Entre el cielo y Otello: el piloto que aprendió a cantar
Pilotear para aprender a cantar
Hasta ese momento habíamos hablado de la Universidad de Michigan y de aquel profesor que cambió para siempre el rumbo de su vida. Pero, de pronto, la conversación despega hacia otro lugar. Literalmente.
Michael Fabiano empieza a hablar de aviones.
No como quien comenta un pasatiempo de fin de semana, sino con la misma pasión con la que un músico describe una partitura. Descubro entonces que la aviación no ocupa un rincón secundario en su vida. Es, en realidad, otra manera de comprender quién es.
—Me apasionan los aviones desde que tenía cinco años. Durante mucho tiempo imaginé que podía dedicarme a eso. Incluso pensé que mi futuro estaría más cerca de una cabina que de un escenario.
Mientras habla, sus manos dibujan en el aire el movimiento de un despegue.
Le pregunto qué encuentra en el vuelo que no encuentra sobre un escenario. No duda.
—Libertad.
Hace una pausa.
Y enseguida pronuncia una frase que resume toda una filosofía de vida.
—Pilotear me enseñó a cantar.
La afirmación sorprende.
Pero enseguida comienza a explicarla. —Cuando estoy solo en el avión no puedo pensar en mi familia. No puedo pensar en mis problemas. No puedo pensar en mis impuestos. No puedo pensar en la próxima función. Solamente puedo pilotear. Porque si dejo de hacerlo… mi vida termina.
Levanta apenas dos dedos, como si sostuviera los comandos de vuelo.
—Y para pilotear un avión apenas hacen falta estos dos dedos. No hace falta fuerza. Hace falta precisión.
Después sonríe.
—Eso mismo ocurre cuando canto. No tengo que hacer demasiado. Tengo que confiar.
La frase parece sencilla, pero esconde una enorme profundidad.
Fabiano se define como un hombre extremadamente analítico. Confiesa que le cuesta dejar de pensar. Sin embargo, encontró en la aviación una disciplina que lo obliga a vivir únicamente el presente.
—Pilotear me enseñó que no puedo controlar todo. Si empiezo a pensar demasiado en la garganta, en la respiración o en cada músculo, dejo de cantar.
Mientras lo escucho entiendo que, para él, cantar y volar tienen algo esencial en común. En ambos casos hay una preparación inmensa. Horas de estudio. Años de entrenamiento.
Pero cuando finalmente llega el momento decisivo, todo ese conocimiento debe desaparecer para dar lugar a algo mucho más difícil. La confianza.
Y quizá allí resida uno de los secretos de Michael Fabiano. No canta contra su voz.
Canta confiando en ella.

Otello y los fantasmas de la mente
Basta pronunciar el nombre de Otello para que la conversación cambie completamente de temperatura.
Michael Fabiano deja de hablar como tenor.
Empieza a hablar como un actor, un lector apasionado de Shakespeare y un hombre que lleva años conviviendo con un personaje tan inmenso como devastador.
—Para mí Otello no es un hombre viejo. Es joven. Treinta años. Treinta y dos, quizá. Es un comandante brillante. Y justamente esa juventud vuelve mucho más trágica su caída.
La conversación deriva naturalmente hacia la psicología. Fabiano sostiene que Shakespeare deja señales muy claras sobre una posible epilepsia del personaje. Habla de las crisis, de los desmayos, de los síntomas físicos que aparecen en la obra original.
Le propongo entonces otra mirada, apoyándome en mi formación como psicólogo. Más allá del cuadro inestable, Otello parece desarrollar una psicosis progresiva. Empieza a escuchar voces que sólo existen en su mente. Construye una realidad paralela. Ve pruebas inexistentes. Confunde sospechas con certezas.
Fabiano escucha con enorme interés. No rechaza la hipótesis. Al contrario. La incorpora.
—Es posible… repite varias veces. La entrevista deja de ser entrevista. Se transforma en una conversación entre dos personas apasionadas por comprender al ser humano. Entonces aparece otra cuestión.
