(Bs. Aires, 12/VI/2026, Teatro Avenida). Madama Butterfly. Música: Giacomo Puccini.Libreto en italiano de Illica y Giacosa. Dirección musical: André Dos Santos. Dirección escénica: Ana D’Anna. Escenografía e iluminación: Gonzalo Cordova Elenco: Cio-Cio San: Sofía Gaia Godoy. Pinkerton: Marcelo Gómez. Suzuki: María Koslova. Sharpless: Ernesto Bauer. Príncipe Yamadori: Jerónimo Vargas Gómez. Goro: Santiago Delpiano. Bonzo: Cristian De Marco. Coro Juventus Lyrica, Dtor. Mtro. Pablo Manzanelli. Orquesta de Juventus Lyrica.
La temporada 2026 de Juventus Lyrica encuentra en Madama Butterfly una de sus realizaciones más logradas. La reposición de la producción concebida por Ana D’Anna y María Jaunarena, presentada originalmente en 2019 y recuperada ahora en el Teatro Avenida, confirma la vigencia de una propuesta que ha sabido resistir el paso del tiempo sin perder poder de emoción ni refinamiento teatral.
La nueva producción de Juventus Lyrica de la célebre obra del inmortal Maestro de Lucca vuelve a demostrar no sólo la extraordinaria capacidad de convocatoria que conserva Madama Butterfly entre el público porteño, sino también la vigencia de una tragedia que continúa interpelando al espectador contemporáneo. Bajo la dirección escénica de Ana D’Anna, la obra encuentra una lectura minuciosa y sensible, donde cada detalle parece concebido para potenciar la dimensión emocional del relato sin traicionar jamás la esencia del universo pucciniano.
Lo más valioso de esta propuesta es que nunca pierde de vista el corazón humano del drama. D’Anna comprende que en Puccini la emoción no se impone desde afuera ni se construye mediante artificios escénicos; nace de la música, del texto y de las relaciones entre los personajes. Por ello, esta puesta consigue algo que no siempre resulta frecuente en nuestros días: conmover desde la sinceridad teatral. La emoción atraviesa la representación de principio a fin, surgiendo naturalmente de la acción dramática y permitiendo que el espectador acompañe íntimamente el destino de los personajes.

Lejos de las relecturas provocadoras o de los exotismos superficiales, la puesta encuentra su fortaleza en una mirada profundamente teatral que respeta el espíritu de la obra sin renunciar a una personalidad propia. Uno de los hallazgos más interesantes vuelve a ser la construcción de Goro, concebido con una gestualidad inspirada en el Teatro Nō y el Kabuki. La decisión no resulta arbitraria. Si bien la acción transcurre a comienzos del siglo XX, la literatura occidental que abordó el universo japonés durante las últimas décadas del siglo XIX recurría frecuentemente a personajes de estas características. Incluso en Madame Chrysanthème, una de las fuentes literarias que alimentaron el imaginario de la obra, pueden rastrearse antecedentes de este tipo de figura teatral. El resultado es un personaje que trasciende su mera función argumental para transformarse en una presencia casi simbólica dentro del relato.
Gran parte de la eficacia visual de la propuesta se apoya en el trabajo de Gonzalo Córdova, responsable de la escenografía y la iluminación. Su diseño evita toda ostentación innecesaria para concentrarse en la creación de atmósferas. Los espacios aparecen delineados con sobriedad y elegancia, permitiendo que los personajes ocupen siempre el centro de la escena. La iluminación, cuidadosamente concebida, no sólo acompaña la acción sino que la comenta y la potencia, generando climas que dialogan constantemente con la evolución emocional de los protagonistas.
Pero donde la propuesta alcanza una dimensión particularmente inspirada es en la célebre escena de la espera que une el final del segundo acto con el comienzo del tercero. Allí Ana D’Anna construye una de las imágenes más bellas y conmovedoras de toda la representación. La figura de Butterfly, acompañada por Suzuki, avanzando lentamente con su kimono blanco y sus atributos de novia hacia la lontananza, adquiere una fuerza simbólica extraordinaria. Ya no parece una mujer aguardando el regreso de su amado, sino alguien que inicia, sin saberlo plenamente, una lenta marcha hacia su propio destino.
