domingo, 27 de septiembre de 2026
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Argentina y al Don Pirulero

LECTURA RECOMENDADA

Malvinas, Netanyahu y otras maravillas de nuestra política exterior

Mis queridos peripatéticos Argentum: Argentina fue a la ONU para explicar que la ONU es inútil. Es maravilloso. Uno imagina que, si la ONU fuera realmente tan inútil, el Presidente argentino habría enviado un mensaje por WhatsApp.

Pero no.

Viajó hasta Nueva York. Avión. Comitiva. Seguridad. Traductores. Protocolo. Atril. Banderitas. Y finalmente: —Señores, esta organización no sirve para nada. ¡Qué manera tan cara de decirlo!

MALVINAS, SIEMPRE MALVINAS

Malvinas ocupó una parte sustancial del discurso. Y está bien. Malvinas es una causa histórica argentina y el reclamo de soberanía forma parte de la política exterior del Estado.

Pero entonces apareció el pequeño problema: la ONU.

—¡La ONU no hace nada por Malvinas! —Pero, Presidente, usted está hablando justamente en la ONU.

—¡Es inútil! —Entonces… —¡Silencio!

Aquí el Dr. Merengue descubre una nueva categoría de diplomacia: la diplomacia del “te necesito, pero sos un inútil”. Una especie de matrimonio argentino.

Y ENTRA NETANYAHU

Y cuando uno creía que el guion ya tenía suficientes personajes, entra Benjamin Netanyahu.

¡Qué personaje! Para unos, defensor de Israel. Para otros, responsable político de una guerra que ha provocado una devastadora crisis humanitaria y gravísimas acusaciones internacionales.

Él, naturalmente, sostiene su propia versión y rechaza esas acusaciones.

¿Quién tiene razón? El Dr. Merengue no se atreve a repartir estampitas. Porque últimamente la política internacional tiene una curiosa tendencia: todos llegan con aureola y terminan con expediente. Santo por aquí. Asesino por allá / Héroe para unos. Villano para otros / Y en el medio, la historia, que todavía no decidió qué película está mirando.

EL CAMINANTE DEL INFIERNO

Netanyahu parece caminar sobre una cinta transportadora fabricada por Dante.

Un paso: terrorismo. / Otro: rehenes. / Otro: Gaza. / Otro: Irán. / Otro: Washington.  Otro: Naciones Unidas. Y cada paso genera tres discursos, cinco condenas y aproximadamente cuarenta hashtags.

Para sus partidarios, defiende a su pueblo. Para sus críticos, su gobierno carga con responsabilidades gravísimas por la devastación de Gaza.

Y el Dr. Merengue propone una solución revolucionaria: no repartir santos ni demonios mientras todavía hay muertos. Porque el infierno tiene una característica desagradable: no distingue entre izquierda, derecha, liberal, conservador, creyente o ateo. Cuando cae una bomba, la ideología suele llegar después.

DON PIRULERO, PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA

Mientras tanto, Argentina juega al viejo: Antón, Antón, Antón Pirulero. Cada cual atiende su juego.

Estados Unidos, el suyo. Israel, el suyo. Netanyahu, el suyo. El Reino Unido, el suyo. Irán, el suyo. La ONU, el suyo. Y Argentina… Argentina atiende todos.

Malvinas. Israel. Estados Unidos. Irán. Occidente. Inteligencia artificial. Agenda 2030. Cambio climático. Libertad.

¡Qué país! Nos falta tiempo para gobernar, pero nos sobra para explicar el planeta.

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Argentina quiere ser potencia mundial de inteligencia artificial. Excelente. Yo sólo tengo una pregunta: ¿Podemos primero conseguir que la inteligencia no sea artificial?

Porque una familia frente a la góndola del supermercado ya utiliza una tecnología extraordinaria. Se llama: cálculo mental. —¿Cuánto sale? —$17.800. / —¿Y cuánto tengo? —$12.300. —Entonces no lo quiero. Eso es inteligencia. Natural. Sin chips. Sin Silicon Valley. Sin Elon Musk.

Y APARECE LA POBREZA

Pero hay un enemigo que no necesita ejército. No tiene misiles. No tiene drones. No tiene embajada. No publica comunicados. Se llama: pobreza. Y tiene la pésima costumbre de quedarse en casa.

El INDEC informó que durante el primer semestre de 2026 el 32,3% de las personas relevadas estaba bajo la línea de pobreza y el 7,5% en indigencia. Treinta y dos coma tres. La cifra tiene una insolencia imperdonable: no respeta discursos. 

Uno dice: —Argentina será una potencia. La pobreza contesta: —Qué lindo. ¿Y cuándo?

Uno dice: —Seremos líderes tecnológicos. La heladera pregunta: —¿Y la carne?

Uno dice: —Recuperaremos la grandeza. El jubilado pregunta: —¿Y este mes?

La realidad tiene una pésima educación parlamentaria: interrumpe.

EL GRAN ARDID

Y aquí está la maravilla. Todo parece sencillo.  Buenos. Malos. Occidente. Oriente. Libertad. Autoritarismo. Terrorismo. Defensa.  Víctimas. Victimarios. Santos. Demonios. Un mundo perfectamente ordenado.

Lástima que no existe.

La geopolítica no es una misa. No hay altar. No hay santos oficiales. Y los demonios, por suerte, no vienen con DNI. Hay intereses. Hay responsabilidades. Hay muertos. Hay civiles. Hay rehenes. Hay Estados. Hay organizaciones terroristas. Hay petróleo. Hay armas. Hay religión. 

Hay elecciones. Y hay algo que nunca falta: políticos explicando por qué ellos son los buenos.

LA ARGENTINA MIRANDO AL MUNDO

Mientras tanto, nosotros miramos hacia  afuera. Malvinas. Washington. Jerusalén. Londres. Nueva York. Teherán. Silicon Valley. Todo muy internacional. Todo muy trascendente. Todo muy histórico. Sólo hay un pequeño inconveniente: Argentina también existe.

Y Argentina tiene escuelas. Hospitales. Jubilados. Trabajadores. Pobres. Indigentes. Empresarios. Científicos. Artistas. Universidades. Barrios.

Y ciudadanos que, después de escuchar semejante epopeya planetaria, quizá tengan una pregunta ligeramente menos filosófica: “¿Cuánto aumentó el supermercado?”

EL DON PIRULERO FINAL

Entonces, mis queridos peripatéticos Argentum, volvemos al principio. Antón, Antón, Antón Pirulero. Cada cual atiende su juego.

Netanyahu atiende el suyo. Milei, el suyo. Trump, el suyo. Lula, el suyo. Los ingleses, el suyo. La ONU, el suyo. Y el argentino común… el argentino común atiende la tarjeta de crédito.

Porque mientras los estadistas deciden quién pertenece al cielo y quién al infierno, acá abajo seguimos haciendo una pregunta revolucionaria: ¿Llegamos a fin de mes? 

Quizá algún día Argentina consiga ser esa potencia extraordinaria que todos anuncian. Ojalá. Pero primero estaría bueno conseguir una hazaña mucho más modesta: que la realidad deje de necesitar discursos para demostrar que existe.

Porque la pobreza no tiene canciller. La heladera no tiene embajador. El jubilado no tiene lobby. Y la góndola del supermercado… esa sí que tiene poder de veto.

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