martes, 29 de septiembre de 2026
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Iñaki Urlezaga conmueve en el Teatro Ópera con «El aplauso final»

LECTURA RECOMENDADA

Dirección y Coreografía: Iñaki Urlezaga. Primeros Bailarines: Iñaki Urlezaga, Caroline Queiroz, Julieta Paul, Bautista Parada. Cuerpo de Baile (Femenino): Alice Inuy, Cecilia Esteban, Laura Rauber, Pía Alvarez, Noelia Díaz, Olivia Lardone. Cuerpo de Baile (Masculino): Esteban Schenone, Lisandro Casco, Luciano Ávalos, Pedro Vitabar, Facundo Marcel, Israel Ayala. Figurante: Mariana Scinocca. Música: Serguéi Rachmáninov (Concierto para piano n.º 2 en do menor, Op. 18). Orquesta: Orquesta Sinfónica Municipal de Florencio Varela. Director musical: Mtro. Darío Domínguez Xodo. Pianista solista: Ulises Belén. Nuestra calificación: muy buena
Programa:
Primera Parte: Pas de deux y fragmentos de Romeo y Julieta, La Traviata, La muerte del cisne y Sylvia.

Segunda Parte: El Aplauso Final. 

Hay algo profundamente conmovedor en contemplar a un bailarín frente a la barra cuando ya sabe que algún día tendrá que abandonarla. Allí, entre el rigor de la disciplina y la fragilidad del cuerpo, se resume buena parte de una vida dedicada al escenario.

Eso fue lo que dejó El Aplauso Final, la creación de Iñaki Urlezaga presentada por primera vez en Buenos Aires: una obra que habla de la despedida sin convertirla en tragedia, que mira el final de una carrera sin solemnidad y que encuentra, en cambio, una palabra mucho más difícil de alcanzar: gratitud.

Porque El Aplauso Final, estrenada en Buenos Aires, no habla solamente del final de una carrera. Habla del momento en que un artista comprende que el escenario al que entregó su vida continuará allí cuando él ya no vuelva a pisarlo como antes. Y quizá por eso conmueve: porque detrás de cada arabesque, de cada port de bras y de cada reverencia aparece una pregunta inevitable que pertenece tanto al bailarín como al espectador: ¿qué hacemos cuando aquello que amamos ha llegado a su último acto?

La belleza de volver a lo esencial

La primera parte funcionó como una delicada entrada al universo de Urlezaga a través de algunos de los grandes emblemas del repertorio.

Romeo y Julieta, La Traviata, La muerte del cisne y Sylvia aparecieron en distintos pas de deux y solos coreografiados por el propio Urlezaga, con una concepción que privilegió la musicalidad, la expresividad y, sobre todo, la humanidad de los intérpretes.

Foto gentileza: Guillermo Genitti

No hubo aquí una exhibición gratuita de virtuosismo. La técnica estuvo al servicio de aquello que verdaderamente importa en la danza: contar algo con el cuerpo.

Y allí apareció uno de los momentos más delicados de la primera parte: La muerte del cisne. El trabajo de brazos, la fragilidad del movimiento y la contención expresiva evitaron cualquier tentación de convertir la escena en una demostración de efectismo.

El cisne no necesitaba morir espectacularmente. Bastaba verlo resistir. Y en esa resistencia estaba ya anunciado el espíritu de lo que vendría después.

El Aplauso Final: cuando las barras dejan de ser barras

Con el segundo acto llegó el verdadero corazón de la velada.

El Aplauso Final es, en esencia, una carta de amor al oficio de bailar. Pero también es una carta de amor a quienes hicieron posible que ese oficio existiera: los maestros, los directores, los compañeros, los cuerpos que enseñaron a otros cuerpos y las generaciones que se suceden mientras el escenario permanece.

Urlezaga coloca en el centro de la escena un objeto aparentemente cotidiano: las barras de ensayo.

Pero allí comienza la poesía.

Aquellas barras dejan de ser simples elementos de entrenamiento para convertirse en testigos silenciosos de una vida entera. Sobre ellas se apoyaron cuerpos exhaustos; frente a ellas se repitieron pasos hasta el infinito; junto a ellas quedaron sudor, lágrimas, frustraciones y pequeños triunfos que nadie vio.

