Hay domingos en los que uno prepara el café, abre los diarios internacionales y descubre que, una vez más, la Argentina sigue siendo el deporte favorito de ciertos opinadores profesionales.
Es un fenómeno digno de estudio. Si llueve en Oslo, la culpa es argentina. Si el dólar sube, seguramente fue idea de un argentino. Si Marte pierde una órbita… ya aparecerá algún editorialista dispuesto a encontrar un porteño escondido detrás del telescopio.
Durante días escuchamos auténticas homilías de moral importada. Que los argentinos somos soberbios. Que somos exagerados. Que festejamos demasiado. Que hablamos fuerte. Que respiramos con exceso de autoestima.
Y, por supuesto, nunca faltan quienes, desde la comodidad de una butaca europea, se sienten investidos de la noble misión de civilizar a esta tribu sudamericana que todavía osa opinar sin pedir permiso.
El Dr. Merengue, hombre paciente, decidió esperar. Porque la realidad suele tener un humor infinitamente mejor que cualquier columnista.
Y entonces… apareció Ceuta. ¡Ay, Ceuta!
Ese lugar donde la realidad decidió irrumpir sin pedir acreditación y recordó que gobernar un país es bastante más difícil que repartir certificados de buena conducta desde un estudio de televisión.
De golpe, los grandes predicadores del «ustedes, los argentinos…» descubrieron que el incendio estaba bastante más cerca de la cocina que del Río de la Plata.
Porque cuando la casa propia empieza a crujir… se termina el tiempo para inspeccionar el jardín del vecino. Y aquí conviene recordar algo que algunos parecen haber olvidado con sorprendente facilidad.
La Argentina se construyó con inmigrantes. Nuestros abuelos llegaron en barcos.
En su inmensa mayoría, españoles e italianos. También franceses, alemanes, polacos, sirios, libaneses y tantos otros que escapaban del hambre, de las guerras y de la falta de oportunidades. Aquí nadie les preguntó si traían título nobiliario. Ni certificado de pureza. Ni árbol genealógico. Traían lo único que realmente importaba: ganas de trabajar.
Y nuestra Constitución, mucho antes de que la corrección política inventara sus manuales, fue extraordinariamente clara al abrir las puertas a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Aquí hubo escuelas públicas. Hospitales públicos. Universidades públicas. Y millones de hijos y nietos de inmigrantes crecieron gracias a ese espíritu de puertas abiertas.
Con errores. Con aciertos. Con crisis. Pero jamás olvidando que casi todos descendemos de alguien que un día bajó de un barco buscando una oportunidad.
Por eso resulta tan entretenido escuchar sermones sobre inmigración, tolerancia y convivencia pronunciados por quienes hoy atraviesan intensos debates internos precisamente sobre esos mismos temas.
¡Qué extraordinaria ironía fabrica la historia!
Y, por supuesto, no podían faltar los miembros vitalicios de la Muy Ilustre y Recontra Respetable Academia de la Chapucería Babilónica. Allí sesionan, entre pergaminos amarillentos y tazas de chocolate con churros, dos eminencias de la opinología internacional.
Don Carlos de Ildafonso y Obbes, Gran Maestre de la Orden del Dedo Acusador, Doctor Honoris Causa en Encontrar Defectos Argentinos y Catedrático de la Universidad del «Haz lo que digo, jamás lo que hago».
Y, a su lado, la inefable Doña Isabel de las Trenzas Largas y Pachurra, Marquesa del Escándalo Selectivo, Custodia del Manual Universal para Explicarles a los Argentinos Cómo Deben Vivir y Gran Sacerdotisa del Culto a la Superioridad Moral.
Ambos poseen una habilidad extraordinaria. Detectan un argentino a diez mil kilómetros con la precisión de un radar militar. Pero cuando los problemas aparecen delante del espejo… el radar entra misteriosamente en mantenimiento. Porque es muy sencillo repartir lecciones desde la tribuna. Lo verdaderamente complicado es administrarlas cuando la realidad llama a la puerta de casa.
¿Es culpa de Pedro Sánchez? Eso deberán resolverlo los ciudadanos españoles.
Nosotros ya tenemos suficiente entretenimiento sobreviviendo a nuestros propios gobiernos, que vienen siendo una serie de Netflix con demasiadas temporadas y muy pocos capítulos felices.
Lo que sí podemos afirmar es otra cosa. Antes de señalar con el dedo a un país entero… conviene mirar si el propio zapato no está pisando el barro. Porque algunos todavía hablan como si el Imperio siguiera vigente. Como si las carabelas estuvieran listas para zarpar. Como si el mundo continuara esperando instrucciones de quienes hace siglos confundieron conquista con civilización. Pues bien… el siglo XVI terminó hace bastante. Y el XXI viene con otros desafíos.
Así que, queridos caballeros de la moral atlántica… cuando vuelvan a descubrir un defecto argentino, háganse un pequeño favor. Primero asómense a su propia ventana. Después respiren. Y recién entonces empiecen el sermón. Porque el viejo refrán sigue siendo imbatible.
«No escupáis al cielo.» Porque el cielo devuelve todo. Y a veces… lo devuelve con escala en Ceuta.
Mientras tanto, si el berrinche continúa y la indignación no encuentra consuelo, el Dr. Merengue solo puede ofrecer una recomendación profundamente fraternal: Llamad a la Guardia Civil. Ellos están bastante más cerca que nosotros. Y si aun así el disgusto persiste… como enseñó el inmortal filósofo popular argentino Aníbal Pachano… «…a llorar al campito.»
Nosotros, mientras tanto, seguiremos haciendo lo que este país hizo desde hace más de un siglo: abrir las puertas, recibir al que viene a trabajar, discutir entre nosotros como buenos argentinos… y sonreír cada vez que alguien pretende explicarnos cómo debemos ser. Porque, al final de cuentas… la historia tiene un defecto maravilloso.
Siempre termina poniendo a cada uno frente a su propio espejo. Y ese espejo, créanme… no suele tener piedad.
Hasta el próximo domingo.
Dr. Merengue
Director Honorario del Instituto Internacional de Opinología Aplicada, Miembro Correspondiente de la Academia del Cachetazo Histórico y Presidente Vitalicio del Observatorio Mundial de la Doble Vara.
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