martes, 29 de septiembre de 2026
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Manon Lescaut: ¿para qué y para quién? – Palacio Libertad / Teatro Colón

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Puccini en el Auditorio Nacional, amplificación donde el Colón permite cantar a voz desnuda y un elenco que vuelve a plantear la pregunta incómoda: ¿en una institución nacional no había cantantes argentinos?

 

Hay algo que no cierra en esta Manon Lescaut. No es Puccini. Es el lugar, es la acústica y, sobre todo, la decisión artística.

Porque cuando una institución cultural nacional programa una ópera de semejante exigencia en el Auditorio Nacional del Palacio Libertad, obliga a preguntarse por qué se eligió una sala que necesita amplificación para aquello que en el Teatro Colón ocurre naturalmente: un cantante que emite y una sala que responde.

Y obliga a una pregunta todavía más incómoda: ¿Por qué una institución nacional vuelve a mirar hacia afuera, cuando Argentina tiene cantantes capaces de cantar Puccini en los grandes teatros del mundo?

La discusión, entonces, no es solamente Manon Lescaut.Es qué entendemos por cultura nacional.

Argentina no carece de cantantes.Todo lo contrario. Los exporta.

Los argentinos cantan en los grandes teatros del mundo. Son convocados por compañías europeas, participan de festivales internacionales, asumen roles de enorme exigencia y construyen carreras que muchas veces son reconocidas mucho antes en el extranjero que en su propio país.

Por eso resulta difícil no hacerse una pregunta que puede incomodar a más de uno:¿Realmente no había cantantes argentinos para hacer esta Manon Lescaut?¿Ninguno? ¿Ni una soprano? ¿Ni un tenor? ¿Ni un barítono? ¿Ni un bajo? ¿Ninguno de los tantos artistas que han hecho de la lírica argentina una tradición reconocida internacionalmente?

Si la respuesta es que no los había, sería necesario explicarlo. Y si la respuesta es que sí los había, entonces la pregunta es todavía más incómoda: ¿por qué no fueron convocados? Porque contratar artistas extranjeros no está mal. La ópera es universal.

Pero cuando lo internacional se convierte en fetiche y lo nacional queda relegado al papel de espectador de su propia casa, algo empieza a hacer ruido. Y bastante.

DEL COLÓN AL AUDITORIO NACIONAL: DOS MUNDOS ACÚSTICOS

Quien haya escuchado una ópera en el Teatro Colón conoce la diferencia. En el Colón, el cantante lírico no necesita micrófono para llegar a la sala. Emite. Proyecta. La voz sale del cuerpo y encuentra en la arquitectura del teatro su caja de resonancia. No hay una prótesis electrónica entre el cantante y el espectador. Hay una voz. Una orquesta. Una sala. Y una acústica que permite que esos elementos respiren juntos.

El Auditorio Nacional pertenece a otra realidad: Y no hay nada malo en reconocerlo. El problema comienza cuando se pretende llevar allí una ópera integral en concierto sin asumir plenamente las consecuencias acústicas de esa decisión.

Si la sala no permite que las voces se proyecten naturalmente sobre una orquesta de las dimensiones requeridas por Puccini, hay que amplificar. Pero amplificar no es solucionar el problema acústico. Puede, incluso, ponerlo en evidencia. Porque una amplificación mal resuelta no produce claridad: produce volumen. Y el volumen no es definición.

El resultado puede ser una pérdida de nitidez, una mezcla de planos, voces que pierden su individualidad, una orquesta que invade el espacio vocal y, sobre todo, una reverberación que se vuelve difícil de controlar. Y ahí aparece el verdadero peligro.

La reverberación comienza a comerse la música. Las frases no terminan cuando deben terminar. Los ataques se superponen. Las consonantes desaparecen. Las voces pierden contorno. La orquesta deja de tener transparencia. Y el oído del espectador recibe no una arquitectura sonora sino una masa reverberante en la que todo parece suceder al mismo tiempo.

Para una obra como Manon Lescaut, eso no es un detalle técnico. Es un problema artístico. Puccini necesita intensidad, pero también necesita precisión. Necesita que la voz tenga filo. Que una frase tenga dirección. Que una palabra llegue. Que el espectador pueda seguir el drama. Porque una ópera no consiste simplemente en que los cantantes y la orquesta produzcan sonido. Consiste en que ese sonido produzca teatro. Y cuando la reverberación es excesiva, el teatro se empieza a perder.

Por eso resulta legítimo preguntarse: ¿Era el Auditorio Nacional la sala adecuada para una Manon Lescaut integral en concierto? Y si la respuesta era sí, entonces correspondía preguntarse antes: ¿Cómo se iba a resolver acústicamente? No después. No durante. No cuando el público ya está sentado. Antes. Con pruebas. Con especialistas. Con una planificación sonora acorde con las exigencias de una partitura que no perdona la falta de definición. Porque el Colón tiene algo que aquí no puede darse por descontado: una acústica que permite que un cantante sea cantante y no una fuente sonora amplificada. Y esa diferencia es enorme.

EL PROBLEMA NO ES HACER ÓPERA

Que nadie desvíe la discusión. Hay que hacer ópera en el Palacio Libertad. Hay que hacerla en Buenos Aires. Hay que hacerla en todo el país. Hay que llevar grandes títulos al público.

