La Argentina parece una película de Fellini. Esta fue más bien una mezcla de Berlanga, Kafka y un episodio particularmente caro de Los Tres Chiflados.
Porque mientras el Gobierno continúa explicándonos que estamos entrando en la tierra prometida del crecimiento, la inflación, la protesta social, el dólar y el salario real se empeñan en recordarnos que todavía estamos esperando el colectivo.
Y no viene. O viene, pero sin aire acondicionado. O viene con aire acondicionado, pero aumenta el boleto. Bienvenidos a la Argentina de agosto de 2026.
LA SEMANA EN QUE LA PROPIEDAD PRIVADA SE CONVIRTIÓ EN PROTAGONISTA
El Gobierno volvió a poner sobre la mesa su proyecto de inviolabilidad de la propiedad privada, una iniciativa que busca endurecer las condiciones frente a ocupaciones y desalojos y que también contempla modificaciones sobre la adquisición de tierras rurales por extranjeros.
La cuestión es interesante. Porque en la Argentina siempre hemos tenido una relación particularmente creativa con la propiedad privada. Algunos quieren protegerla. Otros quieren ocuparla. Otros quieren comprarla. Otros quieren venderla.
Y otros quieren explicarnos por televisión por qué todo lo anterior es exactamente lo contrario de lo que ellos mismos dijeron ayer.
Dr. Merengue recomienda, ante semejante panorama, una solución revolucionaria: leer el Código Civil.
Aunque probablemente sea demasiado disruptivo.
EL SENADO, ESA OBRA DE TEATRO QUE NUNCA TERMINA
El oficialismo necesita votos. La oposición necesita explicaciones.Los aliados necesitan cargos. Y los argentinos necesitan paciencia.
El proyecto de propiedad privada llegó nuevamente al Senado después de varios intentos frustrados y con números todavía ajustados. Es fascinante observar cómo funciona nuestra política parlamentaria.
Primero se anuncia que una ley es imprescindible. Después se anuncia que será aprobada. Luego se anuncia que hay consenso. Más tarde se descubre que no hay consenso. Finalmente se anuncia que habrá una reunión para conseguir consenso. Y, si todo sale bien, se vuelve a anunciar la ley. La Argentina inventó la política circular.
MIENTRAS TANTO, EL BOLSILLO HACE OPOSICIÓN
Aquí aparece el verdadero protagonista de la semana: el bolsillo argentino. Porque podrá discutirse si la macroeconomía está mejor. Podrá discutirse si el déficit está controlado. Podrá discutirse si el mercado confía. Podrá discutirse si el FMI está satisfecho.
Pero hay una institución que no participa de ninguna de esas discusiones: la góndola. Y la góndola tiene una opinión bastante contundente. La inflación de la Ciudad de Buenos Aires volvió a acelerarse en julio y quedó por encima de las expectativas del mercado.
El dólar, por su parte, continúa siendo ese integrante de la familia argentina que nadie invitó a la reunión pero que, inevitablemente, termina hablando de dinero.
Y entonces aparece la pregunta que ningún PowerPoint oficial consigue responder: ¿Cuándo la recuperación macroeconómica comienza a sentirse en el supermercado?
Porque si la respuesta es «próximamente», convendría aclarar qué significa próximamente en idioma argentino. ¿Agosto? ¿Septiembre? ¿2027? ¿Segundo semestre? Ah, no. Perdón. Eso último ya lo conocemos.
SAN CAYETANO Y LA MATEMÁTICA DE LA REALIDAD
Y entonces llegó San Cayetano.
Mientras unos hablaban de inversiones, reformas estructurales y crecimiento, miles de personas volvieron a poner sobre la mesa una cuestión bastante menos sofisticada: que el sueldo alcance.
El arzobispo porteño Jorge García Cuerva lo dijo en su mensaje de San Cayetano: hay trabajadores a los que el salario no les alcanza y personas obligadas a tener más de un empleo para llegar a fin de mes.
Y aquí Dr. Merengue se pone momentáneamente serio. Porque hay algo que la Argentina debería aprender de una vez: un país no se mide solamente por sus indicadores macroeconómicos.
También se mide por cuántas horas trabaja una persona para pagar una factura. Por cuántas veces abre la aplicación bancaria antes de hacer una compra. Por cuántos productos vuelve a dejar en la caja. Por cuántos padres hacen cuentas para que sus hijos puedan estudiar. Por cuántas personas trabajan dos veces para vivir una sola. Ese es también el PBI.
Aunque no aparezca en las conferencias de prensa.
