(Bs. Aires, 13/VIII/ 2026). La Cúpula. Dirección y producción general: Flavio Mendoza. Intérpretes: Nacho Pérez Cortés, Alan Lez y Valentina Podio, entre otros. Coreografía: Catta. Música: Fede Vilas. Lugar: Predio del Casino Buenos Aires (Puerto Madero). Duración: 90 minutos. Funciones: jueves y viernes, a las 20; sábados, a las 17 y a las 20; y domingos, a las 15 y a las 18. Nuestra calificación: regular.
Hay espectáculos que empiezan con una historia y luego buscan la manera de contarla. La Cúpula parece haber hecho exactamente lo contrario.
Primero llegó el domo. Después las plataformas móviles. Luego el mapping de 360 grados, las alturas, los acróbatas, los cuerpos suspendidos, las luces, los mecanismos, el vértigo y toda una formidable maquinaria empeñada en convencer al espectador de que está viviendo algo nunca visto. Y, en algún momento del proceso, alguien recordó que también había que contar una historia.
El resultado es La Cúpula, el nuevo y ambicioso proyecto de Flavio Mendoza: un espectáculo técnicamente impactante, visualmente desbordante y físicamente admirable que, sin embargo, tropieza con una pregunta bastante elemental: ¿qué nos están contando y por qué debería importarnos?
Porque hay tanta tecnología empeñada en llevarnos al cielo que nadie parece haberse ocupado lo suficiente de contar qué diablos ocurre en la Tierra.
OSCAR WILDE ENTRA… Y DESAPARECE BAJO EL MAPPING
El material elegido como punto de partida no es menor. El príncipe feliz, de Oscar Wilde, es una historia atravesada por la pobreza, la desigualdad, la compasión y el sacrificio. Una estatua cubierta de oro descubre, desde su privilegiada altura, el sufrimiento de quienes viven a sus pies. Una golondrina decide quedarse para ayudarlo. Ambos se desprenden de todo. Ambos pagan un precio.
Hay allí una historia de una enorme belleza y de una humanidad devastadora. Y también hay, en La Cúpula, una enorme cantidad de cosas pasando arriba de nuestras cabezas.
El problema es que una cosa no siempre tiene demasiado que ver con la otra. La adaptación no necesita ser literal. Nadie espera una versión museística de Wilde, con actores vestidos como en 1888 y una golondrina entrando puntualmente por la derecha. Adaptar es transformar. Reinterpretar. Incluso traicionar.
Pero para traicionar una obra primero hay que comprenderla.
Y aquí es donde la propuesta de Mendoza parece perder el rumbo. La dimensión dolorosa y melancólica de El príncipe feliz queda diluida dentro de una estética festiva, extravagante y permanentemente preocupada por producir el siguiente impacto visual.
Oscar Wilde entra en La Cúpula como el autor de El príncipe feliz. Y sale convertido, después de tanto mapping, plataforma y estímulo visual, en un figurante de su propia historia.
SE CANTA. SE HABLA. ¿ALGUIEN ENTENDIÓ ALGO?
Como si seguir la trama no fuera ya suficientemente complicado, aparece otro protagonista inesperado de la noche: la acústica. En La Cúpula se canta. Se habla. Se declama. Y, presumiblemente, se dicen cosas importantes.
El problema es que la reverberación del espacio y una ecualización que necesita urgente atención convierten buena parte de esas intervenciones en un murmullo sonoro difícil de descifrar. Por momentos, el espectador debe recurrir a la imaginación para completar aquello que no consigue escuchar.

Porque cuando la narración ya es confusa y, además, la palabra desaparece, el espectáculo le entrega al público un rompecabezas… pero se guarda varias piezas en la consola de sonido.
Es razonable pensar que se trata de problemas corregibles. La Cúpula es un proyecto reciente y seguramente la experiencia encontrará ajustes con el correr de las funciones. Pero la crítica no puede calificar lo que quizás ocurra dentro de un mes. Debe hablar de lo que sucede esa noche. Y esa noche, Oscar Wilde tuvo un enemigo inesperado: el eco.
