Por el Dr. Merengue, ocasional sobreviviente de la actualidad
Y así llegamos al final de otra semana gloriosa para la civilización occidental, oriental, austral y barrial. Una semana donde nadie entendió demasiado qué ocurrió, pero todos tuvieron una opinión terminante al respecto. Porque vivimos tiempos extraordinarios. La evidencia ya no es necesaria. La información es decorativa. La prudencia es sospechosa. Y la duda se considera una debilidad moral.
Basta abrir una red social para encontrar tres fiscales, cinco criminólogos, dos geopolíticos, cuatro economistas, siete entrenadores de fútbol y un enviado especial al Apocalipsis. Todo antes del desayuno.
Y en medio de esta feria de certezas apareció una tragedia que involucró a una niña de catorce años. Entonces ocurrió el milagro argentino.
Miles de personas lograron reconstruir los hechos, determinar responsabilidades, elaborar perfiles psicológicos, establecer móviles y redactar sentencias definitivas…
Sin disponer de los hechos. Una hazaña intelectual comparable a escribir la biografía de Napoleón observando únicamente el sombrero. Lo verdaderamente conmovedor fue la velocidad. Ni Sherlock Holmes. Ni Poirot. Ni el FBI. Ni la CIA. Ni la KGB en sus mejores años.
Nada comparable al ciudadano con Wi-Fi y tiempo libre.
Mientras tanto, el sufrimiento real quedó escondido detrás del espectáculo. Porque el dolor ajeno se ha convertido en una disciplina recreativa.
Y algunos periodistas, que deberían buscar respuestas, terminan fabricando coartadas. Otros producen teorías. Otros producen rating. Y algunos producen humo industrial en cantidades incompatibles con la salud pública.
Pero dejemos el drama. Volvamos al circo. Que para tragedias ya tenemos la realidad.
La semana también nos regaló profetas. Los hay económicos. Los hay deportivos. Los hay políticos. Los hay espirituales. Todos anuncian el futuro con absoluta precisión. La única dificultad es que jamás aciertan. Pero eso nunca ha sido un obstáculo para una buena carrera profesional.
Los presidentes siguen hablando como si hubieran descendido de una montaña sagrada con tablas grabadas por la divinidad. Los opositores responden como si estuvieran redactando el capítulo final del Apocalipsis. Los ministros explican lo inexplicable. Los voceros aclaran lo incomprensible. Y los ciudadanos intentan averiguar cuánto cuesta el kilo de milanesas.
Dos países conviviendo en el mismo territorio: Uno vive en los discursos y el otro en el supermercado.
Mientras tanto, algunos funcionarios descubren una novedosa teoría económica según la cual jubilados, discapacitados y sectores vulnerables son una variable estadística molesta que interfiere con la belleza de ciertas planillas.
Nada nuevo bajo el sol. La historia argentina recicla personajes con la misma eficacia con que recicla crisis. Cambian los nombres. Cambian las siglas. Cambian las consignas. Pero la indiferencia conserva una salud admirable.
Y sin embargo, lo más fascinante de todo sigue siendo el ciudadano moderno.
Ese ser extraordinario. Capaz de discutir durante tres horas sobre la geopolítica del Mar de China. Pero incapaz de saludar al vecino del quinto piso. Capaz de explicar Oriente y Occidente. Pero incapaz de encontrar la salida del estacionamiento del shopping. Capaz de diagnosticar la decadencia de la civilización. Pero incapaz de terminar un libro de doscientas páginas.
Vivimos en el reinado del snobismo intelectual. Ya no importa saber. Importa parecer informado. Ya no importa comprender. Importa comentar. Ya no importa leer. Importa citar. Preferentemente mal.
Y así seguimos caminando. Discutiendo. Gritando. Escandalizándonos. Olvidando. Todo a una velocidad tan vertiginosa que la noticia del lunes ya parece un documento arqueológico. Por eso, queridos argentos peripatéticos, antes de terminar este domingo propongo una ceremonia nacional.
Apaguen el teléfono durante cinco minutos. No más. Tampoco exageremos. Miren por la ventana. Escuchen un poco de silencio. Intenten recordar cuál fue la última idea propia que tuvieron.
Y si no aparece ninguna, no se alarmen. Es un síntoma bastante extendido.
Luego respiren profundamente.
Omssssssss… Omssssssss… Omssssssss…
Y cuando la confusión vuelva —porque volverá— recibámosla como corresponde. Con afecto. Con resignación. Con una sonrisa.
Porque después de todo, la única figura pública que jamás nos mintió fue nuestra querida señora Dementia.
Ella nunca prometió soluciones. Nunca anunció milagros. Nunca presentó un plan quinquenal. Nunca fundó un partido. Simplemente llegó. Se instaló. Miró alrededor.
Y comprendió que aquí tenía trabajo para varias generaciones.
«Si al finalizar la lectura usted comprendió perfectamente la realidad argentina, consulte urgentemente a un especialista. Los síntomas de lucidez extrema pueden resultar incompatibles con la observación cotidiana del país. Mientras tanto, omssss… y ¡Viva Dementia!»