Y AFUERA DEL CONGRESO, LA ARGENTINA QUE GRITA
La semana también estuvo atravesada por una fuerte protesta frente al Congreso durante el debate legislativo, con enfrentamientos y represión policial.
Aquí tampoco hace falta elegir camiseta. Una democracia sana necesita un Estado que pueda garantizar el orden. Los que puedan protestar. Y necesita algo todavía más elemental: que nadie crea que la violencia es una herramienta legítima para reemplazar la política.
Ni la violencia callejera. Ni la violencia institucional. Ni la violencia verbal convertida en política de Estado. Porque cuando todos gritan, nadie escucha. Y cuando nadie escucha, finalmente gobierna el ruido.
LA ENCUESTA QUE DEBERÍA HACER PENSAR A TODOS
Una encuesta de Latam Pulse difundida esta semana mostró un 62,4% de desaprobación de la gestión de Javier Milei y un escenario de expectativas económicas poco alentadoras.
Pero cuidado. Una encuesta no es una elección. Y una encuesta tampoco es una sentencia. Es una fotografía. El problema es que algunas fotografías empiezan a parecerse demasiado.
El Gobierno todavía conserva una narrativa potente: orden fiscal, desregulación, inversión, reformas y transformación. La oposición, mientras tanto, intenta construir una narrativa alternativa. Y en el medio está el ciudadano.
Ese señor que no quiere escuchar una tesis doctoral sobre política monetaria. Quiere saber si puede pagar el alquiler.
Esa señora que no necesita una explicación de 40 minutos sobre el equilibrio fiscal. Necesita saber cuánto va a gastar mañana en el supermercado.
La política argentina tiene un pequeño problema de traducción. Habla en macroeconomía. La gente vive en microeconomía.
DR. MERENGUE Y EL GRAN MALENTENDIDO ARGENTINO
Quizá el gran problema de esta Argentina sea que todos tienen una parte de razón. La inflación tenía que bajar. El déficit no podía seguir. La economía necesitaba reformas. El Estado necesitaba ser revisado.
Pero también es cierto que la gente necesita vivir mientras las reformas ocurren. Y ahí aparece el gran desafío de cualquier gobierno: transformar una mejora estadística en una mejora cotidiana. Porque nadie come estadísticas. Nadie paga el alquiler con superávit fiscal.
Nadie llena el changuito con riesgo país. Y, aunque pueda resultar una idea extravagante para nuestros dirigentes, la gente no vive de discursos.
EL PAÍS CULTURAL, MIENTRAS TANTO, SIGUE RESISTIENDO
Y aquí llegamos al territorio que más nos interesa. Mientras la política discute, la cultura argentina continúa haciendo algo extraordinario: seguir existiendo.
Teatros llenos. Ópera. Ballet. Cine. Música. Actores. Directores. Cantantes. Orquestas. Periodistas. Críticos. Productores.
Artistas que continúan trabajando aun cuando producir cultura en Argentina se parece, por momentos, a intentar montar Aida con presupuesto para una murga.
Y quizá allí esté una de nuestras mayores contradicciones. Argentina tiene una cultura internacionalmente reconocida y, al mismo tiempo, una capacidad casi sobrenatural para tratarla como si fuera un lujo. No lo es.
La cultura es identidad, industria, trabajo, educación, turismo y diplomacia.
Pero sobre todo es memoria. Y un país que pierde la memoria termina creyendo que acaba de inventar lo que sus artistas ya hicieron hace cien años.
EPÍLOGO: ARGENTINA NO ES UN TUIT
Quizá esa sea la conclusión de esta semana. Argentina no es Milei. Pero tampoco es la oposición. No es el dólar. No es el FMI. No es una encuesta. No es una marcha. No es una represión. No es una conferencia de prensa. No es un gráfico.
Argentina es todo eso junto. Y también es la persona que el lunes se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar. El médico que atiende. El maestro que enseña. El artista que ensaya. El actor que sale a escena. El periodista que escribe. El comerciante que abre. El jubilado que cuenta las monedas. El estudiante que sueña. Y la madre que hace cuentas.
La Argentina real no está en Twitter. Está en la calle. Y quizás llegó el momento de que la política vuelva a caminar por ella. Porque si no, puede ocurrir algo verdaderamente peligroso: que los políticos continúen discutiendo quién tiene razón… mientras los argentinos empiezan a preguntarse quién los está escuchando.
Dr. Merengue dixit. Y ahora sí, señores: pueden continuar la discusión. Pero, por favor, sin aumentar el café.
