El regreso de Otello al Teatro Colón llega con una paradoja difícil de disimular: la escena tiene más sangre que la orquesta. Nicolás Boni construye un espectáculo visual de enorme potencia, mientras Alejo Pérez propone una lectura que parece haber dejado el veneno de Iago en la puerta del foso.
Y Verdi, conviene recordarlo, no escribió Otello para que la tragedia transcurriera en piloto automático.
Sobre el escenario, Gregory Kunde pelea contra el desgaste de una voz que ya conoce demasiadas batallas, María Agresta enfrenta una Desdemona que exige una pureza vocal que esta noche no siempre aparece y Daniel Luis de Vicente construye un Iago eficaz, calculador y malicioso, aunque con una línea vocal que por momentos acusa cierta rigidez.
El resultado es un Otello de contrastes: una producción escénica que incendia la imaginación frente a una prestación musical que rara vez alcanza esa temperatura.
GREGORY KUNDE: EL ÚLTIMO MORO EN PIE
Hay que comenzar por Gregory Kunde. Porque interpretar Otello a estas alturas de su carrera ya no es simplemente cantar Verdi: es enfrentarse cuerpo a cuerpo con uno de los papeles más feroces escritos para tenor.
Kunde tiene, además, una biografía vocal casi insólita. De Rossini y el belcanto a los grandes papeles spinto y dramáticos, ha construido una carrera que desafía cualquier manual de clasificación vocal. Y hay algo casi temerario en su trayectoria: ha cantado en vivo los dos Otellos, el de Rossini y el de Verdi.
Pero el tiempo pasa incluso para los héroes.
En esta función, el instrumento mostró signos evidentes de desgaste. El centro y el grave carecieron de la autoridad necesaria, el timbre apareció mate, leñoso y erosionado, y el famoso “Esultate!” estuvo lejos de ser la descarga eléctrica que debería incendiar el comienzo de la obra.
El fiato tampoco ayudó. Varias frases quedaron sin el remate necesario y Kunde debió dosificarse con inteligencia para llegar vivo a la segunda mitad.
Y, sin embargo, aquí aparece la paradoja: cuando muchos cantantes tienen voz para Otello pero no tienen Otello, Kunde conserva a Otello aunque su voz ya no tenga todas las armas para cantarlo.
Sus acentos continúan siendo vibrantes. Su entrega es absoluta. Su teatralidad, sincera. No interpreta al Moro desde la comodidad: lo pelea.

MARÍA AGRESTA: DESDEMONA SIN EL ÁNGEL
Si Otello necesita un tenor que incendie el escenario, Desdemona requiere exactamente lo contrario: una voz capaz de desaparecer dentro del silencio.
María Agresta no consiguió encontrar esa dimensión.
La soprano italiana atravesó una noche vocalmente problemática, con un fiato irregular, dificultades en la afinación del agudo y una emisión que por momentos perdió ductilidad.
El problema se vuelve especialmente evidente en la “Canzone del salce” y el “Ave Maria”, dos momentos en los que Verdi no pide potencia sino pureza, suspensión y una línea vocal que parezca no tocar nunca el suelo.
Aquí hubo tensión donde debía existir fragilidad; esfuerzo donde debía existir recogimiento.
Y Desdemona, sin ese halo de inocencia sonora, pierde parte de su tragedia.
DANIEL LUIS DE VICENTE: UN IAGO QUE SABE DÓNDE CLAVAR EL CUCHILLO
Completando el triángulo protagonista, Daniel Luis de Vicente ofreció un Iago escénicamente solvente, calculador y malicioso, entendiendo que el gran villano de Verdi no necesita gritar para resultar peligroso.
El barítono resolvió con eficacia sus intervenciones fundamentales y proyectó con claridad los momentos en los que Iago comienza a mover los hilos de la tragedia.
Su construcción escénica fue uno de los puntos firmes del reparto: hay intención, presencia y una adecuada comprensión del personaje.
Vocalmente, sin embargo, la prestación no estuvo exenta de reparos. Por momentos, la línea mostró cierta rigidez tímbrica, lo que restó flexibilidad a una escritura que exige mordacidad, elasticidad y capacidad para cambiar de máscara constantemente.
Aun así, De Vicente consigue algo esencial: hacer creíble que este Iago disfruta viendo cómo los demás se destruyen.
Y eso, en Otello, ya es bastante.