La iluminación de Córdova y la disposición escenográfica confluyen para crear una imagen suspendida entre la esperanza y la muerte. Butterfly observa el horizonte mientras el espectador comprende que aquello que espera jamás llegará del modo imaginado. La escena posee una belleza casi pictórica y remite inevitablemente a la iconografía nacida de los relatos de John Luther Long, origen remoto del mito de Madama Butterfly. En ese instante, el tiempo parece detenerse y la tragedia comienza a desplegarse con una intensidad tan silenciosa como devastadora. Es una imagen que anticipa la muerte como destino inexorable, una procesión íntima hacia el desenlace fatal que ya habita en el corazón mismo de la obra.

En el centro de la representación se ubicó la Cio-Cio-San de Sonia Gaia, auténtico eje emocional y musical de la velada. La soprano ofreció una creación de notable jerarquía artística, sustentada en una voz de hermoso color, homogénea en toda su extensión y respaldada por una técnica sólida que le permitió recorrer las múltiples exigencias del rol con admirable naturalidad.
La calidad de su canto encontró uno de sus momentos culminantes en el célebre «Un bel dì vedremo», verdadera piedra de toque para cualquier intérprete de Butterfly. Allí Gaia demostró no sólo seguridad técnica sino también una profunda comprensión del universo psicológico del personaje. Cada frase pareció surgir naturalmente de la ilusión desesperada de la joven geisha, transformando el aria en una confesión íntima antes que en una mera exhibición vocal.
Sus pianissimi, de singular belleza, constituyeron uno de los mayores placeres de la noche. La delicadeza con la que sostuvo numerosas frases, la impecable administración del aire y la refinada graduación dinámica revelaron una artista de gran sensibilidad musical. Fueron precisamente esas medias voces, tan difíciles de lograr y tan escasas en la actualidad, las que otorgaron al personaje una dimensión profundamente humana y conmovedora.
A medida que avanzó la representación, Gaia fue llevando el rol hacia niveles de auténtica excelencia. Su Butterfly nunca perdió calidad vocal, concentración ni intensidad expresiva, sosteniendo con firmeza una de las partituras más exigentes del repertorio pucciniano. El público pudo asistir así a la progresiva transformación de la adolescente enamorada en la mujer que enfrenta con dignidad una verdad insoportable.
Si hubiera que señalar algún aspecto susceptible de mayor desarrollo, éste se encontraría en el plano estrictamente escénico. Por momentos apareció cierta tendencia al estatismo que limitó parcialmente la expansión teatral del personaje. No obstante, se trata de una observación menor frente a una prestación vocal de semejante nivel. Más aún cuando la propia concepción escénica de Ana D’Anna encuentra en determinados momentos —especialmente en la gran escena de la espera— una utilización dramáticamente justificada de esa quietud. En definitiva, la voz de Gaia expresó siempre más de lo que cualquier gesto podía añadir, y ello constituye quizás el elogio más importante que puede recibir una intérprete de Butterfly.
Frente a ella, Marcelo Gómez ofreció un Pinkerton de notable categoría artística. Más que un correcto coprotagonista, fue un verdadero partenaire de lujo para la protagonista. Desde su primera aparición construyó un personaje teatralmente vivo, atento a cada situación dramática y dotado de una rica gama de matices actorales.
Sus miradas, reacciones y pequeños detalles gestuales enriquecieron constantemente la acción. Gómez comprendió que Pinkerton no puede limitarse a cantar; debe actuar, escuchar y reaccionar. Y lo hizo con una naturalidad que convirtió cada escena compartida con Butterfly en un auténtico diálogo teatral.
Vocalmente exhibió una emisión amplia y generosa, apoyada en un centro particularmente trabajado que otorgó nobleza y consistencia a toda la línea de canto. El gran dúo amoroso que cierra el primer acto constituyó uno de los momentos más logrados de la representación. Allí el tenor desarrolló una interpretación en permanente evolución, haciendo crecer progresivamente la emoción y construyendo junto a Gaia una escena de notable intensidad lírica. Su Pinkerton terminó imponiéndose como una creación sólida, refinada y memorable, de aquellas que permanecen en la memoria del espectador mucho después de concluida la función.

