(Montevideo, Aud. Sodre, 30/V/2026). Centro Cultural de Música – Temporada 2026 : Orchestre des Champs-Élysées, bajo la dirección de Philippe Herreweghe. Programa: Sinfonía n.º 8 “Inconclusa” de Schubert y la Séptima Sinfonía de Beethoven. Nuestra califiación: excelente
Hay conciertos que buscan impresionar y otros que buscan revelar. La presentación de la Orchestre des Champs-Élysées, bajo la dirección de Philippe Herreweghe, con la Sinfonía n.º 8 “Inconclusa” de Schubert y la Séptima Sinfonía de Beethoven perteneció decididamente a la segunda categoría. No hubo aquí voluntad de exhibición ni efectos grandilocuentes. Lo que se ofreció fue una lectura profundamente musical, sustentada en el respeto por el estilo y, sobre todo, en una comprensión íntima del lenguaje de ambos compositores.
A sus más de siete décadas de trayectoria artística, Herreweghe continúa demostrando por qué es una de las figuras fundamentales de la interpretación históricamente informada. Lejos de los gestos teatrales y del protagonismo excesivo que hoy caracteriza a algunos colegas, el maestro belga dirige desde la claridad conceptual. Su batuta parece decir poco y mucho al mismo tiempo: un movimiento preciso, una indicación sutil, una respiración compartida con los músicos. Nada sobra. Nada busca llamar la atención sobre el director cuando toda la atención debe estar puesta en la música.
La célebre Inconclusa apareció desde sus primeros compases envuelta en una atmósfera de inquietante belleza. Las cuerdas, de sonoridad transparente, permitieron que las maderas desplegaran toda la riqueza expresiva de una partitura que parece debatirse permanentemente entre la esperanza y la resignación. Schubert emergió aquí no como el romántico exaltado que algunos imaginan, sino como el poeta de la melancolía contenida, capaz de conmover sin necesidad de subrayados emocionales.
La orquesta encontró el equilibrio exacto entre lirismo y tensión dramática. Cada frase respiró con naturalidad, cada silencio tuvo sentido y cada transición pareció surgir de manera inevitable. Mucho de ello respondió a la concepción de Herreweghe, quien construyó la obra como un gran arco narrativo, evitando cualquier tentación de sentimentalismo excesivo. La sensación era la de estar escuchando una confidencia musical, un relato íntimo que mantiene intacto su poder de fascinación casi doscientos años después de haber sido escrito.
Pero si Schubert invitó a la contemplación, Beethoven llegó para encender el fuego.
La Séptima Sinfonía encontró en la Orchestre des Champs-Élysées una intérprete ideal. La célebre definición de Wagner, que la describió como “la apoteosis de la danza”, cobró aquí plena vigencia. Desde la introducción hasta el desenfrenado final, el motor rítmico de la obra impulsó cada movimiento con una energía contagiosa, pero siempre bajo un absoluto control musical.
El Allegretto, tantas veces transformado en una marcha excesivamente solemne, recuperó su nobleza original. Lejos del sentimentalismo fácil, la interpretación permitió descubrir la arquitectura interna de la obra y la extraordinaria riqueza de sus texturas. Los instrumentos de época aportaron colores tímbricos de gran atractivo: los bronces brillaron con firmeza sin estridencias, mientras que los timbales sostuvieron una tensión permanente que otorgó impulso y carácter a toda la construcción sinfónica.
Fue precisamente en Beethoven donde Herreweghe desplegó una de sus mayores virtudes: la capacidad de generar tensión sin recurrir al efectismo. El pulso nunca decayó, pero tampoco se convirtió en una carrera frenética. Cada aceleración pareció orgánica, cada clímax cuidadosamente preparado. El director comprendió que la grandeza de esta sinfonía no reside en la potencia sonora sino en su inagotable energía interna.
El Scherzo desplegó una vitalidad irresistible, con una precisión colectiva admirable, mientras que el Finale constituyó el punto culminante de la velada. Allí la orquesta alcanzó un grado de electrizante intensidad que raramente se escucha en las salas de concierto actuales. Sin embargo, nunca se perdió la claridad. Cada línea instrumental conservó su identidad dentro de una masa sonora perfectamente equilibrada.
Y es precisamente allí donde reside la mayor virtud de esta agrupación y de su director. En tiempos donde algunas interpretaciones parecen obsesionadas por la velocidad, el volumen o la búsqueda de efectos inmediatos, Herreweghe y la Orchestre des Champs-Élysées recordaron una verdad elemental: la emoción auténtica nace de la música misma.
Porque hoy abundan las versiones donde Beethoven parece competir con la banda sonora de una superproducción cinematográfica y donde Schubert es presentado como un paciente permanente del diván romántico. Aquí ocurrió exactamente lo contrario. Se escuchó a Schubert sin excesos lacrimógenos y a Beethoven sin musculaturas artificiales.
La música respiró.
Y cuando eso sucede, el resultado es revelador. La Inconclusa recupera toda su dimensión humana y la Séptima vuelve a convertirse en esa celebración irresistible del movimiento y la vida que Beethoven imaginó.
La Orchestre des Champs-Élysées y Philippe Herreweghe ofrecieron así una lección de estilo, sensibilidad e inteligencia musical. Una demostración de que el rigor histórico no está reñido con la emoción y de que las grandes partituras no necesitan artificios para conmover.
Basta con interpretarlas con convicción, honestidad y talento.
Y precisamente eso fue lo que ocurrió durante una noche memorable. Una noche en la que Schubert susurró al oído del público y Beethoven lo hizo levantarse, al menos espiritualmente, para bailar. Una noche que confirmó que Herreweghe sigue siendo uno de esos raros directores capaces de desaparecer detrás de la partitura para que, al final, sólo permanezca lo esencial: la música.