Pero una política cultural seria no consiste en llenar una sala con un título famoso. Consiste en preguntarse qué se quiere construir. Si el Palacio Libertad pretende ser una institución cultural nacional, debería tener una política lírica. Y una política lírica supone producir. Formar. Convocar. Dar oportunidades. Generar repertorio. Poner en diálogo a artistas argentinos con artistas internacionales. No simplemente importar el producto terminado. Porque una institución pública no debería limitarse a exhibir cultura. También debería producirla. Y eso incluye producir carreras.

Y LOS CANTANTES ARGENTINOS, ¿CUÁNDO?

Aquí es donde Manon Lescaut deja de ser solamente una ópera. Se convierte en un espejo. Y en ese espejo aparece una contradicción difícil de disimular:

Argentina tiene una de las tradiciones líricas más importantes de América Latina, tiene un teatro como el Colón, tiene una enorme cantidad de músicos y cantantes de primer nivel y, sin embargo, cuando una institución nacional programa Puccini, la pregunta vuelve a ser:

¿Dónde están los argentinos? No se trata de cerrar las puertas a los extranjeros. Se trata de abrirlas también —y de verdad— a los propios. Porque si un cantante argentino puede triunfar en Madrid, Milán, París, Viena o Nueva York, resulta francamente extraño que en Buenos Aires tenga que esperar una oportunidad mientras desde una institución nacional se mira hacia afuera.

La ópera es universal. Pero los recursos son nacionales. Y una institución nacional tiene derecho —y acaso obligación— de preguntarse cómo devuelve esa inversión a los artistas de su propio país.

El asunto, finalmente, no es contra los cantantes extranjeros. Es a favor de los argentinos. Y tampoco es contra el Auditorio Nacional. Es a favor de una programación que tenga en cuenta las características reales de cada sala.

Porque Puccini merece una buena orquesta. Los cantantes merecen poder cantar. Y el público merece poder escuchar.

Escuchar de verdad. No simplemente recibir sonido. Y una institución cultural nacional debería aspirar a algo más que eso. Debería tener una idea. Una política. Un criterio.

Porque si no sabemos para qué hacemos Manon Lescaut, con quién la hacemos y en qué condiciones acústicas la hacemos, entonces quizás la pregunta más incómoda de todas no sea quién canta Manon. Sea: ¿Quién decidió hacerla así?

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3 COMENTARIOS

  1. Trasladar «Manon Lescaut» al Palacio de la Libertad es ignorar el coliseo de la ópera: el Teatro Colón. Ese es el lugar para presentar ópera, ya sea escenificada o en concierto. No hay excusas. Y contratar a extranjeros si no hay en Argentina cantantes a la altura de sus papeles.

  2. Me extraña, araña. Tu silencio, ensordece.
    De verdad vivimos en un mundo autista? Muchos deciden fingir demencia por conveniencia. Si digo que la producción de Calderón es una porquería, prensa del Teatro me castiga y no me acreditan para ver Cuentos de Hoffman por lo menos o de repente hasta Walkiria. Esto es LIBRE, como la FIFA, no sé por cuántas fechas me suspenden. Yo soy un hombre libre porque compro mi entrada. Y por eso puedo decir lo que les voy a contar.
    Esta ópera se programó para ser dada en el Teatro Colón.
    Se convocó cantantes de primer nivel mundial para cantarla como hacen todos los primeros Teatros del mundo
    Se contrató una puesta de primer nivel mundial
    Firmada y cobrada por Hugo de Ana para hacerla
    Hasta ahí la tarea de Don Andrés Rodriguez. Impecable, como siempre. El LORD de la ópera latinoamericana

    Pero luego, ocurrieron cosas.
    Julio tuvo una idea, hacer el Aleph de Borges con su Ballet. Ahí hubo otra propuesta. Hubo que tomar una decisión política. Y se tomó. Los otros directores y la ministra de Cultura de CABA privilegiaron la propuesta de Julio, que siempre es caprichoso y si no cumplen sus deseos al pie de la letra, amenaza con partir. Como ya ha hecho en otros lados. Y mucha gente poderosa, al borde de las elecciones en CABA pide NO INNOVAR
    Como no había lugar físico para ambas y el Colón se decidió por la opción Bocca y no por la opción Rodriguez, se decidió mutilar la idea original y que fuese trasladada al CCK en versión concierto

    Fin de la historia

    • Estimado Horacio:

      La reasignación de sitios para las producciones del Teatro Colón hace dudar seriamente de la jerarquía y del criterio de sus directivos. Uno comprende la necesidad de abrir nuevas audiencias, pero, ojo: con determinadas decisiones se están «espantando» precisamente a las mismas audiencias que históricamente sostuvieron al Teatro.

      La ópera de tres centavos fue un verdadero sinsentido y, sobre todo, dejó mucho que desear. No por los cantantes ni por los músicos, sino por una propuesta musical que terminó resultando incomprensible. ¿Cómo puede ser que, al llegar al final, no aparezca su pieza más famosa, la «Moritat»? La reducción musical terminó pareciendo una broma al público.

      Luego llegó Manon Lescaut: bienvenidos a la amplificación y a los ignotos cantantes extranjeros, cuando en este país tenemos artistas de sobra como para armar un excelente formato de concierto con muchos de nuestros propios solistas.

      Y ahora, para completar el cuadro, poner un nuevo ballet cuando 2026 fue presentado como la temporada de Julio Bocca ya roza el despropósito.

      Pero, bueno, quizá falte que el público empiece a tener un poco más de qualité y diga, de una vez por todas: ¡basta!

      Que vayan a hacer estos experimentos a otro teatro.

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