domingo, 23 de agosto de 2026
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Crónica de la decadencia chic: entre Moria, el Colón y la ópera del proletariado

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Buenos Aires tiene una virtud que ninguna ciudad debería perder: puede pasar de Moria Casán a Verdi, de un canapé de salón a un choripán de vereda y de la alta cultura al camp más desaforado sin cambiar siquiera de semáforo. Todo, además, con una naturalidad que ya quisiera cualquier director de escena.

Mientras media ciudad discute si el último capítulo de la docuserie de Moria constituye una genialidad de vanguardia, un tratado de sociología nacional o simplemente otra demostración de que la lengua de la Casán debería ser declarada patrimonio inmaterial de la humanidad, la otra mitad se refugia en la solemnidad del Teatro Colón para debatir, copa de champagne mediante, si el tenor llegó con lo justo al agudo o si la puesta de Otello era demasiado tradicional.

El Dr. Merengue, que observa semejante panorama con la distancia científica de quien no piensa pagar la cuenta, sospecha que ambas cosas forman parte del mismo espectáculo.

Porque la verdadera ironía no está ni en el foso del Colón ni en la pantalla chica. Está en esa maravillosa contradicción de la Buenos Aires Glam: terciopelo, luces LED, discursos sobre el mérito, el libre mercado y la libertad individual… y, en medio de todo eso, el regreso de Bertolt Brecht y Kurt Weill con La ópera de tres centavos.

Sí, señoras y señores: la obra fundacional sobre la explotación, la miseria, la corrupción, la delincuencia organizada y la respetable industria de convertir la pobreza ajena en negocio.

Qué inoportuna puede ser la cultura cuando se empeña en mirarnos a los ojos.

El casting del subte. Mackie Cuchillo ya no necesita navaja.

En Buenos Aires basta con una mirada firme en la línea D, una distracción en el andén y cierta habilidad quirúrgica para que la billetera y el celular cambien de propietario sin necesidad de una aria.

Brecht estaría orgulloso. O preocupado. Probablemente ambas cosas. El sindicato de la limosna

Peachum, aquel empresario de la miseria que organizaba mendigos para convertir la compasión pública en rentabilidad privada, tampoco tendría demasiados problemas para conseguir empleo en el siglo XXI.

Solo habría que cambiar la oficina destartalada por un coworking de Puerto Madero, agregar tres consultores, una planilla de Excel, una plataforma de pagos digitales y un PowerPoint titulado “Monetización de la vulnerabilidad: oportunidades de mercado”.

Y listo.

Capitalismo con sensibilidad social. La estética del contraste. El verdadero ejercicio brechtiano ocurre después de la función.

Uno sale del teatro después de escuchar a los pobres cantar a Kurt Weill, atraviesa unas pocas cuadras y se sienta a comer sushi de autor.

Eso, queridos lectores, no es contradicción: es Buenos Aires.

Una ciudad capaz de representar la miseria con excelente iluminación, discutir la desigualdad con copa de champagne en mano y salir del teatro indignada porque el estacionamiento aumentó.

El Dr. Merengue no pretende arruinarle la fiesta a nadie. Faltaría más. Solo propone una pequeña experiencia brechtiana: mirar el espejo antes de sacarse la selfie.

Porque Brecht no escribió La ópera de tres centavos para que saliéramos del teatro sintiéndonos culturalmente superiores. La escribió para incomodarnos. Y vaya si lo consigue.

Pedimos disculpas, entonces, a la ortodoxia libertaria por desempolvar a un marxista un domingo a la tarde. Pero la realidad porteña se empeña en ponerlo de moda sin siquiera pedir autorización.

Entre la lengua karateca de Moria, los celos venecianos de Otello, los mendigos profesionales de Brecht y el reparto cotidiano de la miseria chic, Buenos Aires vuelve a demostrar que no necesita inventar argumentos.

La ciudad ya es un teatro. Tenemos divas, tenores, ladrones, empresarios de la pobreza, críticos de platea, revolucionarios de living y espectadores convencidos de pertenecer a la alta sociedad.

Solo falta el final. Aunque, pensándolo bien, ya lo conocemos: todos contamos los tres centavos para el colectivo de vuelta.

—Dr. Merengue

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