domingo, 13 de septiembre de 2026
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Hombres necios que acusáis…

LECTURA RECOMENDADA

«Hombres necios que acusáis…», escribió Sor Juana. Y evidentemente algunos siglos después seguimos necesitando que nos recuerden que, antes de descalificar, conviene leer.

Porque resulta verdaderamente encantador que alguien responda a una editorial que evidentemente no leyó en profundidad con el argumento de que quien la escribió «no le da el pinee». Qué maravilla de crítica: no refuta una sola idea, pero al menos nos regala una clase magistral de descalificación gratuita.

¿Qué si Manon Lescaut está amplificada? Parece que esa es la única frase que sobrevivió a la lectura. Todo lo demás —acústica, reverberación, definición, relación entre voces y orquesta, características de la sala— quedó perdido en el camino. Y aclaremos algo elemental.

Nadie dijo que la sala sea la “caja de resonancia” del cantante. Naturalmente, la voz se produce y se sostiene en el cuerpo del intérprete: pecho, cavidades, resonadores, técnica respiratoria y todo aquello que corresponde a la anatomía de la fonación.

Pero después de que el cantante canta, hay un pequeño detalle: tiene que ser escuchado por el público.

Y entre ambos existe una cosa bastante incómoda llamada sala.

La acústica no es una opinión política ni una cuestión de fe. Una arquitectura puede favorecer, perjudicar, modificar, absorber, proyectar o embarrar un sonido.

Si la sala no tuviera ninguna incidencia acústica sobre lo que escucha el espectador, los arquitectos especializados en auditorios podrían dedicarse tranquilamente a diseñar estacionamientos.

Y aquí está justamente el punto de la editorial: una voz puede estar perfectamente producida y, sin embargo, llegar mal al espectador.

Eso también es acústica.

Respecto de la pregunta sobre la amplificación, la respuesta es bastante sencilla: si alguien sostiene que no hubo amplificación, perfecto. Que aporte el dato técnico correspondiente. No tengo absolutamente ningún inconveniente en corregir una apreciación si alguien demuestra que es incorrecta.

Lo que resulta curioso es pretender que una observación crítica desaparece porque alguien decide calificar al crítico de ignorante.

No es así como funciona la crítica.

La experiencia sonora desde la platea es justamente materia de análisis. Y si lo que se percibe es un sonido seco, muerto, poco colaborativo, con reverberación insuficiente o con dificultades para integrar voces y orquesta, se escribe. Para eso existe el crítico: para contarle al lector qué escuchó, cómo lo escuchó y qué consecuencias artísticas tuvo esa experiencia.

Porque Manon Lescaut no es un examen de anatomía.

Es teatro musical.

Y allí importa que la voz proyecte, que la palabra llegue, que las líneas se distingan, que la orquesta no devore el canto y que el público pueda percibir el drama que Puccini escribió.

Así que, queridos peripatéticos Argentum, antes de lanzar el siempre socorrido «¿y este se dice crítico?», quizá convenga hacer algo revolucionario:

leer la editorial completa.

Después podemos discutir. Con argumentos. Con oído. Y, si es posible, sin convertir los senos paranasales en bibliografía.

Y si todavía alguien cree que la acústica empieza y termina en la anatomía del cantante, sólo podemos agradecerle la intervención: hacía tiempo que una crítica no terminaba convertida en una clase involuntaria de anatomía.

Ante la descalificación, entonces, no lloramos, no pedimos permiso y mucho menos dejamos de escribir. Montamos, ajustamos las riendas y seguimos cabalgando.

Porque mientras algunos se ocupan de descalificar al crítico, el crítico se ocupa de algo bastante más incómodo: escuchar.

Y cuando uno escucha de verdad, a veces escucha cosas que otros preferirían que nadie oyera.

Los argumentos quedan. Los insultos se los lleva el viento.

Aunque, tratándose de una sala sin acústica, hasta eso puede ser difícil de escuchar.

A seguir cabalgando. 🐎

 

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