Malquerida, de: Jacinto Benavente. Dirección y adaptación: Natalia Menéndez. Adaptación: Juan Carlos Rubio. Reparto:Raimunda: Aitana Sánchez-Gijón . Esteban: Juan Carlos Vellido, Acacia: Lucía Juárez, Juliana: Goizalde Núñez , Eusebio: José Luis Alcobendas, El Rubio: Dani Pérez Prada, Norberto: Alex Mola, Faustino: Antonio Hernández Fimia. Escenografía: Alfonso Barajas. Vestuario: Rafael Garrigós. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Música y espacio sonoro: Mariano Marín. Cante: Marcos León. Violoncello: Clara Rivière. Dirección de producción: Ana Guarnizo. Producción ejecutiva: Mónica Regueiro. Ayudante de dirección: Majo Moreno. Ayudante de escenografía: Andrea Merchán. Producción: ProduccionesOff. Sala:Teatro Español. Nuestra calificación: muy bueno.
Hay clásicos que sobreviven por prestigio y otros porque todavía conservan el filo. Malquerida, de Jacinto Benavente, pertenece a esta segunda categoría. La versión presentada en el Teatro Español, dirigida por Natalia Menéndez y adaptada junto a Juan Carlos Rubio, comprende con inteligencia que para devolver vigencia a Benavente no bastaba con reponerlo: había que tensarlo. El resultado es una lectura que transforma el drama rural en un thriller psicológico, donde la intriga nace tanto del crimen latente como del deseo reprimido.
La adaptación recorta el costumbrismo original, acelera los tiempos y concentra el conflicto en una atmósfera cargada de sospecha. Desde el comienzo flota una pregunta inquietante: ¿qué sucede realmente en esa casa donde todos callan demasiado? La obra avanza entonces como una investigación emocional. Cada escena ofrece indicios, cada silencio parece una confesión postergada, cada mirada contiene una verdad que nadie se atreve a pronunciar.
En el centro de la propuesta se impone Aitana Sánchez-Gijón como Raimunda, en una interpretación madura y profundamente humana. Hay además un detalle de notable resonancia teatral: décadas atrás interpretó a Acacia, la hija; hoy vuelve como la madre. Ese tránsito biográfico suma espesor simbólico y escénico. Sánchez-Gijón domina la escena con admirable precisión: nunca sobreactúa, nunca subraya, y sin embargo todo pasa por ella.

El elenco secundario sostiene con firmeza la arquitectura dramática. Alejandro Mitre compone un Esteban oscuro y perturbador, de amenaza contenida y presencia magnética. Su trabajo evita el estereotipo del villano evidente y apuesta por una violencia más peligrosa: la que se esconde tras la normalidad. María Luisa San José aporta autoridad y espesor en sus intervenciones, mientras Lucía Juárez encarna a Acacia con intensidad juvenil y nervio trágico. Goizalde Núñez destaca especialmente como figura observadora y conciencia lateral del conflicto, con una composición de gran fineza.
La puesta visual acompaña con acierto esta relectura: espacios sobrios, iluminación expresiva y una utilización del vacío escénico que multiplica la sensación de encierro. No se ve solo una casa rural: se percibe una trampa afectiva donde todos están atrapados.
Veredicto final
Esta Malquerida del Teatro Español consigue algo infrecuente: honrar la raíz clásica del texto y al mismo tiempo volverlo contemporáneo sin artificios banales. Suspenso, pulsión trágica y actuaciones sólidas alrededor de una notable Aitana Sánchez-Gijón.