Son, finalmente, las barras que sostuvieron al bailarín antes de que el bailarín pudiera sostenerse solo. Y cuando llega el momento de partir, vuelven a cumplir su función.

Sostener

Foto gentileza: Guillermo Genitti

Ese es quizá el hallazgo más conmovedor de la obra: la despedida no aparece como derrota, sino como transformación.

No hay aquí una danza sobre la muerte artística. Hay una danza sobre la posibilidad de agradecer.

La presencia espiritual de sir Anthony Dowell atraviesa la creación como una memoria viva, mientras el diálogo entre maestro, director e intérprete adquiere una dimensión casi ceremonial. El artista que se retira no abandona aquello que fue: lo entrega.

Y acaso esa sea la verdadera función de un maestro…

Rachmáninov: la música que recuerda por nosotros

Sobre ese territorio emocional, Serguéi Rachmáninov hizo el resto.

El Concierto para piano n.º 2 encontró una intérpretación especialmente sensible en la Orquesta Sinfónica Municipal de Florencio Varela, bajo la dirección de Darío Domínguez Xodo, mientras el joven pianista Ulises Belén aportó al teclado la combinación necesaria de lirismo, intensidad y melancolía.

Rachmáninov parece escrito para estas despedidas que todavía no quieren llamarse despedidas. Su música tiene algo de recuerdo anticipado: una belleza que parece estar ocurriendo y, simultáneamente, alejándose.

En el Adagio sostenuto, esa sensación alcanzó su punto más alto.

Julieta Paul y Bautista Parada construyeron un dúo de enorme sensibilidad, casi una muerte del cisne contemporánea. El movimiento parecía nacer de la propia respiración de la música. Las puntas, los brazos, las pausas y el desplazamiento de los cuerpos crearon una atmósfera suspendida, como si durante unos minutos el escenario hubiera quedado fuera del tiempo.

Foto gentileza: Guillermo Genitti

No era solamente un dúo. Era una despedida bailada.

Y quizá por eso resultó imposible contemplarlo desde la distancia profesional del crítico. Había allí algo que excedía la técnica: la conciencia de que todo cuerpo que baila está, inevitablemente, negociando con el paso del tiempo.

Cuando el aplauso también cuenta una historia

El Allegro scherzando devolvió luminosidad a la escena. La compañía volvió a reunirse y la coda final adquirió el carácter de una celebración.

Pero ya nada era exactamente igual.

Después de haber visto esas barras transformarse en memoria, después de haber escuchado a Rachmáninov acompañar una despedida y después de haber contemplado a los bailarines enfrentarse poéticamente con el tiempo, el aplauso final dejó de ser una simple convención teatral.

Era gratitud.

Gratitud de los artistas hacia quienes los acompañaron.
Gratitud de los maestros hacia las generaciones que recibieron su legado.
Y gratitud del público hacia quienes, durante unos minutos, tuvieron la generosidad de entregarnos sus cuerpos, su memoria y su emoción.

Urlezaga, junto a su compañía, logró algo que no siempre consigue la danza: hacer visible aquello que normalmente permanece invisible.

Foto gentileza: Guillermo Genitti

El esfuerzo detrás de la belleza.
La nostalgia detrás de la perfección.
El maestro detrás del bailarín.
Y el tiempo detrás del movimiento.

Cuando finalmente llegó la reverencia, Iñaki Urlezaga y los artistas de la compañía devolvieron el aplauso al público con la sinceridad de quienes saben que ningún escenario pertenece completamente a quien lo pisa.

Pertenece también a quienes lo miran.

Y entonces comprendimos que aquel no era, en realidad, un aplauso final.

Era el aplauso por todo lo vivido.

Y mientras las luces comenzaban a apagarse, quedó flotando una certeza sencilla y profundamente teatral: un bailarín puede abandonar el escenario, pero mientras alguien recuerde cómo bailó, nunca termina de despedirse.

Si querés, puedo hacer ahora una segunda versión todavía más mordaz y literaria, con el sello del Dr. Merengue, manteniendo la emoción pero incorporando ese filo satírico que caracteriza tus críticas.

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