(Bs. Aires, 14/VI/2026, Teatro Ópera ON) – Billy Elliot. Libro y letras: Lee Hall. Música: Elton John. Director general: Rubén Szuchmacher. Director musical: Gaby Goldman. Elenco: Mateo Tognolotti (Billy Elliot), Osvaldo Laport, Alejandra Perlusky, Graciela Pal, Deborah Turza, Sacha Bercovich, Machi Gulland (Michael), Alfredo Castellani e Iñaki Agustín y otros. Director coreográfico: Gustavo Wons. Escenografía: Jorge Ferrari. Iluminación: Gonzalo Córdova. Vestuario: Sofía Di Nunzio. Sonido: Gastón Briski. Sala: Teatro Opera ON(Avda. Corrientes 860). Funciones: miércoles y jueves a las 19.30, viernes a las 20, sábados a las 16 y 20 y domingos a las 15.30 y 19.30. Nuestra opinión: excelente.
Hay espectáculos que entretienen. Hay espectáculos que emocionan. Y existen unos pocos que terminan convirtiéndose en verdaderos acontecimientos culturales.
Esta nueva producción de Billy Elliot en el Teatro Ópera ON pertenece sin discusión a esta última categoría.
Porque lo que sucede cada noche sobre el escenario de la avenida Corrientes no es simplemente una representación exitosa de uno de los musicales más importantes del siglo XXI. Es la demostración de que el teatro musical argentino puede alcanzar niveles de excelencia comparables con los mejores escenarios internacionales.
La historia es conocida. Un niño de una comunidad minera del norte de Inglaterra descubre que su verdadera vocación no está en el boxeo sino en el ballet. En medio de una huelga que sacude a toda la sociedad, enfrentando prejuicios familiares y sociales profundamente arraigados, Billy deberá luchar por defender su identidad y su derecho a soñar.
La película de Stephen Daldry emocionó al mundo. El musical de Elton John y Lee Hall conquistó los grandes escenarios internacionales. El desafío era enorme.
Y la producción argentina no sólo está a la altura: triunfa de manera rotunda.
Ese nivel de excelencia interpretativa no surge por generación espontánea. Detrás existe una maquinaria artística y técnica de precisión extraordinaria.
Una maquinaria artística de precisión: dirección, adaptación, escenografía, iluminación y sonido
La elección de Rubén Szuchmacher para dirigir esta producción fue, sin dudas, una de las decisiones más inteligentes de Omar y Diego Romay.
Porque Szuchmacher comprende algo esencial: Billy Elliot no funciona por el despliegue visual ni por la espectacularidad de sus números musicales. Funciona porque en su centro habita una historia profundamente humana.
Junto a Lautaro Vilo, responsable de una adaptación ejemplar, consigue que una obra ambientada en la Inglaterra minera de los años ochenta dialogue naturalmente con el público argentino contemporáneo. El resultado es una versión fluida, cercana y emocionalmente potente, donde las tensiones sociales, económicas y familiares encuentran resonancias inmediatas en nuestra realidad sin perder jamás la esencia del original.
La dirección equilibra con notable precisión aquello que en otros montajes suele desbalancearse: los grandes cuadros musicales nunca aplastan la intimidad de los personajes y las escenas más pequeñas jamás pierden fuerza bajo el peso de la producción. Hay momentos donde dos actores sobre el escenario generan tanta emoción como los más complejos números corales. Y eso es producto exclusivo de una mirada teatral madura y profundamente inteligente.
Ese criterio encuentra aliados fundamentales en el resto del equipo creativo.
La dirección coreográfica de Gustavo Wons alcanza niveles de excelencia poco frecuentes. Sus coreografías no son simples exhibiciones de virtuosismo técnico: son parte integral del relato. El ballet expresa la libertad que Billy aún no puede verbalizar; el tap se convierte en rebeldía; los movimientos grupales de los mineros reflejan la presión social que atraviesa la historia. Todo tiene sentido dramático. Todo cuenta algo.
La magnífica escenografía de Jorge Ferrari recrea la Inglaterra obrera de 1984 con notable eficacia visual. Las estructuras móviles, los cambios de espacio y la utilización inteligente del escenario construyen un universo opresivo y gris del cual el arte aparece como una posible vía de escape. Ferrari evita la reconstrucción meramente decorativa y apuesta por una escenografía viva, dinámica y funcional a la narración.
A ello se suma el extraordinario trabajo de Gonzalo Córdova en el diseño lumínico. Su iluminación no se limita a acompañar la acción: la potencia y la define. Cada personaje encuentra su propio clima emocional a través de la luz. Las escenas íntimas adquieren una delicadeza conmovedora, mientras que los grandes números musicales explotan visualmente con una fuerza impactante. Córdova utiliza las luces como un verdadero recurso dramático, modelando atmósferas, acentuando conflictos y guiando permanentemente la mirada del espectador hacia el centro emocional de cada escena. Su trabajo aporta profundidad, belleza y una dimensión poética que eleva aún más la calidad general de la puesta.
