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Smetana en el Real, La Novia Vendida : ¿Homenaje Nacional o Varieté de Vanguardia?

LECTURA RECOMENDADA

Madrid, 23/04/2026, streaming directo Teatro Real de Madrid. Ópera cómica en tres actos. Música de Bedřich Smetana (1824 – 1884). Música Bedřich SmetanaLibreto de Karel Sabina. Elenco: Manel Esteve (Krušina), María Rey-Joly (Ludmila), Natalia Tanasii (Mařenka), Toni Marsol(Mícha), Monica Bacelli (Háta), Moisés Marín (Vašek), Sean Panikkar (Jeník), Martin Winkler (Kecal). Comediante principal Jaroslav Březina Esmeralda Rocío Pérez Indio Ihor Voievodin Orquesta Orquesta del Teatro Real. Dirección de escena y vestuario Laurent Pelly. Dirección musical Gustavo Gimeno. Escenografía Caroline Ginet. Maqueta escénica Laurent Lesage. Iluminador Urs Schönebaum. Dirección del coro José Luis Basso. Nueva producción del Teatro Real, en coproducción con la Opéra national de Lyon, la Oper Köln y el Théâtre Royal de La Monnaie de Bruselas.          Nuestra calificación: buena

Tras 102 años de ausencia en el coliseo madrileño, La novia vendida de Bedřich Smetana regresó finalmente al Teatro Real para saldar lo que muchos consideraban una deuda histórica con el repertorio eslavo. Sin embargo, la propuesta de Laurent Pelly y Gustavo Gimeno dejó en el aire una pregunta inquietante: ¿se puede celebrar un “himno nacional” checo despojándolo de su alma melancólica para convertirlo en un ejercicio de minimalismo y comedia televisiva?

Un escenario al borde del vacío

La producción, una colaboración internacional liderada por Pelly, apuesta por una limpieza visual extrema. El primer acto nos presenta un escenario casi desierto donde el verdadero protagonista es el coro. Es justo reconocer que el manejo de las masas corales fue lo más excelso de la noche, moviéndose con una precisión casi coreográfica y manteniendo un nivel vocal digno de alabanza.

Pero aquí aparece la primera fisura: este enfoque aséptico, de una estilización casi quirúrgica, enfría peligrosamente una obra que respira tierra, tradición y comunidad. La lectura de Pelly —de filiación circense y trazo caricaturesco— resulta inteligente en lo conceptual, pero termina desplazando el folklore hacia una abstracción que, si bien elegante, desnaturaliza el pulso popular de la partitura.

Elenco: Entre la solvencia y el desconcierto

El cuarteto protagonista ofreció luces y sombras que fracturaron la atmósfera bohemia:

Mařenka (Natalia Tanasii):
Aunque vocalmente cumplió —con un instrumento de cuerpo amplio y agudos seguros— su interpretación escénica resultó, por momentos, desconcertante. Sus andares y gestualidad evocaron más a una vedette de revista que a la joven campesina concebida por Smetana. Convertir un drama rural en un sketch de enredo es una decisión arriesgada que, en varios pasajes, rozó lo excesivo. Eso sí: con el correr de la función ganó firmeza, como si encontrara tardíamente el centro del personaje.

Jeník (Sean Panikkar):
De emisión sólida y fraseo cuidado, su instrumento —de lírico con proyección spinto— resultó casi desproporcionado para el dispositivo escénico minimalista. Su canto convenció, pero sin terminar de enamorar: correcto, eficaz… y algo distante.

Kecal (Martin Winkler ):
Aquí el teatro cobró otra dimensión. Su presencia escénica, imponente y medida, logró incluso disimular un desgaste tímbrico evidente. Su actuación fue tan inteligente que uno casi podría pensar que ese deterioro vocal era parte del diseño dramático del personaje. Un verdadero dominador de la escena.

Vašek (Moisés Marín):
El motor energético de la velada. Supo encontrar el equilibrio justo entre comicidad y rigor musical, evitando la caricatura fácil y aportando el timing teatral que muchas veces faltó en el resto del elenco.

 

Dirección musical: Velocidad sin poso

Desde el foso, Gustavo Gimeno imprimió a la orquesta un brío y viveza innegables. La obertura brilló con pulso firme y claridad, y los conjuntos tuvieron cohesión y empuje.

Pero la sensación general fue la de una lectura “deportiva”: enérgica, precisa… y algo superficial. Faltó elasticidad rítmica, ese aire danzante que sostiene la esencia popular de la obra, y sobre todo ese “poso amargo” que transforma la polca en algo más que mera celebración. La novia vendida no es solo ritmo: es también melancolía contenida, y esa dimensión quedó apenas insinuada.

Parte II — El Dr. Merengue toma la palabra

A ver… todo muy fino, muy europeo, muy “conceptual”… pero ¿dónde quedó el alma?

Esto por momentos parecía menos Bohemia y más un híbrido entre circo chic y sitcom elegante. Muy lindo de ver… pero poco de sentir.

La batuta iba como Fórmula 1: impecable, sí… pero sin detenerse jamás a mirar el paisaje. Y esta música necesita barro, necesita olor a pueblo, no solo precisión de laboratorio.

Tanasii empezó fría —fría como contrato sin amor— y después levantó… pero ya nos había hecho dudar. Panikkar, correcto… demasiado correcto. De esos que cumplen y se van sin dejar huella.

Ahora, Winkler… ¡eso es otra cosa! Ahí hay teatro de verdad. Y Atxalandabaso entendió el juego mejor que nadie: hizo reír sin volverse payaso.

Y lo de Pelly… bueno, Pelly siempre gana. Si no te gusta, dicen que es porque no lo entendiste. Pero cuidado: a veces entender no alcanza para emocionarse.

Veredicto

El Teatro Real ha cumplido con el expediente de recuperar este clásico de Bedřich Smetana. La producción es inteligente, visualmente atractiva y teatralmente funcional.

Pero entre la frialdad del minimalismo y una comicidad que no siempre dialoga con el espíritu original de la obra, la “novia” que se nos ofreció en esta transmisión parece haber perdido parte de su esencia emocional en el trayecto entre Praga y Madrid.

Una función que se admira… más de lo que se ama.

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