martes, 29 de septiembre de 2026
15.6 C
Buenos Aires

Pinchas Zukerman en el Colón: La sombra de un sonido legendario

LECTURA RECOMENDADA

Ciclo Aura, concierto: Pinchas Zukerman junto al Ensamble Musical de Buenos Aires. Dirección: Gustavo Fontana.
Programa: Astor Piazzolla (Tangazo: Variaciones sobre Buenos Aires), Ludwig van Beethoven (Obertura Coriolano, Op. 62 y Romanza N.° 1 para violín y orquesta en sol mayor, Op. 40), Paul Ben-Haim (Berceuse sfaradite), Alberto Ginastera (Suite del ballet Estancia, Op. 8a) y Max Bruch (Concierto para violín N.° 1 en sol menor, Op. 26). Bis: Wiegenlied (Canción de cuna) de Johannes Brahms (con «intervención vocal del público»).
Lugar: Teatro Colón, Ciclo Aura. Nuestra calificación: regular
(Bs. Aires, 28& IX/ 2026). Pinchas Zukerman evoca de inmediato una era dorada del violín. Por eso mismo, presenciar su paso por el Teatro Colón dejó una incómoda sensación de desencanto: la de contemplar la sombra de un sonido legendario que hoy se percibe abatido por la rutina, la economía de esfuerzo y una aparente desconexión emocional.
El recorrido musical de la noche comenzó con el Ensamble Musical de Buenos Aires abordando Tangazo: Variaciones sobre Buenos Aires de Astor Piazzolla y la Obertura Coriolano de Ludwig van Beethoven. Si bien la formación demostró una solvente transmisión técnica y corrección en los pasajes netamente sinfónicos, bajo la batuta de Gustavo Fontana se escuchó excesivamente en bloque, apelando a dinámicas planas sin una verdadera diferenciación de planos sonoros ni el debido relieve entre las maderas, los bronces y la cuerda. En Piazzolla, las acentuaciones resultaron rígidas y los matices no respondieron al pulso nocturno, denso y sensual que exige la partitura, ofreciendo una lectura metronómica y carente de rubato. Por su parte, en Coriolano, la tensión dramática del tema inicial de Beethoven se diluyó en un trazo orquestal grueso y monolítico.
A continuación llegó la primera intervención del solista con la Romanza N.° 1 para violín y orquesta en sol mayor de Beethoven. Fue allí donde la emisión de Zukerman exhibió una preocupante falta de densidad. El célebre cantabile de su violín —aquel legato untuoso, ancho y profundo que marcó época— brilló por su ausencia. El arco recorrió la cuerda con una presión pareja pero superficial, produciendo un sonido chato, de proyección plana y falto de los armónicos necesarios para hacer «correr» el instrumento por la vasta acústica del Colón. En lugar de moldear las frases líricas con el fuelle expresivo que la obra demanda, el solista optó por un pulso apurado e inexpresivo.
Inmediatamente después de la obra de Beethoven, el violinista abordó la Berceuse sfaradite del compositor israelí Paul Ben-Haim. Tratándose de una miniatura de carácter íntimo basada en una melancólica canción de cuna tradicional sefardí, esta pieza requería una especial orfebrería en los matices, ductilidad en el fraseo y una búsqueda lírica casi vocal. Sin embargo, la interpretación de Zukerman se mantuvo en la misma tónica distante: la línea melódica careció de flexibilidad oriental y de la calidez modal indispensable para transmitir su nostalgia ancestral. El sonido se percibió nuevamente delgado, sin ese susurro lírico ni la modulación sutil de dinámicas que convierte a esta obra en una gema poética, quedando reducida a un mero trámite de correcta afinación pero huérfano de emotividad.
Foto gentileza: Juanjo Bruzza, Prensa Teatro Colón de Buenos Aires.
