domingo, 4 de octubre de 2026
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Partitura Contra Opiniones Vacías

LECTURA RECOMENDADA

Mis queridos peripatéticos Argentum:

Existe una fauna particularmente simpática dentro de la zoología cultural: aquella que, cuando un crítico sostiene lo escrito con argumentos musicales, partitura, referencias técnicas y conocimiento de estilo, responde con el arma más sofisticada que tiene a mano: el comentario de sobremesa.

Porque estudiar una partitura, escuchar una emisión, analizar el fiato, la afinación, el fraseo, la dicción, el estilo y la relación entre orquesta y escena es, para ciertos espíritus, una extravagancia innecesaria.

Mucho más práctico es decir: “A mí me encantó”. Y asunto terminado.

Naturalmente, aparece entonces Cocota Vermichelli de Garronier, marquesa imaginaria del comentario categórico, acompañada por sus fieles plebeyos del Luzuriaga Club, esa institución sin edificio donde aparentemente se expiden doctorados exprés en opinión musical.

La receta es sencilla: no responder al argumento, sino al crítico. No discutir la observación técnica, sino cuestionar la autoridad de quien la formula. Y si todo falla, siempre queda el comodín universal: “Vos no entendiste nada”.

Magnífico.

Es la versión cultural de perder una partida de ajedrez y acusar al tablero de elitista.

Un crítico puede equivocarse, naturalmente. Debe poder equivocarse. Pero si lo escrito está sostenido por una lectura musical concreta, por referencias verificables y por una escucha atenta, lo civilizado sería discutir el argumento.

¿No se comparte la apreciación sobre una emisión? Perfecto: explíquese por qué.

¿Se considera injusta una valoración vocal? Adelante: hablemos de técnica, estilo, acústica, fraseo y proyección.

¿Se discrepa con la interpretación? Maravilloso: la crítica vive precisamente de la discrepancia.

Pero cuando frente a una argumentación aparece como respuesta una colección de chascarrillos, agravios y palmadas entre amigos, ya no estamos ante un debate artístico.

Estamos ante la Liga de los Ofendidos por la Partitura.

Y allí, queridos míos, la música tiene poco que hacer.

Porque una cosa es defender apasionadamente a un artista y otra muy distinta pretender que el entusiasmo sustituya al conocimiento.

La crítica no tiene por qué caer simpática. Tiene que ser responsable.

Y cuando alguien pretende discutir una observación musical, lo mínimo que se le puede pedir es que venga armado con algo más que susceptibilidad.

Una partitura, por ejemplo. Aunque sospecho que para algunos sería demasiado pedir.

Así que, frente a Cocota Vermichelli y sus ilustres plebeyos del Luzuriaga Club, el Dr. Merengue solo puede recomendar una saludable medicina: menos indignación, más lectura; menos barra brava, más música.

Y si después de eso todavía no alcanza…Bueno.

No se puede pedir más que una patada a una «nota» de burrierre.

 

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