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Rita Terranova: «El teatro necesita volver a creer en la palabra»

LECTURA RECOMENDADA

La excusa era hablar del estreno de Marta Foz, crímenes y demonios. Pero la conversación terminó convirtiéndose en un viaje por la memoria del teatro argentino. Rita Terranova habló del oficio, de los grandes actores, de los clásicos, de los escenarios que ya no existen y de una convicción que la acompaña desde hace toda una vida: el teatro sigue siendo el último refugio de la palabra.

 Nos encontramos a conversar sobre un estreno. Sobre una nueva puesta. Sobre una directora que vuelve a enfrentarse al desafío de conducir a una actriz sola en escena.  Pero bastaron apenas unos minutos para comprender que aquella tarde el verdadero protagonista no sería Marta Foss, crímenes y demonios.

Sería el teatro. Ese teatro que ya casi no existe. El de los camarines llenos de historias. El de los actores que aprendían a decir un verso antes que a buscar un primer plano. El de las voces capaces de llenar una sala sin necesidad de un micrófono.

Mientras Rita habla, los nombres aparecen naturalmente, como si siguieran ocupando la misma mesa donde conversamos. Berta Singerman. Alfredo Alcón. Arthur Miller. Shakespeare. Henry James. Agatha Christie. Regina Pacini. No hay nostalgia impostada. Hay memoria. Y sobre todo, gratitud.

Porque cada uno de esos nombres construyó la mujer de teatro que hoy, varias décadas después, sigue emocionándose al hablar de un escenario.

«El método no es una escuela. Es la búsqueda de la verdad.»

Hay una frase que resume toda su manera de entender este oficio. La dice sin grandilocuencias. Como quien habla de algo evidente. —El método siempre tiene que estar. Hace una pausa.

Y enseguida corrige una idea que, según ella, suele confundirse. —Pero el método no es una escuela. El método es la búsqueda de la verdad. Después cambia el estilo. Podés hacer Shakespeare, Goldoni, un policial, una comedia o un clown. Lo que nunca puede faltar es la verdad.

Mientras la escucho pienso que esa definición alcanza para explicar toda su carrera. Porque Rita jamás habla de actuar. Habla de creer. Creer en el personaje. Creer en la palabra. Creer en aquello que ocurre cuando se apagan las luces y el actor deja de ser él mismo para convertirse en otro.

Hoy siente que algo de eso se ha ido perdiendo. No culpa a las nuevas generaciones. Tampoco a las escuelas. Su preocupación pasa por otro lado. —A veces veo actores que terminan haciendo siempre el mismo personaje: ellos mismos.

No hay dureza en la frase. Hay tristeza. Porque para ella el teatro siempre fue transformación. Nunca exhibición.

Una conversación doméstica que terminó convirtiéndose en una obra

Resulta curioso descubrir que Marta Foz, crímenes y demonios nació del modo menos teatral posible. No hubo una iluminación. No hubo una comisión que encargara un texto. No hubo una convocatoria.

Todo comenzó en la cocina de su casa. Rita recuerda que un día le habló a Guillermo Pintos —dramaturgo, diseñador sonoro de Cocina Babel y compañero de vida— de una periodista española que la había fascinado. Una mujer dedicada a la crónica policial en una época en la que muy pocas mujeres ocupaban ese lugar.

Le habló de ella. Y el tema quedó ahí. O eso creyó. Pasaron semanas. Quizá meses. Hasta que una tarde Guillermo apareció con un manuscrito bajo el brazo. No era la historia de aquella periodista. Era otra. Una cronista policial. Una mujer acusada de un crimen. Una historia donde el pasado y el presente se mezclaban como si el tiempo fuera una espiral.

—Cuando terminé de leerla me preguntó qué quería hacer: si actuarla o dirigirla. No dudó un segundo. —Dirigirla. ¿Por qué? Porque había descubierto una estructura que la atrapaba como directora.

La compara con una matrioska. Con una caja china. Cada escena abre otra. Cada respuesta genera una nueva pregunta. Y cuando el espectador cree haber encontrado la verdad, descubre que apenas acaba de entrar en ella.

Heidi Fauth: una actriz sin etiquetas

Cuando comenzó a pensar quién podía sostener semejante desafío, Rita eligió a Heidi Fauth. Pero no solamente por su talento. Lo hizo por algo mucho más difícil de encontrar. La independencia.

—Hoy pareciera que todos tienen que pertenecer a una corriente, a un grupo, a una estética determinada. Ella sonríe. —Heidi no pertenece a nadie. Y eso, para una directora, significa libertad.

No responde a una única técnica. No está obligada a actuar de una sola manera. Puede cambiar de registro. De tono. De energía. Puede convertirse en muchos personajes sin dejar de ser una única actriz. Eso es exactamente lo que ocurre en Marta Foss. Una mujer. Muchos rostros. Muchas vidas. Y un único juicio que terminará involucrando también al espectador.

