miércoles, 5 de agosto de 2026
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Una tarde con Michael Fabiano (I)

LECTURA RECOMENDADA

El hombre que nunca pensó en ser tenor

Una Coca-Cola antes de Otello

Hay artistas que entran a un café como si el mundo debiera detenerse para mirarlos. Michael Fabiano hace exactamente lo contrario.

Llega sin ceremonia. Saluda  con la misma cordialidad con la que, unos minutos antes, había bajado de su coche al Petit Colón. Se sienta, deja su abrigo y sonríe con esa mezcla de timidez y cercanía que desarma cualquier distancia.

No parece un tenor acostumbrado al Metropolitan, a la Royal Opera House, a la Ópera de París o al Teatro Real de Madrid.

Parece un hombre dispuesto a conversar.

El mozo se acerca.

—¿Qué va a tomar?

Fabiano mira la carta con curiosidad. Descarta el café. Tampoco quiere alcohol.

—Una Coca-Cola… por favor.

Minutos después descubre otra palabra desconocida. Ante mi pedido.

—¿Qué es una «lágrima»?

Le explicamos que en Argentina una taza de leche caliente con apenas unas gotas de café que apenas «manchan»

Se ríe con ganas. —¡Fantástico!

Ese gesto espontáneo resume mucho de lo que ocurrirá durante las siguientes dos horas.

No habrá respuestas ensayadas. No habrá frases de promoción.

No habrá un cantante intentando construir un personaje.

Habrá, simplemente, un hombre hablando de su vida.

Y quizás sea esa la mayor sorpresa.

Porque detrás del tenor celebrado en los principales escenarios del mundo aparece alguien profundamente reflexivo, obsesivo con el estudio, apasionado por la aviación, amante de la política entendida como diálogo y convencido de que la música tiene una misión mucho más profunda que el entretenimiento.

Mientras llegan las medialunas, lanzo la primera pregunta.

—¿Quién es Michael Fabiano?

No responde enseguida. Se toma unos segundos. Piensa. Como si nunca antes se lo hubieran preguntado de verdad.

—Es una pregunta muy difícil… Y entonces rompe la primera imagen preconcebida.

—Yo nunca quise ser cantante. 

Michael Fabiano / Photos by Diego Bendezu

El profesor que cambió un destino

La historia podría haber sido completamente distinta.

Michael Fabiano ingresó a la Universidad de Michigan decidido a estudiar Administración de Empresas. La música ocupaba un lugar secundario. Cantaba, sí, pero jamás imaginó que aquella pudiera convertirse en una profesión.

Para completar la solicitud de ingreso envió un viejo cassette con dos canciones. Nada más. Ese pequeño detalle terminó cambiándole la vida.

Al poco tiempo fue citado por un hombre cuyo nombre pesa en la historia de la lírica estadounidense: George Shirley.

Fabiano recuerda la escena con una precisión casi cinematográfica.

—Después de diez minutos de escucharme cantar, me detuvo.

Hace una pausa. Todavía parece escuchar aquella voz.

—Me dijo: «Michael, ¿eres consciente de la voz que tienes? Nunca hubo una voz así en esta universidad. Y probablemente nunca vuelva a haberla. Dios te dio un regalo. Ahora tienes la obligación de compartirlo.»

Fabiano tenía dieciocho años. Su reacción fue casi de incredulidad.

—Yo vine a estudiar negocios… No música. Negocios.

Se ríe.

Pero enseguida vuelve la seriedad. —Después entendí que tenía razón.

Hay una palabra que repetirá durante toda la conversación. No habla de éxito. No habla de fama. Habla de obligación.

Cuando una persona recibe un talento así… deja de pertenecerle solamente a ella.

Tiene que compartirlo.

Esa idea explica muchas cosas.

Explica por qué estudia todos los días. Por qué sigue analizando cada partitura como si fuera la primera.

Y por qué, a los cuarenta y dos años, después de más de sesenta papeles interpretados y dos décadas de carrera internacional, continúa hablando del canto con la humildad de quien todavía siente que está aprendiendo.

No hay rastros de divismo. Hay responsabilidad. Mucha responsabilidad.

Y esa diferencia resulta fundamental para entender quién es Michael Fabiano.

Continuará…

 

Photos by Diego Bendezu

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