CUANDO EL CUERPO CUENTA MÁS QUE EL LIBRETO
Donde La Cúpula encuentra verdadera fuerza es en sus artistas. Acróbatas, trapecistas, bailarines y clowns entregan sus cuerpos a una propuesta de enorme exigencia física. Hay riesgo, precisión, entrenamiento y una confianza colectiva que se vuelve visible en cada movimiento.
Aquí sí hay algo para celebrar. El universo visual bordea deliberadamente lo extravagante y, por momentos, lo bizarro. Pero dentro de esa lógica estética funciona. El vestuario tiene belleza e imaginación, los aparatos circenses aportan originalidad y momentos como el círculo de las gaviotas consiguen una potencia visual que permanece en la memoria.
La conducción escénica de Nacho Pérez Cortés logra, en los mejores pasajes, ordenar esa acumulación de estímulos y encontrar una cierta coherencia dentro del caos. También resulta particularmente interesante que la maquinaria no se esconda.
Se ven asistentes desplazando estructuras. Se percibe la atención de los compañeros ante cada salto y cada rebote. Se advierte el trabajo de quienes hacen posible que plataformas y escenarios se muevan con precisión. El riesgo no se simula. El esfuerzo tampoco.
Y quizás sea allí, en esa solidaridad silenciosa entre quienes vuelan y quienes los sostienen, donde aparece la emoción más auténtica de toda la propuesta.
No en las palabras. En los cuerpos.
EL GRAN PROBLEMA: CUANDO TODO QUIERE SER IMPORTANTE
La Cúpula parece desconfiar del silencio. Cuando algo funciona, llega otra imagen. Y luego otra. Y otra más.
Proyecciones, cuerpos, luces, alturas, movimientos. La mirada recibe información constante hasta que, paradójicamente, empieza a desconectarse. Porque cuando todo quiere ser espectacular, nada termina de serlo.
La puesta oscila entre momentos de saturación visual y otros de un vacío sorprendente. Después de tener diez cosas reclamando nuestra atención simultáneamente, de pronto el espacio queda suspendido en una especie de tierra de nadie.
Y entonces uno comprende el verdadero problema: no se trata de falta de ideas. Se trata de exceso de ideas que todavía no encontraron quién las ordene.
La Cúpula es un proyecto ambicioso. Muy ambicioso. Quizás demasiado ambicioso para la historia que decidió contar. Y eso duele más porque Flavio Mendoza ha demostrado, a lo largo de su carrera, que sabe construir espectáculos capaces de combinar impacto popular, virtuosismo físico y emoción.
Por eso aquí la decepción es proporcional a la expectativa. Hay talento. Hay dinero. Hay riesgo. Hay tecnología. Hay artistas extraordinarios.
Lo que todavía no hay, al menos de manera sostenida, es un relato capaz de unirlo todo.
UNA CÚPULA QUE TODAVÍA BUSCA SU CENTRO
Hay una apuesta real detrás de este proyecto. En una cartelera que tantas veces repite fórmulas conocidas, Mendoza construye un espacio propio y se anima a experimentar con una tecnología que amplía las posibilidades de la escena.
Eso merece reconocimiento. Pero el riesgo también debe ser evaluado por su resultado. Y hoy, La Cúpula se parece más al fascinante embrión de algo que podría llegar a ser extraordinario que a una obra completamente terminada.
El espectáculo tiene una estructura impresionante. Le falta encontrar su alma.
La ironía es que la historia de Wilde habla precisamente de un príncipe que, desde lo alto, finalmente descubre aquello que no había querido ver: el dolor de los seres humanos que están debajo.
Flavio Mendoza construyó una cúpula gigantesca para que miremos hacia arriba. Ahora falta algo bastante más difícil: que la tecnología deje de pedirnos que miremos al techo y consiga que una historia nos obligue a mirar hacia adentro. Cuando eso ocurra, el mapping dejará de competir con Wilde. Las plataformas dejarán de pedir protagonismo. La imagen tendrá un sentido.
Y La Cúpula podrá ser mucho más que una extraordinaria estructura llena de cosas para mirar. Porque, por ahora, el mayor problema del espectáculo es también su mayor paradoja: nos ofrece todo para levantar la vista… pero demasiado poco para levantar el corazón.
