lunes, 3 de agosto de 2026
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Boîte: cuando la nostalgia se convierte en una caricatura

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Boîte. Autores / intérpretes: Griselda Siciliani y Carlos Casella. Colaboración en puesta y creación: Ana Frenkel. Colaboración en textos: Guillermo Arengo, Paulina Siciliani y Daniel Cúparo. Dirección musical: Diego Vainer. Músicos: Tomás Carnelli, Santiago Martínez y Valentín Manzoni. Diseño vocal: Pablo A. García. Asistencia coreográfica: Magalí Zato. Iluminación: Gonzalo Córdoba. Vestuario: Pablo Ramírez y Rochas (los músicos). Escenografía: Alberto Negrín. Sala: La Trastienda (Balcarce 460). Nuestra opinión: regular

Reconstruir una época exige mucho más que un puñado de canciones conocidas, lentejuelas, luces tenues y cuerpos en movimiento. Exige comprender su espíritu, sus códigos, su estética y, sobre todo, aquello que la hizo irrepetible. BOÎTE, protagonizada por Griselda Siciliani, parte de una premisa seductora: revivir el universo de las grandes boites porteñas de los años setenta y comienzos de los ochenta. Sin embargo, el resultado termina siendo una evocación superficial que confunde memoria con cliché.

Griselda Siciliani vuelve a demostrar por qué es una artista  completa.  Su carisma, su dominio del escenario y su entrega  sostienen una propuesta que, por momentos, parece descansar exclusivamente sobre sus hombros. Baila, canta y actúa con gran solvencia , pero ni siquiera una intérprete consigue suplir las debilidades conceptuales de un espectáculo que nunca termina de definir qué quiere ser.

La dramaturgia avanza a través de una sucesión de cuadros con escasa progresión dramática. Los personajes apenas se delinean y las escenas privilegian el impacto visual por encima de la construcción emocional. Todo parece concebido para provocar una sensación de nostalgia inmediata, aunque sin el rigor necesario para que esa nostalgia resulte creíble.

Y es precisamente allí donde BOÎTE encuentra su principal obstáculo.

La producción busca recrear el clima de las míticas noches porteñas, pero evidencia un preocupante desconocimiento del universo que pretende homenajear. La selección musical responde más al capricho que a una verdadera reconstrucción histórica. Conviven canciones, ritmos y estilos que jamás compartieron una misma pista de baile. Se incorporan sonoridades que pertenecen a otros tiempos y a otros ámbitos culturales, acercándose por momentos a una bailanta aggiornada antes que al refinamiento cosmopolita que caracterizaba a aquellas boites.

Quienes conocieron espacios emblemáticos como Mau Mau o África saben que allí reinaban la música disco, el funk, el soul y el pop internacional. Donna Summer, Chic, Gloria Gaynor, Earth, Wind & Fire, Barry White o Bee Gees no eran simples éxitos: representaban un estilo de vida. Eran la banda sonora de una Buenos Aires sofisticada, que miraba de igual a igual a París, Nueva York o Milán. BOÎTE, en cambio, reemplaza esa identidad por una mezcla musical que desdibuja completamente el contexto histórico y cultural.

La ambientación, recreada por la escenografía de Alberto Negrin y la iluminación de Gustavo Córdoba, juega deliberadamente a lo básico debido a la extrema austeridad del espacio escénico. Sin embargo, tampoco consigue sostener la ilusión dramática. Lejos de transmitir el lujo decadente, el glamour y la elegante sensualidad de aquellas noches, la propuesta escenográfica exhibe una estética sorprendentemente precaria. Más que ingresar a una boite exclusiva, el espectador parece adentrarse en una gruta apenas decorada, construida con materiales de escasa jerarquía y resuelta mediante recursos visuales que jamás alcanzan el grado de sofisticación que el espectáculo requiere. La sensación dominante es la de una pobreza estética, precisamente allí donde el universo representado era sinónimo de refinamiento, exclusividad y esplendor.

A ello se suma un recurso que termina agotándose rápidamente: los  jadeos, gemidos e intervenciones vocales que irrumpen sobre las canciones. Lo que probablemente pretendía sugerir erotismo o provocación acaba convirtiéndose en un efecto repetitivo y de dudoso gusto. La sensualidad nunca necesita ser subrayada; cuando se insiste tanto en ella, termina perdiendo toda eficacia.

Afortunadamente, dentro de este panorama aparece una figura que consigue elevar el nivel artístico de la propuesta. Carlos Casella confirma, una vez más, que es uno de los performers más completos de la escena argentina. Verdadero camaleón escénico, domina con idéntica solvencia la actuación, el canto, la danza y la construcción física de su personaje. Cada una de sus intervenciones posee una creatividad, una precisión y una libertad expresiva que contrastan con las limitaciones del conjunto. Casella no sólo se luce: demuestra lo que BOÎTE podría haber sido si esa misma audacia hubiera atravesado toda la concepción del espectáculo.

La dirección musical de Diego Vainer plantea un recorrido sonoro que, por momentos, parece responder más a una búsqueda de efecto que a una construcción dramatúrgica consistente. La selección y el tratamiento de los arreglos no siempre encuentran una identidad estilística definida, generando una sensación de dispersión que impide consolidar el clima de época que la obra pretende evocar.

El diseño vocal de Pablo A. García tampoco logra homogeneizar los criterios interpretativos del elenco. Mientras Carlos Casella evidencia un trabajo técnico que le permite encontrar una adecuada banda de apoyatura, sosteniendo con solvencia la emisión, el fraseo y la proyección, en Griselda Siciliani se perciben dificultades para estabilizar esa zona de apoyo vocal. Ello repercute en la afinación, la colocación del sonido y la continuidad de la línea melódica, especialmente en los pasajes de mayor exigencia, generando una interpretación que por momentos parece más hablada que cantada. Esa disparidad técnica termina afectando el equilibrio general de los números musicales y pone de manifiesto la falta de un criterio vocal uniforme.

La paradoja es evidente: mientras algunos intérpretes alcanzan momentos de verdadero brillo, la propuesta general permanece atrapada en una reconstrucción superficial. No basta con acumular referencias visuales o musicales para revivir una época. La nostalgia exige memoria, investigación y una comprensión profunda de los códigos estéticos que definieron aquel universo. Cuando esa comprensión falta, el homenaje corre el riesgo de convertirse en una sucesión de evocaciones dispersas, más cercana a la imitación que a una verdadera recreación artística.

Al finalizar la función queda una impresión inevitable. BOÎTE nunca logra ingresar a aquellas noches legendarias que pretende celebrar. Se queda observándolas desde la puerta. No respira el aire de Mau Mau, ni el de África, ni el de aquella Buenos Aires elegante que convirtió a sus boites en un símbolo de sofisticación internacional. Su recorrido termina siendo otro: una evocación construida sobre estereotipos que, metafóricamente, parecen detenerse mucho antes de cruzar la General Paz.

Griselda Siciliani entrega un trabajo profesional y comprometido. Carlos Casella ofrece las intervenciones más inspiradas de la noche. Pero el espectáculo, en su conjunto, termina confirmando que la nostalgia no puede fabricarse con lentejuelas, luces bajas y recuerdos difusos. Para reconstruir una época primero hay que comprenderla.

 

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