domingo, 20 de septiembre de 2026
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Buenos Aires, Borges y la neurona en huelga

LECTURA RECOMENDADA

Ay, Buenos Aires…

Ciudad de cafés literarios, librerías, teatros, críticos espontáneos y señores que, después de leer la contratapa de un libro, ya están en condiciones de explicarnos a Borges, Freud, Wagner y la crisis del país en una misma sobremesa.

Somos así. Nos encanta la cultura. Siempre y cuando no nos haga trabajar demasiado.

Porque aparece un ballet llamado Principio de éxtasis, aparece Borges, aparece un universo onírico, aparecen mundos que se superponen, una música especialmente creada y arreglada para dialogar con la coreografía y, de pronto, desde alguna butaca aparece el diagnóstico definitivo:

—No entiendo.  ¡Ah! La frase nacional. La comodísima. La que permite cerrar cualquier discusión sin necesidad de abrir un libro. Porque, claro, si no entiendo, debe ser snob.

No importa que Borges haya construido buena parte de su obra sobre laberintos, espejos, sueños, dobles, infinitos y seres que no están muy seguros de dónde termina la realidad.

No importa. Nosotros queremos saber quién entra, quién sale y, si fuera posible, que el programa de mano nos entregue una fotocopia de la respuesta correcta.

¡Buenos Aires necesita instrucciones!

—Jorge, querido, ¿qué nos hiciste?

Porque Borges, nuestro vecino universal, tiene la mala costumbre de obligarnos a pensar. Y pensar, como sabemos, puede generar efectos secundarios.

Por ejemplo: dudas. 

Pero hay algo todavía más interesante en Principio de éxtasis. La música. Y aquí, por favor, guardemos la última batuta de Toscanini.

No hay que reclamar músicos en el foso porque sí. La música está grabada. ¿Y? ¿Desde cuándo una grabación es automáticamente un pecado mortal?

Aquí hay un compositor y un arreglador que trabajan junto al coreógrafo para construir un universo sonoro específico. Eso es otra cosa.

No es: «No conseguimos orquesta, pongamos una pista». Es: «La música forma parte de la arquitectura de este mundo». Y entonces la grabación deja de ser un reemplazo. Se convierte en una herramienta dramatúrgica.

Porque una cosa es tener músicos en vivo y otra muy distinta es tener una concepción musical viva.

Y eso es lo que deberíamos discutir. No la presencia física de un señor con violín sentado en un foso como certificado de autenticidad cultural. Porque, de lo contrario, terminaremos creyendo que el arte se valida por inventario:

¿Hay músicos? Sí.

¿No hay músicos? ¡Escándalo!

¿Hay amplificación? ¡Herejía!

¿Hay extranjeros? ¡Prestigio internacional!

¿Hay argentinos? Bueno… después vemos.

Y aquí llegamos a una cuestión bastante más incómoda. Porque mientras discutimos si entendemos o no entendemos a Borges, esta misma semana dos figuras enormes de nuestra cultura han desaparecido de este plano.

Por un lado, Griselda Gambaro, escritora, autora teatral, directora, una mujer de la cultura que sostuvo durante décadas una mirada propia y una trayectoria longeva.

Por otro, Eugenio Zanetti, maestro de una dimensión artística extraordinaria, creador, escenógrafo, director, ganador del Oscar y referente internacional.

Dos argentinos. Dos artistas. Dos nombres que trascendieron nuestras fronteras. Dos personas que, de distintas maneras, demostraron que desde este país se puede hablarle al mundo.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿Qué nos pasa, Argentina? Porque resulta extraordinariamente curioso.

Nos pasamos la vida diciendo que Borges es nuestro. Discutimos si entendemos un ballet inspirado en él. Nos ponemos solemnes. Nos ponemos snobs. Nos ponemos nacionalistas. Nos ponemos internacionales.

Y mientras tanto, dos artistas que marcaron nuestra cultura y que fueron reconocidos muchísimo más allá de nuestras fronteras se nos van.

Y nosotros seguimos discutiendo si la música debería estar en el foso.

—Muchachos… ¡Nos estamos perdiendo el bosque por discutir el árbol!

Gambaro. Zanetti. Borges. Tres nombres. Tres mundos. Tres maneras de demostrar que la cultura argentina no necesita pedir permiso para existir. Y hay algo todavía más impresionante: estaban todos en el mismo barrio. Bueno, metafóricamente.

Pero ahí está nuestra tragedia y también nuestra maravilla. Borges podía caminar por Buenos Aires. Gambaro podía estar creando entre nosotros. Zanetti podía cruzarse con cualquiera en una calle porteña.

No eran figuras mitológicas llegadas desde Marte. Eran nuestros. Estaban acá. Respiraban el mismo aire. Tomaban café en los mismos bares. Atravesaban las mismas crisis. Trabajaban en el mismo país que tantas veces parece empeñado en convencernos de que el talento está siempre en otra parte. Y después resulta que el mundo los reconoce.

Entonces volvemos a mirar hacia afuera y decimos: —¡Qué talento argentino! Sí. Pero mientras estaban acá, ¿los mirábamos? Esa es la pregunta que verdaderamente debería incomodarnos. Porque quizás el problema argentino no sea la falta de talento.

Quizá sea nuestra extraordinaria capacidad para descubrirlo cuando ya es demasiado tarde.

Primero lo discutimos. Después lo descalificamos. Luego lo ignoramos. Más tarde alguien de afuera lo premia. Y finalmente nosotros descubrimos, orgullosos: —¡Era argentino!  —¡No me digan!

Por eso, mis queridos argentos del subdesarrollo neuronal ocasional: antes de decir «no entiendo», lean. Antes de decir «es snob», miren. Antes de reclamar que todo sea como hace cincuenta años, pregunten qué está intentando hacer el artista.

Antes de celebrar a un argentino cuando ya tiene reconocimiento internacional, aprendamos a reconocerlo cuando todavía está sentado en la mesa de al lado.

Porque Borges fue argentino. Gambar fue argentina. Zanetti fue argentino. Y los tres, cada uno desde su territorio, lograron algo bastante más difícil que obtener nuestra aprobación: hicieron que el mundo mirara hacia aquí.

Entonces sí. Más Borges. Más Gambaro. Más Zanetti. Más Chinchibirria. Más ballet. Más teatro. Más ópera. Más pensamiento. Más discusión.

Pero menos esa costumbre tan nuestra de convertir la cultura en una pelea de tribus donde todos gritan y casi nadie escucha. Porque quizá el verdadero subdesarrollo no sea no comprender una obra. El verdadero subdesarrollo es tener el talento delante de las narices y no reconocerlo. Y ahí sí, Buenos Aires, tenemos un problema.

Uno bastante más grande que una grabación. Uno bastante más grande que un tutú. Uno bastante más grande que Borges. Tenemos que despertar. Aunque sea una neurona. Una sola. Después podemos discutir.

Y ahora sí: más Borges, más Chinchibirria, una opereta a la alemana… y vamos al concierto. Pero esta vez, por favor, escuchemos. Porque quizá el artista que estamos buscando allá afuera… estaba sentado en el mismo barrio…

 

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