Las puestas contemporáneas. Le pregunto cómo enfrenta esas producciones donde el director propone lecturas completamente alejadas del libreto.
Su respuesta vuelve a sorprender. —Primero intento entender qué quiere hacer el regista. Si no estoy de acuerdo, lo hablamos. Intento. Buscamos un compromiso. Hace una pausa.
—Pero cuando estoy solo en escena… soy solamente yo. Necesito creer en lo que hago.
No es una frase menor. En una época donde muchas producciones parecen imponerse sobre los intérpretes, Fabiano vuelve a colocar el centro en el artista.
No rechaza la innovación. No defiende un museo. Defiende algo mucho más simple. La verdad. Porque un cantante puede aceptar cualquier propuesta estética.
Lo único que no puede perder es la honestidad con el personaje.
Y mientras lo escucho hablar de Verdi, Shakespeare y Otello, entiendo que para Michael Fabiano cada función comienza mucho antes del primer acorde.
Empieza en la cabeza. Y termina, inevitablemente, en el corazón.
«Hola… soy Michael»
La conversación se interrumpe de manera inesperada. Una mujer se acerca lentamente hasta nuestra mesa. Durante unos segundos duda.
Finalmente sonríe.
—Hola… soy la presidenta… bueno… la presidenta no oficial de tu club de fans.
Michael levanta inmediatamente la vista. Se pone de pie. Le estrecha la mano.
Y responde con una sencillez desarmante.
—Hola… Soy Michael.
No dice «Michael Fabiano».
Dice simplemente: —Soy Michael.
La escena dura apenas unos minutos.
Ella le pide una fotografía. Hablan del Teatro Colón. De las funciones. Del reencuentro con el público argentino.
No existe apuro. No hay asistentes marcando tiempos. No hay barreras entre el artista y quien lo admira. Mientras los observo pienso que esa escena vale más que cualquier discurso sobre la humildad. Hay artistas que hablan de cercanía.
Fabiano la practica.
Entonces un detalle. Aquella mujer no es solamente una admiradora. También es cronista fans…Cronista de nuestro medio y alli y casi sin proponérselo, la charla cambia completamente de rumbo.
Le pregunta por las reflexiones políticas y sociales que suele publicar en sus redes. Fabiano no esquiva el tema. Habla de la necesidad de recuperar el diálogo. De volver a colocar la cultura y la educación en el centro.
Le pregunto si alguna vez imaginó una carrera política.
Sonríe. —Quizás algún día… Pero inmediatamente aclara que no cree en los extremos.
—Yo estoy en el centro. Hace un gesto con las manos buscando un equilibrio imaginario.
—En mi familia hay personas muy de derecha y personas muy de izquierda. Cuando llega Navidad intento que todos se sienten en la misma mesa. Que compartan el pan. Que puedan escucharse. No habla de ganar discusiones. Habla de construir puentes.
Cuando finalmente la cronista se despide, Michael vuelve a abrazarla con la misma calidez con la que la recibió al acercarse como fan.
Nunca cambió el trato. Nunca necesitó saber quién era antes de dedicarle unos minutos.
Mientras vuelve a sentarse, pienso que esa pequeña escena explica mejor que cualquier definición quién es Michael Fabiano. Porque fuera del escenario no interpreta ningún personaje.
Simplemente sigue siendo el mismo hombre que, un tiempo atrás, había pedido una Coca-Cola, había preguntado qué era una «lágrima» y había confesado que nunca soñó con convertirse en tenor.
Pero la conversación todavía guardaba sus páginas más intensas.
Quedaban por delante la política, la libertad de decir quién es, el mundo de la ópera contemporánea, los grandes teatros, las producciones que admira y aquellas que cuestiona sin rodeos.
Y, sobre todo, una idea que repetiría como un verdadero manifiesto artístico:
«El público no viene al teatro por una producción. El público viene a buscar la verdad.»
Esa historia recién comenzaba.
Continuará…
Photos by James Weber