El suspenso también tiene música

Cuando aparece la palabra «suspenso», Rita deja de hablar como directora y empieza a hacerlo como artesana del escenario. No piensa en efectos. No piensa en luces. Ni siquiera piensa en la escenografía. Piensa en el tiempo. —El suspenso tiene ritmo. Tiene música. 

Recuerda inmediatamente Otra vuelta de tuerca, la adaptación teatral que realizó de la célebre novela de Henry James. Fue allí donde comprendió que el miedo nunca depende de un grito. Depende de una pausa. De un silencio. De cuánto tarda un actor en girar la cabeza. Entonces aparece Hitchcock.

Y todo cobra sentido. El maestro inglés jamás mostraba el horror de inmediato. Lo construía. Lo hacía respirar. Lo dejaba crecer lentamente hasta que el espectador terminaba imaginando algo mucho más terrible que aquello que finalmente veía.

Rita sonríe.

—Una obra de teatro es como una gran sinfonía. Cada personaje entra en el momento justo. Cada silencio también forma parte de la partitura.

En ese instante entiendo que no estoy escuchando hablar solamente de una obra. Estoy escuchando una declaración de amor al teatro. Y quizá sea esa la verdadera razón por la que seguimos conversando mucho después de haber olvidado cuál había sido la primera pregunta.

Con gusto. Para el cierre no volvería al estreno de manera mecánica. Haría que todo el recorrido de la conversación desembocara naturalmente en Marta Foss, como si la obra fuera la consecuencia lógica de toda una vida dedicada al teatro. El lector debe terminar con la sensación de haber conocido a Rita Terranova, no solamente a una directora que presenta una obra.

El teatro como un acto de fe

La tarde comienza a apagarse y, casi sin darnos cuenta, llevamos tiempo conversando.

Ya no hablamos solamente de Marta Foss, crímenes y demonios. En algún punto del camino quedaron Shakespeare, Arthur Miller, Henry James, Agatha Christie, Regina Pacini, Alfredo Alcón, Berta Singerman, las grandes temporadas marplatenses, los viejos escenarios porteños y ese teatro que parecía sostenerse únicamente sobre la fuerza de una voz y un texto bien dicho.

Comprendo entonces que el estreno fue apenas una excusa. Lo que realmente ocurrió alrededor de esta conversación fue el encuentro con una artista que lleva toda una vida intentando responder la misma pregunta: ¿qué hace que una función permanezca para siempre en la memoria del espectador?

Terranova no habla de escenografías monumentales. No habla de efectos especiales. No habla de presupuestos. Habla del actor. Siempre vuelve al actor.

Habla de ese instante irrepetible en el que un intérprete consigue desaparecer para que nazca un personaje. Habla de la emoción, del silencio, de la respiración compartida entre la platea y el escenario. Habla de esa verdad invisible que no puede fabricarse con tecnología ni reemplazarse con artificios.

Mientras la escucho, entiendo por qué eligió dirigir Marta Foz. No fue solamente por la originalidad de su estructura ni por el desafío que representa una actriz enfrentándose a múltiples personajes. Fue porque la obra le permite volver a aquello en lo que siempre creyó: el teatro desnudo, donde la imaginación del público completa aquello que no muestran las luces ni la escenografía.

Desde el 1 de Agosto, en El Camarín de las Musas, antes de ingresar a la sala, un «periodista»  preguntará a los espectadores  qué opinan sobre el supuesto juicio de Marta Foss, sembrando la duda entre la realidad y la ficción.

No será un simple recurso escénico. Será la primera escena de una historia que comenzará antes de levantarse el telón.

Pero, curiosamente, después de hablar con Rita Terranova, uno comprende que esa puesta en escena es apenas la superficie. Debajo late otra obra. Una obra invisible.

La de una generación de artistas que aprendió que el teatro no consiste en ocupar un escenario, sino en habitar una palabra.

Antes de despedirnos, le pregunto casi sin pensar si todavía conserva la misma emoción de sus primeros años.

No responde de inmediato. Sonríe. Y esa sonrisa tiene algo de camarín vacío cuando la función termina, de telón que vuelve a abrirse después de un aplauso interminable, de actriz que todavía cree que cada noche puede ser distinta de la anterior.

Entonces dice una frase que resume toda la conversación.

—El teatro sigue siendo el actor, el texto, la voz y el cuerpo. Todo lo demás puede ayudar. Pero nunca podrá reemplazar eso. Porque las funciones terminan. Los decorados desaparecen. Las luces se apagan. Pero las palabras —cuando nacen de la verdad— permanecen para siempre.

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