En el plano musical, Gaby Goldman vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes nombres del género. Conocedor profundo de la obra tras haber participado en la producción española, enfrenta una partitura particularmente compleja y la conduce con admirable precisión. La música de Elton John alterna permanentemente entre momentos de gran energía, pasajes de delicado lirismo y escenas de intensa carga emocional. Goldman encuentra el equilibrio exacto para cada uno de ellos.
La orquesta responde con un nivel sobresaliente, aportando color, dinámica y sensibilidad dramática. Los momentos más íntimos encuentran una delicadeza conmovedora, mientras que los grandes cuadros musicales alcanzan una potencia sonora comparable a la de cualquier producción internacional. La coordinación entre escenario, foso y dirección musical resulta ejemplar, convirtiendo a la música en un protagonista más del espectáculo.
Pero existe un aspecto técnico que merece una mención particularmente enfática.
En una Buenos Aires donde, lamentablemente, el sonido de los musicales suele convertirse en motivo frecuente de críticas —ya sea por balances deficientes, voces poco inteligibles o molestos acoples que afectan la experiencia del público—, Billy Elliot ofrece un verdadero ejemplo de cómo debe sonar una gran producción.
Bajo la dirección de Gastón Briski, el diseño sonoro alcanza un nivel sencillamente impecable.
Y esto no es un detalle menor. El sonido constituye uno de los pilares fundamentales del teatro musical. De nada sirve una gran orquesta, excelentes voces o magníficas actuaciones si el público no puede comprender claramente aquello que se canta o se dice.
Aquí ocurre exactamente lo contrario. Cada palabra llega con absoluta nitidez. Cada letra de las canciones se comprende perfectamente. Cada diálogo conserva claridad, presencia y naturalidad.
La mezcla entre voces, orquesta y efectos sonoros se mantiene equilibrada durante toda la representación, permitiendo que el espectador disfrute plenamente tanto de la música como del texto. Briski demuestra una vez más que su nombre es sinónimo de calidad, profesionalismo y respeto por el público. Su trabajo, muchas veces invisible para quienes desconocen los aspectos técnicos de una producción, resulta decisivo para que la experiencia alcance los niveles de excelencia que exhibe esta puesta. Porque cuando el sonido funciona con semejante precisión, la técnica desaparece y sólo queda la emoción. Y eso, precisamente, es lo que ocurre durante toda la función de Billy Elliot.
Osvaldo Laport: una actuación memorable
El papel de Jackie Elliot representa uno de los mayores desafíos dramáticos de la obra. Podría convertirse fácilmente en una caricatura del padre intolerante. Osvaldo Laport evita esa trampa con inteligencia y sensibilidad. Su Jackie es un hombre derrotado por la vida, golpeado por la crisis económica, atravesado por la incertidumbre y por los mandatos de una época que no comprende del todo a su propio hijo. Laport construye una actuación de enorme profundidad emocional. Cada silencio tiene significado. Cada mirada cuenta una historia. Cada transformación interior resulta absolutamente creíble. Es, sin dudas, una de las mejores composiciones de su carrera reciente.
Alejandra Perlusky: el corazón emocional de la obra
Mrs. Wilkinson es el personaje que descubre a Billy antes que nadie. La mujer que percibe el talento cuando todavía ni el propio niño sabe exactamente quién es. Alejandra Perlusky entrega una interpretación extraordinaria. Como actriz, cantante y bailarina domina todos los aspectos técnicos del papel, pero lo más admirable es la humanidad que aporta al personaje. Su profesora de ballet es irónica, áspera, exigente y profundamente sensible. Detrás de cada observación mordaz aparece siempre una enorme capacidad para amar y proteger. Perlusky convierte cada aparición en un acontecimiento escénico.
Sacha Bercovich: la furia de una generación frustrada
Sacha Bercovich compone un Tony Elliot de enorme intensidad dramática. Su violencia no nace del prejuicio. Nace de la frustración. Es la rabia de una generación que vio derrumbarse sus oportunidades. La ira de quien siente que el futuro le fue arrebatado. Bercovich transmite toda esa complejidad con una verdad conmovedora.
Graciela Pal y Déborah Turza
La presencia de Graciela Pal constituye uno de los grandes lujos del elenco. Su abuela es divertida, tierna, entrañable y profundamente humana. Lo que podría haber sido un simple personaje cómico se transforma en una figura inolvidable gracias a la inteligencia interpretativa de la actriz. Por su parte, Déborah Turza construye una Sandra Elliot de enorme delicadeza emocional. Su bellísima voz aporta algunos de los momentos más sensibles de la función y logra que la figura materna permanezca presente incluso cuando el personaje no está físicamente en escena.
