martes, 8 de septiembre de 2026
16.9 C
Buenos Aires

La Muerte de un viajante: el clásico de Arthur Miller más vigente que nunca

LECTURA RECOMENDADA

(Bs, Aires, 5/IX/2026, Teatro El Tinglado). La Muerte de un viajante. Autor: Arthur Miller. Dirección: Daniel Marcove. Intérpretes: Alejandro Awada, Ingrid Pelicori, Gustavo Rey, Marcos Woinsky, Anahí Gadda, Junior Pisanu, Toto Salinas y Lucas Matey. Vestuario: Alejandro Mateo. Escenografía: Eduardo Spindola. Iluminación: Miguel Morales. Música: Sergio Vainikoff. Sala: El Tinglado (Mario Bravo 948) Funciones: Sábados, a las 20.30 y Domingos, a las 19.30. Nuestra opinión: excelente

Existen obras que envejecen. Y otras obras que, por desgracia, se ponen cada vez más jóvenes.

La muerte de un viajante, el clásico de Arthur Miller estrenado en 1949, pertenece a la segunda categoría. Lo que alguna vez fue el retrato feroz del derrumbe del sueño americano hoy puede leerse, con una incomodidad casi obscena, como el retrato de cualquier sociedad donde trabajar ya no garantiza estabilidad, donde el éxito se convirtió en obligación y donde llegar a cierta edad puede transformarse en una condena.

La puesta dirigida por Daniel Marcove entiende perfectamente ese peligro. No necesita convertir a Willy Loman en un argentino, ni llenar la escena de referencias locales. Le alcanza con hacer algo mucho más inteligente: respetar a Miller y dejar que Miller haga el resto.

Y Miller habla.

Habla de la precarización. De las expectativas incumplidas. De padres que proyectan sobre sus hijos lo que ellos no pudieron ser. De hombres educados para creer que valen aquello que producen. Y habla, sobre todo, de la tragedia de confundir la felicidad con el reconocimiento de los demás.

Por eso este Viajante duele.

EL CAMINO HACIA NINGUNA PARTE

La escenografía de Eduardo Spindola, despojada y construida con una lógica casi de bambalinas, funciona como una extensión del propio Willy: un hombre permanentemente en tránsito, pero sin llegar jamás a destino.

Ese camino aparece también en la precisa iluminación de Miguel Morales, que encuentra una de las claves visuales de la puesta: el pasado de Willy no desaparece, lo invade.

Los recuerdos, las ilusiones y las fantasías irrumpen sobre el presente como si fueran más reales que la realidad. La luz se convierte entonces en psicología.

El vestuario de Alejandro Mateo, cuidadosamente reconstruido, completa el universo de época. Y es importante que así sea. Porque justamente allí está uno de los grandes aciertos de Marcone: no modernizar artificialmente a Miller para demostrar que es moderno.

No hace falta.

AWADA: EL HOMBRE QUE YA NO PUEDE CREERSE SU PROPIA MENTIRA

Alejandro Awada ofrece una interpretación extraordinaria de Willy Loman.

No interpreta simplemente a un hombre fracasado. Interpreta algo mucho más complejo: a un hombre que necesita desesperadamente seguir creyendo que no ha fracasado.

Ahí está la tragedia.

Su Willy vive suspendido entre la realidad y una fantasía que necesita alimentar para sobrevivir. Cada gesto, cada pausa, cada quiebre de voz revela esa batalla interna. Awada consigue que el personaje sea al mismo tiempo patético, irritante, entrañable y profundamente doloroso.

Y cuando el espectador argentino lo observa, la distancia de siete décadas y miles de kilómetros desaparece.

Porque ese hombre que teme dejar de ser necesario, que teme quedar afuera, que mide su valor por su capacidad de producir, no parece pertenecer solamente a 1949. Parece estar sentado a nuestro lado.

LINDA, EL ÚLTIMO DIQUE

Frente a Awada, Ingrid Pellicori construye una Linda Loman de enorme profundidad.

No es la esposa resignada que simplemente acompaña al marido. Es, paradójicamente, quien mejor comprende la tragedia.

Linda sabe.

Sabe que Willy está quebrándose. Sabe que las ilusiones de su marido son frágiles. Sabe incluso que muchas de ellas son falsas. Pero también sabe que quitárselas puede significar quitarle lo único que todavía lo mantiene en pie.

