Esta semana, queridos «merengues», ha quedado definitivamente demostrado que la Argentina no necesita efectos especiales. La realidad sola hace el trabajo. Y lo hace con semejante entusiasmo que cualquier guionista de ficción debería pedir subsidio por competencia desleal.
Porque comenzó el gran culebrón nacional con el caso de Facundo Moyano.
Y aquí el Dr. Merengue debe hacer una precisión científica: ¿qué fue exactamente lo que ocurrió?
¿Un infarto? ¿Un paro cardíaco? ¿Una indisposición? ¿Una situación que la Enciclopedia Médica no pudo aclarar porque, evidentemente, estaba de asueto?
Las declaraciones fueron cambiando y, mientras tanto, el país asistía a una verdadera MARATÓN FÍLMICA. Porque si algo quedó para la posteridad fue la imagen de una joven, aparentemente sobreviviente de vaya uno a saber qué sustancia, circunstancia o experiencia social de dudosa clasificación, emprendiendo una carrera que debería interesar inmediatamente al Comité Olímpico Internacional.
Pero lo verdaderamente extraordinario fue otra cosa. ¡LÁZARO ESTÁ ENTRE NOSOTROS! O, para ser más exactos, LÁZARA.
Porque la escena tuvo algo de resurrección televisada. De pronto, quien parecía atravesar una situación dramática encontró fuerzas suficientes para correr con una velocidad que, según fuentes del Dr. Merengue, podría haber batido varios récords nacionales.
Y allí apareció también el ayudante de la vida, porque en esta Argentina de 2026 siempre hay alguien dispuesto a convertirse en héroe de una escena que, cuanto más se explica, menos se entiende.
Eso sí: entre cámaras, declaraciones, carreras, episodios médicos de diagnóstico variable y milagros de movilidad, el ciudadano observa y pregunta: ¿PERO QUIÉN TENÍA EL PROBLEMA?
Porque la historia luego nos lleva a una joven dedicada, vaya uno a saber en qué proporción, a tareas de acompañamiento y a determinadas experiencias sociales que el Dr. Merengue, por respeto a la imaginación del lector, dejará libradas a la investigación de cada cual.
Y todo esto, naturalmente, bajo la sombra inevitable de la plata del sindicato, del padre, de las relaciones, de las explicaciones y de quién pagó qué.
Pero tranquilos. NO PASÓ NADA. Como siempre.
LA INFLACIÓN: QUE SÍ, QUE NO, QUE CAIGA UN CHAPARRÓN
Y mientras Lázaro —o Lázara— corre para la cámara, llega el otro gran espectáculo nacional:
LA INFLACIÓN. Que baja. Que no baja. Que está controlada. Que se escapó. Que fue un mal mes. Que el próximo será mejor. Que caiga un chaparrón. Que salga el sol.
Que espere el mercado. Que tenga paciencia Doña Chicha. Y ahí está Doña Chicha con Ricardo. Ardiendo. Pero no precisamente de prosperidad.
Han vuelto al brasero. Y a la polenta.
Porque los servicios aumentan con una puntualidad británica que ningún tren nacional consiguió jamás. El gas sube. La electricidad sube. Los impuestos, por supuesto, no quieren quedar afuera de la fiesta.
TODO SUBE. Bueno, casi todo. Los sueldos, en muchos casos, parecen haber decidido tomarse una licencia espiritual.
Y mientras tanto, los despidos avanzan, los cierres fabriles se multiplican y la prioridad parece ser encontrar la mejor manera de explicar por qué aquello que no funciona EN REALIDAD FUNCIONA, PERO USTED NO LO ENTIENDE.
Ricardo mira la olla de polenta.
Doña Chicha mira el brasero.
Después miran la factura de electricidad.
Y Ricardo, con la solemnidad de un prócer frente al Cabildo, pregunta:
—Chicha… ¿y si prendemos la estufa? —¡No seas irresponsable, Ricardo! ¡Eso cuesta plata!
Y entonces vuelve el brasero. Porque tiene tradición. Tiene historia. Tiene ese no sé qué gauchesco.
Y también, eventualmente, tiene monóxido. Pero NO SE PUEDE TENER TODO.
Este es el gran ejemplo de la Argentina 2026: servicios cada vez más caros, bolsillos cada vez más livianos y una clase media que aprende a hacer malabares mientras le explican que, estadísticamente, debería sentirse mejor.
