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Camerata Salzburg y Maria Dueñas: cuando la excelencia se convierte en música – Mozarteum Argentino

LECTURA RECOMENDADA

Ciclo Mozarteum, concierto: Camerata Salzburg. Director: Gregory Ahss. Solista: María Dueñas (violín). Obras: “Obertura de Las bodas de Fígaro” de Wolfgang Amadeus Mozar, Concierto para violín y orquesta en mi menor, op. 64, de Felix Mendelssohn y Sinfonía Nº 2 en re mayor, op. 36, de Ludwig van Beethoven. Encores: Valse triste ( Franz von Vecsey), Éljen a Magyar!, op. 332 (J. Strauss II) . Sala: Teatro Colón.                                  Nuestra calificación: excelente.

(Buenos Aires, 5/X/2026,  Mozarteum Argentino – Teatro Colón). Continuando su Temporada 2026, el Mozarteum Argentino presentó en el Teatro Colón a una de las grandes formaciones camerísticas de Europa y a una de las figuras más fascinantes de la nueva generación del violín. Camerata Salzburg, María Dueñas y Gregory Ahss (kapellmeister) ofrecieron una de esas veladas en las que la excelencia técnica deja de ser un atributo para convertirse, sencillamente, en música.

El programa tenía una arquitectura perfecta: la Obertura de Las bodas de Fígaro de Mozart, el Concierto para violín en mi menor, op. 64 de Mendelssohn y la Sinfonía n.º 2 en re mayor, op. 36 de Beethoven.

Pero más allá de los nombres inmortales, la verdadera noticia estuvo en la calidad de la interpretación. Y especialmente en María Dueñas.

Una violinista que ya tiene voz propia

A sus apenas 23 años, Dueñas no parece una promesa: parece una artista plenamente instalada en su oficio. Su madurez musical excede ampliamente su edad cronológica. Lo extraordinario de su Mendelssohn no estuvo solamente en la dificultad técnica de la partitura.

Estuvo en cómo la técnica desaparecía detrás de la música.

Dueñas posee una mano derecha de enorme refinamiento. El arco no golpea la cuerda: la habita. Puede producir un ataque incisivo sin dureza, un legato de extraordinaria continuidad y una gama dinámica que va desde el susurro hasta un fortissimo plenamente proyectado sin perder calidad tímbrica. Su sonido tiene núcleo, brillo y profundidad.

Pero hay algo todavía más interesante: la joven violinista no construye sus frases únicamente desde el volumen. Las construye desde la dirección del arco y la respiración musical. Sabe dónde comienza una frase, hacia dónde se dirige y —fundamentalmente— dónde debe abandonar la tensión.

Ese dominio resulta especialmente evidente en el Andante del concierto de Mendelssohn. Allí apareció una Dueñas menos preocupada por deslumbrar y más interesada en contar.

El vibrato, siempre controlado, aportó calor sin convertir el sonido en una superficie permanentemente ondulada. La afinación fue rigurosa, especialmente en los pasajes de exposición desnuda, donde cualquier mínima inestabilidad queda inmediatamente expuesta. Y luego llegó el virtuosismo.

Las rápidas figuraciones, los cambios de posición, los pasajes de articulación veloz y los saltos interválicos fueron resueltos con una seguridad que permitió que el oyente dejara de pensar en la dificultad y pudiera concentrarse en la música.

Ese es el verdadero virtuosismo. Cuando el público deja de escuchar el mecanismo y comienza a escuchar la idea. Dueñas tiene, además, algo que no puede adquirirse mediante horas de estudio: personalidad sonora. Su violín no suena genérico. Suena a Dueñas.

Foto gentileza: Liliana Morsia, Mozarteum Argentino

El primer regalo: Vecsey

Como encore de la primera parte, María Dueñas regaló al público una pequeña joya: Franz von Vecsey, Valse triste. Y aquello que en otras manos podría haberse convertido en un simple bis de lucimiento, en Dueñas adquirió una dimensión casi confesional.

La violinista volvió a demostrar su extraordinario dominio del arco, esta vez desde una concepción más íntima y cantabile. El fraseo apareció delicadamente suspendido, con un vibrato de enorme sensibilidad y una afinación particularmente cuidada en las notas largas, donde el sonido queda expuesto sin el auxilio de la masa orquestal.

Fue una interpretación de elegancia, melancolía y refinamiento, en la que Dueñas pareció olvidarse por un instante del virtuosismo para entregarse al puro placer de cantar con el violín. Una breve pieza. Una gran intérprete.

Y el Colón respondió como correspondía: con una ovación que confirmó que el público había comprendido perfectamente el regalo.

Gregory Ahss: dirigir escuchando

Si María Dueñas fue el centro magnético del Mendelssohn, Gregory Ahss fue la inteligencia musical que permitió que aquella interpretación respirara con libertad.

Ahss no dirigió desde la imposición. Dirigió desde la escucha. La Camerata Salzburg posee una tradición profundamente ligada al concepto de hacer música de cámara a gran escala. Su identidad se construye alrededor de la responsabilidad individual de cada músico y de una concepción particularmente refinada del repertorio clásico. Ahss encarna perfectamente esa filosofía.

Su relación con el conjunto no es la de un director que llega desde afuera para ordenar una maquinaria. Es la de un músico que conoce desde adentro la respiración de la orquesta. Por eso su gesto puede ser pequeño. Y, sin embargo, resulta enorme.