Pellicori administra esa contradicción con una sensibilidad extraordinaria.

Su Linda no grita para demostrar amor. Sostiene.

Y cuando aparece la imagen de Willy como ese pequeño barco buscando un puerto, la escena adquiere una dimensión poética devastadora.

LOS HIJOS DEL FRACASO

Junior Pisanu, como Biff, encuentra el nervio más doloroso del conflicto familiar: el hijo que no puede perdonar a su padre porque antes tuvo que dejar de admirarlo.

Su Biff está quebrado, pero no vacío. Hay rabia, sí, aunque debajo de ella late algo mucho más profundo: la necesidad desesperada de que su padre deje de mentirle y, finalmente, le diga la verdad.

Toto Salinas, como Happy, completa el otro extremo de la misma tragedia. Si Biff se rebela contra el sueño heredado, Happy decide vivir dentro de él.

Su aparente seguridad, su cinismo y su ligereza son apenas otra forma de fragilidad.

Los dos hermanos representan, en definitiva, dos maneras de perderse.

UN ELENCO QUE NO BAJA LA TENSIÓN

El reparto secundario acompaña con notable solidez.

Gustavo Rey construye un Charley sereno y humano, el hombre que observa la tragedia de Willy desde el territorio incómodo de la realidad.

Marcos Woinsky, como Ben, adquiere una dimensión casi fantasmal. Es la encarnación de aquello que Willy cree que debería haber sido: éxito, aventura, dinero, conquista.

Anahí Gadda, como la amante, aporta en sus breves apariciones una fisura decisiva. Allí donde parecía existir el padre ideal aparece el hombre real.

Lucas Matey, como Bernard, logra algo particularmente eficaz: mostrar que aquel niño que Willy subestimaba terminó convirtiéndose precisamente en el adulto que el sistema premia.

Una ironía más de Miller. Y no será la última.

LA MÚSICA DE LA DERROTA

La música de Sergio Vainikoff merece un capítulo propio.

El eco sutil de Peer Gynt aparece casi como una memoria perdida, mientras que el cierre musical adquiere una fuerza emocional que evita el sentimentalismo fácil y conduce al espectador hacia el desenlace con una precisión casi quirúrgica.

Cuando la música termina, no parece acompañar la tragedia.

Parece haberla estado esperando.

MILLER NO NECESITA QUE LO ACTUALICEN

El gran mérito de Daniel Marcove está precisamente en aquello que decide no hacer.

No convierte la obra en una alegoría argentina explícita. No necesita carteles políticos, teléfonos celulares, referencias económicas contemporáneas ni guiños al presente.

Deja intacto el mundo de Miller. Y entonces ocurre algo mucho más poderoso: somos nosotros quienes terminamos entrando en él.

Ese es el verdadero triunfo de esta puesta. Porque  La Muerte de un viajante no habla solamente de un vendedor norteamericano que perdió su lugar en el mundo. Habla de una sociedad que fabrica expectativas, vende sueños y después abandona a quienes no consiguen cumplirlos.

Willy Loman no es únicamente una víctima del capitalismo. Es también una víctima de la idea de que ser querido, ser exitoso y ser necesario son exactamente la misma cosa.

Y quizá allí esté la razón por la que esta obra de 1949 resulta tan perturbadoramente contemporánea.

Willy viaja. Viaja buscando clientes, reconocimiento, dinero, respeto, amor. Hasta que finalmente comprendemos que el único lugar al que nunca pudo llegar fue a sí mismo.

Un Miller de altísima jerarquía. Un elenco extraordinario. Y una tragedia que, setenta y siete años después, ya no parece americana. Parece nuestra.

 

Mas articulos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ULTIMAS NOVEDADES

(Bs, Aires, 5/IX/2026, Teatro El Tinglado). La Muerte de un viajante. Autor: Arthur Miller. Dirección: Daniel Marcove. Intérpretes: Alejandro Awada, Ingrid Pelicori, Gustavo Rey, Marcos Woinsky, Anahí Gadda, Junior Pisanu, Toto Salinas y Lucas Matey. Vestuario: Alejandro Mateo. Escenografía: Eduardo Spindola. Iluminación: Miguel Morales. Música: Sergio Vainikoff. Sala: El Tinglado (Mario Bravo 948)...La Muerte de un viajante: el clásico de Arthur Miller más vigente que nunca