panelistas panelizan. Los influencers influencian. Los políticos tuitean como si fueran directores técnicos y los directores técnicos son analizados como si fueran filósofos de la Escuela de Atenas. La República respira aliviada porque durante noventa minutos puede fingir que nada se incendia alrededor.

Y cuando digo nada, es absolutamente nada.

De Doña Chola haciendo malabares en la farmacia para decidir qué remedio compra y cuál deja librado a la voluntad divina. Del salario que corre detrás de los precios con la elegancia de una bicicleta sin cadena persiguiendo un avión. De las promesas recicladas que reaparecen en cada elección con más vidas que una cucaracha radiactiva.

Pero antes de que la pelota comenzara a rodar, nuestro Ispa encontró dos enemigos formidables para combatir.

El primero fue Billy Elliot. Sí, un chico de once años. No un narcotraficante. No un corrupto.

No un delincuente. Un chico que baila.

Y allí apareció una de esas escenas que sólo la Argentina puede producir cuando decide tomarse en serio lo ridículo. Lo que debía ser una discusión artística sobre una obra teatral terminó pareciéndose a un tribunal medieval buscando herejes debajo de las tablas del escenario. El espectáculo dejó de ser la puesta, la música, el trabajo de los actores, la dirección o la emoción que provoca la historia. No. Lo verdaderamente urgente parecía ser desenmascarar la conspiración planetaria escondida detrás de un niño cuya conducta sospechosa consiste en bailar.

El Dr. Merengue, que ha visto óperas donde mueren más personajes que en una guerra balcánica, quedó maravillado. Durante años creyó que la crítica cultural consistía en analizar una obra. Qué ingenuidad conmovedora. Ahora parece consistir en someter a un menor de edad a una auditoría ideológica más exhaustiva que una inspección de la AFIP.

A este ritmo, pronto se abrirán causas contra Heidi por ocupación irregular de tierras alpinas, contra Caperucita por incumplir protocolos de circulación y contra Blancanieves por mantener una convivencia estadísticamente escandalosa con siete hombres.

Pero cuando Billy Elliot comenzaba a retirarse del escenario, ingresó la segunda gran estrella de la temporada: el pendrive.

Ah, el pendrive.

Ese pequeño rectángulo de plástico ascendido durante algunos días al rango de tótem nacional. Había más expectativa alrededor de ese dispositivo que alrededor de una final del mundo, una elección presidencial y el regreso de los dinosaurios juntos.

Nuestro Ispa entero aguardaba revelaciones devastadoras. Algunos esperaban Watergate. Otros la Biblioteca de Alejandría digitalizada. Los más optimistas imaginaban la fórmula para bajar impuestos, subir salarios y lograr que una milanesa dejara de cotizar como activo financiero.

Pero la realidad tiene una costumbre detestable: arruinar las fantasías de quienes viven de anunciarlas. Porque la realidad, esa señora maleducada que insiste en pedir pruebas, documentos y evidencias, suele llegar justo cuando el relato ya estaba listo para la ovación.

Y entonces el pendrive comenzó a parecerse menos al Santo Grial y más a esos trailers donde explota todo en dos minutos y después la película resulta ser una larga conversación sobre nada.

Pero no importa. La Argentina moderna ha perfeccionado un mecanismo admirable.

Primero se anuncia. Después se exagera. Luego se discute. Finalmente se olvida.

Y vuelta a fabricar la próxima alarma.

Hasta aquí, todo parece encajar en la lógica habitual de la temporada: polémicas que duran lo que dura una tendencia, escándalos que se consumen a la velocidad de un titular y debates que se evaporan antes de que alguien termine de entenderlos. El sarcasmo encuentra terreno fértil porque los protagonistas cambian, pero el mecanismo se repite con una disciplina casi admirable.

Sin embargo, no todas las historias admiten el mismo tratamiento. Hay momentos en que la ironía deja de alcanzar, no porque falten motivos para ejercerla, sino porque la realidad impone otro registro. Detrás del ruido permanente, de las controversias fabricadas y de las distracciones en serie, siguen ocurriendo hechos que resisten cualquier intento de convertirlos en espectáculo pasajero.

Por eso, mientras Billy Elliot era convertido en amenaza civilizatoria y el pendrive era promocionado como artefacto milagroso, seguía existiendo una noticia que no debería desaparecer de la conversación pública.

Agostina.

Y aquí el Dr. Merengue deja por un instante el sarcasmo sobre la mesa.

Porque ya no se trata de una polémica teatral. Ni de una conferencia política. Ni de una guerra de titulares. Aquí hay una tragedia.

Y entonces vuelve a la memoria Lope de Vega.

—¿Quién mató al Comendador? —Fuenteovejuna, señor.

—¿Quién es Fuenteovejuna? —Todos a una.

Pero en esta historia no. Aquí no.

Porque cuando el horror golpea de esta manera aparece una tentación muy argentina: fabricar explicaciones tan extensas que terminen enterrando la responsabilidad. El contexto. La sociedad. El clima cultural. El entorno. Las redes sociales. La época. El algoritmo. Mercurio retrógrado si hace falta. Todo sirve para construir teorías sofisticadas que permitan no mirar de frente lo esencial.

Y sin embargo, detrás de semejante tragedia hay una realidad brutal.

No fue Fuenteovejuna. No fue una abstracción filosófica. No fue una nube sociológica. Hubo una víctima. Hubo una familia destrozada. Y hubo un asesino. Un asesino psicópata.

Esa es la palabra que la realidad impone mientras algunos especialistas en maquillaje verbal buscan reemplazarla por expresiones más cómodas.

Y mientras nuestro Ispa corre detrás de la próxima polémica descartable, una familia sigue despertándose cada mañana con el mismo dolor.

Pero el país tiene prisa. Siempre tiene prisa.

Prisa por indignarse.  Prisa por opinar. Prisa por olvidar. Porque ya empezó el Mundial. Y rueda la pelota.

Y mientras rueda la pelota, Billy vuelve a ser un chico que baila, el pendrive vuelve a ser un pendrive, los políticos vuelven a prometer lo que no cumplirán, los periodistas vuelven a descubrir urgencias nuevas cada cuarenta y ocho horas, los distraídos vuelven a perseguir la polémica de moda, el Club CocotaVermichelli de Villa  Luzuriaga Country vuelve a debatir la temperatura ideal del Aperol Spritz y Doña Chola vuelve a preguntarse cómo hará para comprar los remedios.

Y así continúa la función. Acto tras acto.Escándalo tras escándalo. Distracción tras distracción. Hasta que uno comprende que el verdadero deporte nacional no es el fútbol.

Es mirar hacia otro lado. Y en ese campeonato, queridos lectores de nuestro Ispa, no sólo somos campeones del mundo: llevamos décadas jugando sin rivales.

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