En Mozart, Ahss consiguió una articulación extraordinariamente limpia, con ataques precisos y una ligereza que jamás significó superficialidad. La Obertura de Las bodas de Fígaro tuvo nervio teatral, pero también una transparencia que permitió escuchar las distintas capas de la escritura. Nada estaba apelmazado. Nada sobraba.

Mozart sin museo

Ese Mozart fue especialmente valioso porque evitó uno de los grandes peligros del repertorio clásico: convertir la elegancia en asepsia. Ahss comprendió que Mozart necesita teatro.

Foto gentileza: Liliana Morsia, Mozarteum Argentino

La Camerata respondió con acentos precisos, contrastes dinámicos inteligentes y una articulación que permitió que la música pareciera hablar. No era un Mozart de porcelana. Era un Mozart vivo.

El diálogo perfecto del Mendelssohn

La verdadera prueba de fuego llegó con Dueñas. Y allí Ahss volvió a demostrar su inteligencia. La orquesta jamás intentó competir con el violín solista. La acompañó, la sostuvo y, cuando correspondía, dialogó con ella.

La introducción orquestal tuvo una elegancia casi respirada. Cuando apareció el violín, la transición fue natural, sin esa habitual sensación de que “entra el solista y comienza otro concierto”.

Aquí la obra permaneció unida. Dueñas y Ahss parecían entender la partitura desde un mismo lugar. El resultado fue particularmente notable en los pasajes donde el violín conversa con las distintas secciones de la orquesta. Allí la Camerata funcionó como una verdadera formación de cámara: cada respuesta tenía peso, cada frase encontraba su interlocutor y cada silencio parecía formar parte del discurso.

Beethoven con nervio y arquitectura

La Segunda Sinfonía de Beethoven confirmó la categoría de la agrupación. Ahss evitó convertirla en una acumulación de decibeles. La arquitectura permaneció siempre visible. Los ataques fueron precisos; las transiciones, cuidadosamente construidas; los contrastes dinámicos, muy trabajados.

Y especialmente interesante fue la manera de abordar el Larghetto, donde la Camerata encontró un Beethoven lírico, pero jamás edulcorado.

En el Scherzo, en cambio, apareció el Beethoven imprevisible, casi insolente, mientras que el movimiento final recuperó una energía extraordinaria.

La orquesta sonó compacta, pero nunca pesada. Potente, pero nunca brutal. La precisión de los ataques de las cuerdas y la coordinación interna permitieron que la música conservara ese carácter de conversación que distingue a las grandes agrupaciones camerísticas.

El golpe final: Strauss y la polka húngara

Pero si alguien pensaba que Beethoven había cerrado definitivamente la noche, la Camerata Salzburg tenía todavía una carta bajo la manga. Y vaya carta.

Como cierre del concierto, Johann Strauss II, Éljen a Magyar!, op. 332, convirtió al Teatro Colón en una auténtica fiesta vienesa.

La polka húngara apareció vibrante, rutilante y contagiosa, con ese particular equilibrio entre precisión centroeuropea y desenfado que exige Strauss. Ahss permitió que la Camerata se soltara sin perder jamás el rigor estilístico: ataques incisivos, articulaciones luminosas, acentos perfectamente marcados y una energía rítmica que terminó contagiando a toda la sala.

Aquí ya no había solemnidad. Había celebración. La música parecía sonreír. Y la Camerata Salzburg demostró nuevamente que la excelencia técnica no está reñida con la diversión. Por el contrario: cuando una orquesta domina absolutamente su lenguaje, puede permitirse jugar con él.

La última polka fue el equivalente musical a levantar una copa después de una cena extraordinaria. Salud, Strauss.

Una Camerata que no necesita demostrar nada

La Camerata Salzburg no necesitó exhibir su prestigio. Lo confirmó. Su sonido posee una característica particularmente difícil de conseguir: la precisión no elimina la humanidad. Cada músico parece saber que su nota forma parte de una estructura mayor, pero ninguno renuncia a la individualidad de su frase. Y bajo la conducción de Ahss esa filosofía resultó especialmente evidente.

Foto gentileza: Liliana Morsia, Mozarteum Argentino

El futuro ya llegó

María Dueñas pertenece a una generación que ya no necesita pedir permiso para ocupar los grandes escenarios. Su juventud podría ser un dato biográfico. Después de escucharla, se convierte en un detalle casi anecdótico. Porque lo verdaderamente importante es otra cosa: la madurez musical.

Dueñas tiene técnica, pero no vive para la técnica. Tiene sonido, pero no vive para exhibirlo. Tiene virtuosismo, pero no necesita convertir cada pasaje difícil en una declaración de superioridad.

Tiene algo mucho más raro: criterio. Y cuando ese criterio se encuentra con una orquesta como la Camerata Salzburg y con un músico como Gregory Ahss, el resultado supera ampliamente la categoría de “buen concierto”.

El Teatro Colón fue testigo de una noche de auténtica jerarquía internacional. Mozart tuvo teatro. Mendelssohn tuvo poesía. Beethoven tuvo carácter. Vecsey tuvo melancolía. Strauss tuvo fiesta.

Y María Dueñas tuvo aquello que distingue a los grandes: una voz propia. Gregory Ahss, mientras tanto, recordó algo que los grandes músicos conocen perfectamente: que dirigir no siempre significa imponer el camino.

A veces significa simplemente saber escuchar cuándo la música ya sabe adónde ir.

 

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