Alfredo Castellani e Iñaki Agustín
El extraordinario nivel general del elenco se completa con los excelentes trabajos de Alfredo Castellani e Iñaki Agustín. Ambos aportan humanidad, humor y credibilidad a un universo teatral que respira autenticidad en cada rincón. No existen personajes pequeños cuando existen actores capaces de llenarlos de vida.
Mateo Tognolotti: un Billy extraordinario
En la función presenciada, el rol de Billy fue interpretado por Mateo Tognolotti, quien asumió semejante responsabilidad con una madurez artística verdaderamente sorprendente. Billy Elliot es uno de los personajes más exigentes del teatro musical contemporáneo. Debe actuar. Debe cantar. Debe bailar. Debe emocionar. Y debe sostener sobre sus hombros gran parte del espectáculo. Tognolotti lo consigue con admirable naturalidad.
Su Billy transmite vulnerabilidad, sensibilidad, determinación y una enorme verdad escénica. Como bailarín exhibe una preparación técnica sobresaliente, pero nunca permite que el virtuosismo eclipse al personaje. Cada movimiento nace de una emoción. Cada secuencia coreográfica cuenta una historia. Cada escena encuentra verdad.
El personaje se alterna con Joaquín Mondino Formichelli y Franco Molozaj, jóvenes intérpretes que forman parte de un trabajo de preparación y entrenamiento verdaderamente excepcional y que evidencian el extraordinario nivel alcanzado por esta producción.
Machi Gulland: un Michael irresistible
Como Michael, el mejor amigo de Billy, Machi Gulland entrega una actuación sencillamente encantadora. Michael representa la libertad de ser uno mismo. La amistad sin condiciones. La inocencia que todavía no comprende los prejuicios del mundo adulto. Gulland posee una naturalidad escénica admirable. Su comicidad surge espontáneamente. Su ternura jamás resulta forzada. Y su química con Mateo Tognolotti se convierte en uno de los grandes aciertos emocionales de la función. Cada aparición genera sonrisas. Y más de una provoca emoción genuina.
El personaje se alterna con Lautaro Muro López y Franco Barrera Oro, completando un trío de jóvenes artistas de enorme talento.
La producción de Omar y Diego Romay: un hito para el teatro argentino
Finalmente, resulta imposible hablar de Billy Elliot sin destacar el trabajo monumental de Omar Romay y Diego Romay. Lo que han conseguido va mucho más allá de producir un musical exitoso. Han construido un acontecimiento artístico.
La inversión, el cuidado de cada detalle, la formación de los jóvenes intérpretes, la elección del equipo creativo, la excelencia técnica y la ambición artística convierten esta producción en un verdadero punto de referencia para el teatro musical argentino. La magnitud de esta producción también puede medirse por el extraordinario trabajo realizado en la búsqueda y formación de sus jóvenes protagonistas. Para encontrar a los futuros Billy y Michael se desarrolló una convocatoria federal sin precedentes, en la que participaron más de 1.500 niños provenientes de distintos puntos del país. El proceso de selección se extendió durante meses y permitió descubrir talentos excepcionales que luego atravesaron una preparación artística de enorme exigencia.
En ese camino resultó fundamental la participación de la Fundación Julio Bocca, que colaboró activamente en el entrenamiento integral de los jóvenes seleccionados. Durante meses, los futuros protagonistas recibieron una preparación intensiva en ballet, tap, actuación, canto y acondicionamiento físico, afrontando un régimen de trabajo comparable al de las grandes producciones internacionales.
El resultado de ese esfuerzo colectivo puede apreciarse claramente sobre el escenario. Mateo Tognolotti, Joaquín Mondino Formichelli, Franco Molozaj, Machi Gulland, Lautaro Muro López y Franco Barrera Oro no aparecen simplemente como niños talentosos. Son intérpretes cuidadosamente formados para afrontar una de las obras más exigentes del repertorio musical contemporáneo.
Detrás de cada salto, de cada número coreográfico, de cada escena dramática y de cada emoción que llega al público existe un trabajo pedagógico, artístico y humano monumental. Pocas veces el teatro musical argentino ha desarrollado un proceso de formación tan ambicioso y completo para sus jóvenes protagonistas.
La producción de Omar y Diego Romay no sólo consiguió montar una versión extraordinaria de Billy Elliot. También contribuyó a formar una nueva generación de artistas para el futuro del teatro musical argentino, dejando un legado que trasciende largamente el éxito de esta temporada.
Pocas veces una apuesta de semejante magnitud alcanza resultados tan contundentes.
Billy Elliot emociona, deslumbra y conmueve. Posee una dirección excepcional, un elenco extraordinario, una orquesta de primer nivel y una producción que establece nuevos estándares para el teatro musical argentino.
Una obra que habla sobre la libertad de ser uno mismo y que encuentra en esta producción una realización artística de altísimo vuelo.
Una experiencia teatral inolvidable. Una producción histórica.




