Esta semana tuve una revelación: no fue mística. No fue filosófica. Ni siquiera fue política. Fue peor.Fue cultural. Comenzó cuando asistí al estreno mundial de Dementia.
Ya sé. Algunos lectores estarán pensando que un crítico debe acercarse a toda obra con espíritu abierto. Y tienen razón. Yo fui con espíritu abierto.
Tan abierto que al finalizar la función se me había escapado.
Dementia es una obra extraordinaria. Extraordinaria en el sentido más estricto del término.
Porque no ocurre todos los días que uno salga de un teatro preguntándose si lo que acaba de presenciar fue una ópera, una sesión espiritista o una auditoría de la salud mental contemporánea.
Lo admirable es la honestidad del título. Nada de metáforas. Nada de sutilezas. Nada de simbolismos.
Dementia. Directo. Como llamar a un restaurante «Indigestión». O a una aerolínea «Demoras y Cancelaciones». Uno sabe perfectamente a qué va. Y después sucede exactamente eso. Hay que reconocerlo. No todos los artistas tienen semejante coherencia.
Al finalizar, observé al público. Nadie entendía nada. Pero todos parecían felices. O al menos parecían convencidos de que debían parecer felices para huir…Es una diferencia importante.
Porque en ciertos ambientes culturales comprender algo empieza a ser una falta de educación.
Hoy el verdadero prestigio consiste en salir confundido. Si además tiene dolor de cabeza, estamos ante una obra maestra. Si necesita terapia, probablemente sea una genialidad revolucionaria. Y si piensa que no le gustó, el problema evidentemente es suyo.
Nunca de la obra. Jamás de la obra.
Porque en el arte contemporáneo el único error permitido es el espectador.
Pero entonces ocurrió algo curioso.
Murió el Indio Solari. Y miles de personas comenzaron a movilizarse. Sin subsidios. Sin mesas redondas. Sin congresos internacionales. Sin seminarios sobre la resignificación de la resignificación. Sin funcionarios explicando por qué era importante.
Simplemente aparecieron. Miles. Decenas de miles. Como aparecen las golondrinas. Como aparecen los impuestos. Como aparecen los mosquitos cuando uno sale al jardín. Fenómenos naturales.
Y ahí me pregunté algo: ¿No será que el verdadero misterio cultural argentino no es por qué existe el fenómeno ricotero? ¿No será que el misterio es por qué algunos todavía no entienden que existe?
Porque llevamos décadas escuchando que el pueblo está equivocado. Que consume mal. Que escucha mal. Que elige mal. Que comprende mal. Y sin embargo el pueblo sigue ahí. Persistente. Terco. Obstinado. Cantando canciones que los expertos llevan treinta años intentando explicar sin éxito.
Lo extraordinario del Indio no es que convoque gente.Lo extraordinario es que convoque fe. Que no es lo mismo.La gente no viaja cientos de kilómetros por una canción. Viaja porque quiere pertenecer a algo.
Y eso, queridos amigos, es mucho más poderoso que cualquier presupuesto cultural.
Aunque bastante más difícil de licitar. Pero la semana todavía tenía una sorpresa más.
Fui a ver Invasiones Inglesas I. Y allí encontré otra maravilla nacional.
Una obra histórica donde aparece Elena Roger.
Porque si no apareciera La Roger estaríamos hablando exclusivamente de una clase de historia explicada por un manual escolar o bien para una Billeken de “altri tempi” que escuchó demasiado a Charly García.
Atención. No critico a Charly. Criticar a Charly en Argentina es más peligroso que criticar al dólar. Critico la idea de que poner canciones maravillosas sobre una historia simplificada transforma automáticamente la simplificación en profundidad.
No funciona así. Si así fuera, bastaría poner Mozart en un ascensor para convertirlo en la Filarmónica de Viena.
Y luego está Felipe Pigna. ¿Asesor histórico??? Hermosa profesión. Siempre me fascinó. Porque nadie sabe exactamente qué hace un asesor histórico.
Uno imagina escenas posibles: —Felipe, ¿hubo invasiones inglesas? —Sí. —Perfecto. Contratado.
No digo que haya sido así. Digo que nadie puede demostrar que no haya sido así. La obra avanza. Las canciones suenan. Elena Roger brilla. Y el espectador aprende historia con la profundidad emocional de una enciclopedia infantil ilustrada.
Todo muy agradable. Todo muy prolijo. Todo muy correcto. Y completamente incapaz de generar una discusión histórica seria. Lo cual, pensándolo bien, también es bastante argentino.
Porque en este país hemos logrado una hazaña extraordinaria. Convertimos la complejidad en simplificación. Y la simplificación en prestigio. Lo hacemos todo el tiempo. Con la política. Con el fútbol. Con la economía. Con la cultura. Y después nos sorprendemos cuando las explicaciones no alcanzan.
Al final de la semana comprendí algo: Dementia, El Indio e Invasiones Inglesas I. No son temas distintos. Son el mismo tema. Son tres maneras diferentes de hablar sobre la relación entre la cultura y la verdad.
La verdad artística. La verdad popular. Y la verdad institucional.
La primera a veces se vuelve incomprensible. La segunda suele ser despreciada. Y la tercera generalmente viene acompañada por un presupuesto.
Mientras tanto, la Argentina sigue funcionando con la lógica de un sueño febril.
Una ópera que parece una crisis nerviosa. Un muerto que convoca más gente que muchos vivos. Y una invasión inglesa explicada con canciones de Charly García.
Si eso no define al país, no sé qué podría hacerlo.
Aunque, pensándolo bien, quizá sí lo sé.
Porque después de todo, el espectáculo más surrealista de la semana no ocurrió en ningún teatro. Ni en ninguna misa ricotera. Ni en ningún escenario musical.
Ocurrió cuando algunos intentaron convencerme de que Dementia era la obra más importante del año. Ahí sí me preocupé. Porque una cosa es asistir a la locura. Y otra muy distinta es verla multiplicarse.
Hasta el próximo domingo. Si es que para entonces la realidad no ha decidido superarse nuevamente.