LOS SECUNDARIOS: LA PROFESIONALIDAD COMO SALVAVIDAS
El resto del elenco sostuvo la función con dignidad. Diego Bento construyó un Cassio correcto y de buen porte vocal. Alejandra Malvino aportó solidez dramática y presencia como Emilia. Insung Sim otorgó autoridad y nobleza tímbrica a Lodovico.
Fermín Prieto cumplió eficazmente como Roderigo, mientras que Mario De Salvo y Gabriel Vacas completaron correctamente el conjunto. No hubo aquí grandes fuegos artificiales. Tampoco hicieron falta. Cuando los protagonistas tienen una noche irregular, un reparto secundario profesional vale oro.
ALEJO PÉREZ: VERDI EN BLANCO y NEGRO CON UN CORO ESTABLE DE EXCELENCIA
Y llegamos al problema mayor. La lectura de Alejo Pérez pareció buscar una densidad dramática que, paradójicamente, terminó quitándole dramatismo a la obra.
Los fortissimi estuvieron más contenidos que en la función anterior (15/8), pero el problema no estaba solamente en el volumen: estaba en el clima.
Verdi necesita tensión, respiración, movimiento interno. Necesita que la orquesta sea una criatura viva que acompañe, amenace, anticipe y contradiga a los personajes. Aquí, demasiadas veces, todo pareció transcurrir en un mismo plano.
Mucho peso, poca electricidad. Mucha solemnidad, poco veneno.
Por momentos, la lectura pareció más preocupada por construir una arquitectura sonora monumental que por mantener la sangre circulando por las venas de la tragedia.
El resultado fue una suerte de Verdi en blanco y negro, con una gestualidad expresiva que parecía mirar de reojo a Wagner. Y Otello podrá ser sombrío, feroz y trágico, pero no necesita que lo conviertan en Tristán.
Ahora bien, el Coro Estable del Teatro Colón, preparado por Miguel Martinez, ofreció una labor de gran nivel, convirtiéndose en uno de los pilares de la noche y respondiendo con fuerza en una partitura donde el elemento colectivo tiene un peso dramático decisivo.

NICOLÁS BONI: CUANDO LA ESCENA SALVA LA FUNCIÓN
La gran sorpresa de esta nueva producción está en otro lugar: la escena. Nicolás Boni, junto a Tommaso Lagattolla en vestuario, Nicolás Boni y Matías Otálora en video y animaciones, y José Luis Fiorruccio en iluminación, construye una propuesta visual de enorme potencia.
Las atmósferas remiten por momentos a la oscuridad de Gustave Doré. Hay una estética sombría, monumental y profundamente teatral que entiende algo fundamental: el escenario también puede contar lo que la música no termina de decir.
El Tercer Acto es probablemente el gran triunfo de la producción. Allí la tradición no aparece como un enemigo de la modernidad sino como su mejor aliada.
Y el último acto alcanza una contundencia visual extraordinaria. Ese altar marmóreo, monumental y casi funerario, transforma el escenario en un espacio de sacrificio. Thanatos parece haber comprado una platea preferencial.
La imagen final tiene la solemnidad de un rito. Y allí Boni demuestra que no hace falta destruir Verdi para modernizarlo. A veces alcanza con mirarlo de frente.
El Coro Estable del Teatro Colón, preparado por Miguel Martinez, ofreció una labor de gran nivel, convirtiéndose en uno de los pilares de la noche y respondiendo con fuerza en una partitura donde el elemento colectivo tiene un peso dramático decisivo.

VEREDICTO: TRES ESTRELLAS Y UNA PREGUNTA
Este Otello tiene momentos poderosos y otros francamente decepcionantes.
Tiene una producción escénica que merece ser vista, un Gregory Kunde que continúa demostrando una valentía artística fuera de lo común, un Iago eficaz y un reparto secundario competente.
Pero también tiene una Desdemona vocalmente comprometida y una dirección musical que no termina de encontrar el nervio, el contraste y la sensualidad dramática de Verdi.
El Colón ofrece un Otello visualmente formidable pero musicalmente irregular.
Tres estrellas: Una por la escena. Una por la entrega. Y una tercera, quizá la más generosa, por recordar que todavía hay cantantes capaces de subirse al ring con Otello aun cuando el ring ya parece diseñado para boxeadores bastante más jóvenes.
Porque al final, el problema de Otello sigue siendo el mismo desde 1887: no alcanza con cantar al Moro. Hay que sobrevivirlo. Y esta noche, algunos sobrevivieron. Otros, no tanto.
