Confieso que estoy preocupado. No por la economía. Esa ya aprendió a vivir sola. No por la política. Hace décadas que decidió independizarse de la lógica. Me preocupa otra cosa. La comprensión lectora.
Q.E.P.D. Murió sin hacer ruido. La encontraron enterrada debajo de un comentario que decía: «No leí la nota, pero…» Y ya saben cómo termina esa frase. Con un disparate.
La Argentina descubrió un sistema revolucionario para debatir ideas. Consiste en no debatirlas. ¿Por qué perder tiempo leyendo un artículo cuando es mucho más eficiente inventar lo que dice y enojarse con esa versión?
Uno reflexiona sin critica alguna, solamente” REFLEXIONAR”. Duda. Y apenas se publica, aparece un caballero —o una dama, que la necedad es profundamente igualitaria— dispuesto a explicar que uno es un vendido, un ensobrado, un dinosaurio, un comunista, un liberal salvaje, un reaccionario, un globalista o un marciano.
Todo en el mismo comentario. Es un talento extraordinario. Logran convertir a una misma persona en todas las ideologías simultáneamente. Ni la física cuántica había llegado tan lejos.
Lo verdaderamente fascinante es el método. No refutan una sola línea. Eso sería trabajar.
Van directamente al prontuario imaginario. Que si la vida privada. Que si una fotografía de hace 20 años. Que si una amistad. Que si un saludo. Que si un «me gusta». Y cuando el archivo tampoco alcanza… aparece el comodín universal. —Debe ser transfóbico. O cualquier otra etiqueta de temporada.
Porque pensar requiere neuronas. Etiquetar apenas necesita Wi-Fi. La acusación se volvió el reemplazo perfecto del argumento. Es mucho más cómodo destruir al autor que discutir la idea. Y bastante más rentable en «likes». Después ocurre algo maravilloso. La función termina.
Se apaga la pantalla. Se cierra la aplicación. Y la vida sigue. Porque fuera de las redes sociales existe un lugar muy extraño donde las personas todavía se miran a los ojos. Allí los insultos pierden coraje. Los valientes del teclado descubren repentinamente el noble arte del silencio. Es un fenómeno científico digno de estudio.
El león digital suele convertirse en un simpático gatito doméstico cuando desaparece el anonimato.
Quizá porque la cobardía siempre necesitó buena conexión a internet. Mientras tanto, la realidad continúa desfilando indiferente. La inflación no baja por un comentario. La cultura no mejora con un emoji de payaso. La educación no progresa escribiendo «cerrá el or..». Y el periodismo tampoco cambia porque veinte desconocidos hayan decidido organizar un pelotón de fusilamiento desde el sillón de su casa. Pero ellos creen que sí.
Creen que cancelaron una idea. En realidad, apenas consiguieron exhibir sus propias limitaciones. Porque el insulto jamás derrotó a un argumento. Únicamente confesó que no tenía otro argumento para ofrecer. Y ahí está el verdadero espectáculo. No el periodista. Sino esa curiosa necesidad de algunos de convertir cada diferencia de opinión en un juicio sumarísimo.
Acusan. Condenan. Ejecutan. Y recién después preguntan:
—Che… ¿qué decía el artículo? Demasiado tarde. El linchamiento ya consiguió miles de reproducciones. La razón, como siempre, llegó caminando.
Y cuando finalmente aparece… la tribuna ya se fue a comentar otro escándalo.
Mientras tanto, ¡Vamos, Messi! Tal vez por eso incomoda tanto. Porque recuerda una verdad insoportable. Las obras sobreviven. Los comentarios no. Dentro de veinte años alguien seguirá viendo un gol de Messi. Difícilmente alguien recuerde el furioso comentario de «Patriota_1978_ok» diciendo que era un pecho frío. Así de efímera es la espuma. Así de persistente es la excelencia.
Y a quienes se sientan ofendidos por esta columna… No se preocupen. No hace falta que la lean. Con indignarse alcanza.
Es más, les ahorro trabajo. Pueden insultarme desde ahora mismo. Ya conozco el procedimiento. Primero el agravio.
Después la etiqueta. Luego la investigación de mi vida privada. Más tarde la condena pública.
Y finalmente… el olvido. Porque ese es el destino de casi todos los héroes de las redes.
Duran exactamente lo mismo que la batería del teléfono desde el cual escriben.
El Dr. Merengue, en cambio, seguirá donde siempre. Escribiendo. Molestando. Y sonriendo.
Porque descubrió hace mucho tiempo que el odio digital tiene una enorme virtud.
Hace muchísimo ruido… pero, fuera de la pantalla, no pesa absolutamente nada.
Ahora, si me disculpan, me retiro a Punta Lara Country, con escala gastronómica en Boca Cerra Beach, donde sirven una extraordinario garnacha con Cornalitos.
Un lugar maravilloso.
Tan imaginario como muchos de los argumentos que uno lee todos los días.