María Kolosova brindó una Suzuki de gran nobleza humana y musical. Su canto cálido y homogéneo convirtió al personaje en el indispensable sostén emocional de Butterfly. Cada una de sus intervenciones estuvo impregnada de sensibilidad y compromiso dramático, construyendo una Suzuki creíble y profundamente humana.
Por su parte, Ernesto Bauer aportó un Sharpless de jerarquía, elegante en el fraseo y dotado de la autoridad escénica necesaria para encarnar la conciencia moral de la obra. Su composición equilibrada y reflexiva ofreció un interesante contrapunto frente al egoísmo de Pinkerton y al idealismo de Butterfly.
Entre los roles de apoyo sobresalió especialmente el Bonzo de Cristian De Marco. Aunque su aparición es relativamente breve, se trata de una de las figuras más importantes de la estructura dramática de la obra. El Bonzo representa la tradición, la condena social y la ruptura definitiva entre Butterfly y su mundo de origen. Su irrupción durante la boda es, en realidad, el primer gran anuncio de la tragedia.
De Marco aprovechó plenamente ese momento crucial. Su voz, amplia, oscura, cavernosa y cargada de autoridad transmitió desde la primera frase toda la amenaza contenida en el personaje. Hubo en su emisión una contundencia casi ritual, como si encarnara no solamente a un familiar ultrajado sino a las fuerzas inexorables del destino que comienzan a cerrarse sobre Butterfly. Con pocos minutos en escena logró instalar una sombra que se proyectaría sobre toda la representación, anticipando musical y dramáticamente la fatalidad que terminará consumándose en el desenlace.
Por su parte, Ernesto Bauer aportó un Sharpless de jerarquía, elegante en el fraseo y dotado de la autoridad escénica necesaria para encarnar la conciencia moral de la obra. Su composición equilibrada y reflexiva ofreció un interesante contrapunto frente al egoísmo de Pinkerton y al idealismo de Butterfly.
Mención especial merece el Coro de Juventus Lyrica, preparado por el maestro Pablo Manzanelli, cuya labor volvió a exhibir el elevado nivel artístico que caracteriza a la agrupación. La homogeneidad de las cuerdas, la precisión en los ataques y la calidad sonora alcanzada permitieron que cada intervención coral se integrara orgánicamente a la acción dramática. Más que un simple complemento musical, el coro se convirtió en un verdadero protagonista colectivo, aportando color, atmósfera y profundidad teatral a numerosos momentos de la representación.

En el foso, la dirección musical de Andrés Dos Santos evidenció un conocimiento cabal del universo pucciniano y una marcada preocupación por el equilibrio entre escena y orquesta. Su lectura privilegió los matices, los contrastes dinámicos y la respiración dramática de una partitura que exige tanto refinamiento como tensión teatral permanente. Particularmente logrados resultaron los grandes momentos líricos, donde la batuta supo acompañar a los cantantes sin perder nunca la riqueza expresiva del entramado orquestal.
Si bien el conjunto instrumental atravesó algunas dificultades puntuales de ejecución y ciertos desajustes que ocasionalmente afectaron la homogeneidad sonora, Dos Santos logró mantener la cohesión general del discurso musical. Su conducción permitió que la arquitectura dramática de la obra se desarrollara con fluidez, sosteniendo la tensión narrativa y ofreciendo el necesario soporte a las voces. Más allá de esas contingencias, la dirección musical constituyó un elemento de equilibrio y solidez dentro de una representación donde la emoción terminó imponiéndose con claridad.
Juventus Lyrica vuelve así a demostrar la extraordinaria capacidad de sostener proyectos artísticos de alto nivel dentro del ámbito independiente, manteniendo vivo un repertorio que exige cada vez mayores esfuerzos económicos y humanos.
Con esta nueva Madama Butterfly, Ana D’Anna, María Jaunarena, Gonzalo Córdova, Andrés Dos Santos y todo el equipo artístico de Juventus Lyrica no sólo recuperan una producción valiosa: vuelven a recordarnos por qué la tragedia de la pequeña geisha sigue emocionando más de un siglo después de su creación. Y lo hacen a través de una imagen que resume toda la esencia de la obra: una mujer vestida de blanco contemplando el horizonte, aferrada a una esperanza imposible. Una novia. Una viuda anticipada. Una figura suspendida entre el amor y la muerte. La Butterfly de Puccini, destinada para siempre a caminar hacia la eternidad de la tragedia.