Luego del intervalo, el programa continuó con la Suite del ballet Estancia de Alberto Ginastera. En el ataque a los movimientos más impetuosos, como Los peones de campo y el célebre Malambo, la formación orquestal cayó en un ímpetu desmedido que terminó desdibujando la arquitectura de la partitura del entrañable compositor argentino. Lejos de la precisión incisiva y el rigor rítmico telúrico de nuestra pampa, la bravura percusiva y los ataques estridentes de los bronces terminaron asemejándose más a la brillantez urbana y el desenfreno de un musical de Gershwin. Sin un trabajo de matices que balanceara la potencia con el detalle contrapuntístico, la masa orquestal volvió a sonar apretada y rígida.
El cierre del programa oficial estuvo reservado para el Concierto para violín N.° 1 en sol menor de Max Bruch, pieza emblemática del repertorio romántico que no hizo más que profundizar la brecha entre la expectativa y la realidad. En el Preludio (Allegro moderato) inicial, los arpegios y entradas del violín carecieron de mordente y carácter. Al llegar al célebre movimiento lento (Adagio), núcleo expresivo donde el instrumento solista debe cantar con apasionada e íntima introspección, el fraseo se deslizó en piloto automático. El vibrato de Zukerman, llamativamente estrecho, rígido y tardío, le restó calidez a los intervalos centrales, volviendo la línea melódica monótona y desprovista de tensión dramática. Incluso en el Allegro enérgico final, el virtuosismo sonó mecánico, sin ese fuego sagrado ni la entrega física que la obra exige.
Sin embargo, el quiebre definitivo de la noche llegó al concluir la obra de Bruch. Cuando la sala aún intentaba procesar la marea romántica y conservar algo del clima de introspección del concierto, Zukerman rompió abruptamente la atmósfera para dar paso a un insólito «antidiscurso». En un gesto desconectado de la audiencia —como corresponde a quien parece olvidar que se encuentra en un país de habla hispana—, se lanzó a una alocución de más de cinco minutos íntegramente en inglés. En lugar de un sobrio thank you, el violinista desplegó un aquelarre de proclamas políticas plagadas de contradicciones: habló del genocidio y del sufrimiento de los niños en las guerras acusando a gobiernos «pseudohitlerianos», para luego ejemplificar sobre Israel y su Primer Ministro. Uno no podía evitar preguntarse en qué lugar del mundo vive el propio solista, residiendo él mismo en los Estados Unidos.
Este discurso, políticamente bastardeado y transformado en un sinsentido para más de la mitad del público del Teatro Colón que no entendía lo que estaba diciendo, buscó sostener la idea de una música capaz de unir al mundo como embajadora de paz. Para sellar este mensaje, invitó a la sala a entonar juntos la Canción de cuna (Wiegenlied) de Johannes Brahms dedicada a esos niños. La pieza terminó siendo susurrada tímidamente por los espectadores y coronada por el solista con un insustancial «adiós» en spanglish. El gesto, de una búsqueda empática tan simplista como contradictoria, terminó por contrastar violentamente con la frialdad distante, la falta de color y el desapego expresivo con los que había ejecutado su violín durante toda la velada.
Foto gentileza: Juanjo Bruzza, Prensa Teatro Colón de Buenos Aires.
Pinchas Zukerman mantiene intacta la solidez de su oficio y una afinación irreprochable, pero la música requiere algo más que corrección formal y proclamas fuera de lugar. Anoche, en el Teatro Colón, el gran maestro entregó una ejecución exenta de riesgos, sin pasión y con un sonido insustancial que se diluyó en el aire de la sala sin dejar huella.

Mas articulos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ULTIMAS NOVEDADES

Ciclo Aura, concierto: Pinchas Zukerman junto al Ensamble Musical de Buenos Aires. Dirección: Gustavo Fontana. Programa: Astor Piazzolla (Tangazo: Variaciones sobre Buenos Aires), Ludwig van Beethoven (Obertura Coriolano, Op. 62 y Romanza N.° 1 para violín y orquesta en sol mayor, Op. 40), Paul Ben-Haim...Pinchas Zukerman en el Colón: La sombra de un sonido legendario