Y REGRESARON COCOTA Y PIRINCHO
Pero cuando uno creía que ya había tenido suficiente, REGRESARON. Sí.
Desde los salones imaginarios de la indignación cultural emergieron nuevamente:
COCOTA VERMICHELLI DE GARRONIERE Y PIRINCHO APEROL
Con cara de haber presenciado la caída del Imperio Romano.
—¡QUÉ ESPANTO! ¿Qué había sucedido?
Nada menos que Otello en el Teatro Colón. Y parece que algunos no han leído del todo el título de la obra.
Porque, si mi memoria no ha quedado afectada por la inflación, se llama: OTELLO, IL MORO DI VENEZIA. Sí. EL MORO DE VENECIA.
Y aquí aparece el gran drama de la semana. Dos célebres cantantes llegados al templo de la música —el Teatro Colón— decidieron no embadurnarse la cara de negro para interpretar al personaje.
Y Cocota se desmayó. Pirincho pidió sales. Alguien recordó fotografías de hace décadas.
Otro gritó: “¡PERO ANTES SE HACÍA!”
Claro. ALTRI TEMPI. Antes se hacían muchas cosas.
Y, precisamente, porque eran altri tempi, hoy existe una discusión sobre cómo representar a Otello sin recurrir a prácticas históricamente asociadas al blackface.
Pero no. Para Cocota y Pirincho, el verdadero problema parece ser que los intérpretes son estadounidenses y que, en el mundo actual, presentarse con la cara pintada de negro podría provocarles una acusación de racismo y un escrache internacional de dimensiones bíblicas.
Entonces surge la gran pregunta del Dr. Merengue: ¿CUÁL ES LA PAVADA CULTURAL DE FONDO? ¿Que Otello sea interpretado por un cantante blanco sin pintar su rostro? ¿O creer que una tragedia de semejante complejidad puede reducirse al color de una capa de maquillaje?
Porque Otello es, justamente, “Il Moro di Venezia”, y su condición de extranjero y de “otro” es parte esencial del drama. Pero representar esa condición en 2026 exige algo más que abrir un pote de maquillaje y desempolvar fotografías de otros siglos.
ALTRI TEMPI, COCOTA. La ópera sigue viva precisamente porque se discute cómo representarla. EL RESTO… QUE ESPERE . Y así llegamos al final.
Facundo Moyano, un episodio que parece haber tenido más diagnósticos que capítulos. Infarto, paro cardíaco o el misterio clínico de la semana, mientras la Enciclopedia Médica estaba aparentemente de vacaciones. Una carrera de antología.
Una sobreviviente que corre. Una especie de resurrección. Lázara. Un ayudante de la vida. Dinero del sindicato. Dinero del padre. Declaraciones. Videos. Y, por supuesto: NO PASÓ NADA.
Luego, la inflación. Los servicios. Los salarios que no alcanzan. Los despidos. Los cierres fabriles. Doña Chicha y Ricardo calentándose alrededor del brasero y mirando la polenta como si fuera el menú degustación de un restaurante con estrella Michelin.
Y finalmente, Cocota Vermichelli de Garroniere y Pirincho Aperol, horrorizados porque dos grandes intérpretes no quisieron pintarse de negro para cantar Otello. Mientras tanto, Mabel, Ricardo, Doña Chicha y millones de argentinos hacen cuentas.
Cuentas para llegar a fin de mes. Cuentas para pagar el gas. Cuentas para mantener la luz encendida. Cuentas para saber si conservarán el empleo. Cuentas para ver si la fábrica de la esquina sigue abierta. Pero no importa.
Porque para algunos, aparentemente, LO URGENTE ES EL MAQUILLAJE DE OTELLO.
Y el Dr. Merengue se pregunta, con su termómetro nacional en una mano y la cuchara de polenta en la otra: ¿DE VERDAD ESE ES EL GRAN PROBLEMA? ¿O será que mientras Cocota y Pirincho discuten si Otello lleva o no pintura, el resto del país está demasiado ocupado intentando sobrevivir a la función sin que le bajen el telón antes de llegar a fin de mes?
La Argentina sigue siendo un espectáculo extraordinario. El problema es que nadie sabe quién escribió el libreto… y sospechamos que la Enciclopedia Médica también pidió licencia.
