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Papanatas S.A.: fabricantes oficiales de sermones

LECTURA RECOMENDADA

Hay campeonatos que duran un mes. Y hay otros que nunca terminan. Uno de ellos acaba de comenzar otra vez: el Mundial de la Superioridad Moral. No entrega una copa, sino algo mucho más codiciado en estos tiempos: un puñado de titulares, millones de reproducciones y la fugaz satisfacción de sentirse moralmente por encima del resto.

Las reglas son simples. Cada vez que la Argentina aparece en el centro de una polémica —aunque sea por un partido de fútbol— surge una procesión de celebridades, panelistas e influencers dispuestos a explicarnos quiénes somos, cómo pensamos y por qué, según ellos, deberíamos avergonzarnos de nuestra propia identidad.

Esta vez les tocó salir a la cancha a Javier Bardem, Rosalía, Samuel L. Jackson y una larga fila de comentaristas de ocasión.

A todos ellos, con el mayor de los respetos, les decimos: gracias por preocuparse tanto por nosotros. Es conmovedor descubrir que la Argentina les quite tanto el sueño.

Porque hay guerras, hambrunas, crisis migratorias, terrorismo, autoritarismos, polarización política, conflictos raciales y desigualdades que afectan a millones de personas… pero, al parecer, la gran emergencia moral del siglo es escuchar a un puñado de paparulos devenidos en «celebrities de catálogo» pontificando sobre un país entero como si hubieran descubierto la verdad universal entre un photocall y una alfombra roja.

Es fascinante: para las dictaduras, el hambre o los genocidios suelen quedarse sin voz; pero cuando hay una cámara encendida y la posibilidad de juntar un par de aplausos en redes, aparecen convertidos en geopolíticos exprés, historiadores de TikTok y expertos internacionales en repartir certificados de virtud.

Porque un Oscar no convierte a nadie en historiador. Un Grammy no reemplaza una investigación académica. Y una estrella en Hollywood tampoco otorga un doctorado en sociología latinoamericana.

El espejo que algunos prefieren evitar

Samuel L. Jackson decidió hablar de racismo en la Argentina. Perfecto. Hablemos entonces de racismo. Pero hablemos en serio. ¿Acaso Estados Unidos ya resolvió definitivamente las heridas que dejaron la esclavitud, la segregación racial, el asesinato de Martin Luther King Jr., las luchas por los derechos civiles o los episodios contemporáneos que siguen sacudiendo a su sociedad?

La respuesta es evidente. Y reconocerlo no constituye un ataque contra Estados Unidos. Es simplemente un ejercicio de memoria.

Del mismo modo, Javier Bardem y Rosalía parecen mirar hacia el Atlántico con notable facilidad. Quizás también valdría la pena volver la vista, de vez en cuando, hacia la propia historia española. Porque Franco no fue un personaje de ficción. Existió. Hubo una guerra civil. Hubo una dictadura. Hubo persecuciones, censura y heridas que todavía hoy forman parte del debate público español.

Todos los pueblos tienen capítulos oscuros. Absolutamente todos. La diferencia es que algunos parecen haber desarrollado una curiosa habilidad para estudiar únicamente los de los demás.

La Argentina real no entra en un eslogan

Nuestro país tiene problemas. Serios. Como cualquier  democracia. Discriminación. Violencia. Pobreza. Polarización. Nadie pretende negarlos.

Pero tampoco aceptamos que se reduzca a cuarenta y siete millones de personas a un estereotipo construido desde una entrevista televisiva o un algoritmo de redes sociales. La Argentina abolió tempranamente la esclavitud mediante la libertad de vientres. Su Constitución abrió las puertas «a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino». Es una nación construida por pueblos originarios y sucesivas corrientes inmigratorias provenientes de Europa, Medio Oriente, Asia y América Latina.

Es un país que apostó por la educación pública, la universidad gratuita y la salud pública mucho antes de que esas discusiones ocuparan la agenda internacional.Es también una sociedad que produjo cinco Premios Nobel y una de las tradiciones científicas, culturales y artísticas más importantes de América Latina.

¿Eso nos vuelve perfectos? Por supuesto que no. Simplemente vuelve un poco más difícil aceptar caricaturas.

Un pueblo no es su presidente

Existe una peligrosa costumbre contemporánea. Reducir una nación a quien circunstancialmente ocupa la presidencia. Sería tan absurdo como afirmar que Estados Unidos es Donald Trump. O Joe Biden. O que España fue, es y será Francisco Franco.

Los gobiernos pasan. Los pueblos permanecen. Las democracias justamente existen porque ninguna sociedad puede resumirse en una sola persona.

La rentable industria de la indignación

También conviene señalar otro fenómeno. Cuando algunas declaraciones generan rechazo, aparecen inmediatamente las aclaraciones.

Los «me interpretaron mal». Los «amo a la Argentina». Los «quise decir otra cosa». Resulta extraordinario comprobar la velocidad con la que ciertos discursos descubren los matices cuando el mercado comienza a dar señales de enfriamiento. La boletería posee una virtud pedagógica que ninguna universidad ha logrado igualar.

Una reflexión final

Los argentinos discutimos entre nosotros todos los días. Con intensidad. Con pasión. A veces con demasiada pasión. No necesitamos que nadie venga a señalarnos nuestros errores. Los conocemos bastante bien. Lo que sí reclamamos es algo elemental: la misma vara para todos.

Porque la historia demuestra que ningún país puede reclamar un certificado de pureza moral. Ni Estados Unidos. Ni España. Ni Francia. Ni Italia. Ni la Argentina. Todos arrastramos luces y sombras. Todos tenemos episodios que preferiríamos olvidar.

Todos guardamos, en mayor o menor medida, algún esqueleto en el placard. Por eso sorprende esa nueva costumbre global de repartir lecciones desde un pedestal construido sobre la memoria selectiva.

Quizás sea momento de recordar una vieja enseñanza periodística: antes de convertir al vecino en noticia, conviene revisar los propios archivos.

La crítica siempre es saludable. La hipocresía, en cambio, nunca dejó de ser una pésima consejera. Y si después de todo esto todavía quedan ganas de seguir jugando este extraño Mundial de la Superioridad Moral, permítannos una licencia bien argentina, inmortalizada por Aníbal Pachano: «A llorar al campito.»

Porque los pueblos no se definen por un cántico, por un partido de fútbol ni por un presidente de turno. Se definen por su historia. Y la historia, afortunadamente, siempre es mucho más compleja que un hashtag.

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