miércoles, 26 de agosto de 2026
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Martha Foz: la Matrioshka de una mente asesina en El Camarín de Las Musas

LECTURA RECOMENDADA

Martha Foz. Dramaturgia: Guillermo Pintos. Direccion:Rita Terranova. Protagonista: Heidi Fauth. Maquillaje: Analia Arcas. Diseño de peinado: Jorge Barragán. Diseño Sonoro: Guillermo Pintos. Dirección de arte: Vanesa Abramovich. Asistencia de dirección: Karina Iazurio. Asistencia:Mechi Lando. Funciones: sábados 20,30 Hs. Sala: El Camarín de Las Musas (Mario Bravo 960). Nuestra calificación: muy buena

¿Dónde termina la víctima y dónde comienza la asesina? ¿Y en qué momento el espectador deja de observar para convertirse, involuntariamente, en cómplice? Esa parece ser una de las preguntas que Guillermo Pintos instala en Martha Foz, un monólogo que no se conforma con contar la historia de una homicida: pretende meternos dentro de su cabeza, abrir sus compartimentos y obligarnos a mirar qué hay detrás de cada uno.

La dramaturgia funciona como una matrioshka psicológica. Un hecho es apenas la primera muñeca rusa. Cuando parece que finalmente hemos encontrado la explicación, se abre otra y aparece una nueva historia, otro personaje, otra versión de los acontecimientos. Y así, capa sobre capa, Pintos construye un relato que avanza menos por la lógica tradicional de la narración que por la lógica fragmentada de una mente que intenta reconstruirse, justificarse o quizá simplemente sobrevivir.

Porque Marta Foz no propone un crimen para que el público lo resuelva. Propone una mente para que el público se pierda. Y allí aparece lo inquietante.

LA LOCURA NO ENTRA POR LA PUERTA: YA ESTABA SENTADA EN LA SALA

La dirección de Rita Terranova comprende que una historia semejante no necesita subrayados psicologistas ni un catálogo de gestos de desequilibrio. La locura puede ser mucho más perturbadora cuando aparece disfrazada de normalidad.

Terranova trabaja con luces, objetos, espacio y color como si fueran extensiones de la mente de Marta. Hay una lectura que no se pronuncia, pero que está allí, acechando: donde aparece el color puede estar la sangre; donde emerge determinada tonalidad aparece también lo tanático; donde el objeto parece cotidiano comienza a insinuarse lo siniestro.

Nada necesita explicarse completamente. Y ese es uno de los mayores aciertos de la puesta. La directora deja zonas de sombra —literal y metafóricamente— para que sea el espectador quien complete aquello que la escena apenas sugiere. Terranova parece jugar permanentemente con una pregunta: ¿estamos viendo la realidad de una asesina o la representación que ella construyó de su propia realidad?

La respuesta no llega servida. Por suerte.

UNA ACTRIZ, MUCHAS MUJERES

Y entonces aparece Heidi Fauth. Una sola actriz. Una protagonista. O, mejor dicho, una protagonista que contiene a muchas.

El desafío del monólogo es enorme: sostener durante toda la obra un universo que podría desmoronarse si la interpretación cae en el exceso. Fauth elige exactamente el camino contrario. Pausa, observa, escucha y deja que la inquietud se filtre lentamente.

Su arma principal no es el grito. Es la mirada. Hay en Fauth una serenidad que incomoda porque nunca termina de ser inocente. Su porte, su presencia física y una cierta elegancia contenida construyen inmediatamente una personalidad a la que el espectador se acerca casi sin advertir que está entrando en terreno peligroso.

Y allí está la verdadera trampa de la interpretación: Fauth no intenta convencernos de que estamos frente a una asesina; consigue que por momentos olvidemos que lo es.

La actriz transita personajes, recuerdos, situaciones y estados mentales sin convertir cada transformación en un número de exhibición actoral. Todo parece surgir de la misma fuente: esa Marta que reconstruye, recuerda, inventa, confiesa o quizá manipula.

EL JUICIO SOMOS NOSOTROS

La estructura termina incorporando incluso el juicio, pero para entonces el espectador ya ha sido sometido a otro proceso mucho más incómodo.

El nuestro. Porque la cuarta pared prácticamente desaparece. No hace falta que Fauth se siente literalmente en nuestra falda para que sintamos que estamos allí dentro. Somos testigos, jueces, confidentes y, por momentos, casi cómplices.

El dispositivo teatral funciona precisamente porque no permite mirar desde una distancia cómoda.Estamos demasiado cerca de esa cabeza. Demasiado cerca de sus recuerdos. Demasiado cerca de sus muertos.

Y quizás demasiado cerca de nosotros mismos. Pintos construye una dramaturgia que utiliza el crimen como puerta de entrada hacia algo bastante más perturbador: la fragilidad de la percepción, la construcción de la memoria y la capacidad humana para fabricar una explicación que nos permita convivir con aquello que hemos hecho.

Terranova convierte esa materia en un territorio visual donde el color, la luz y los objetos adquieren una dimensión psicológica. Y Fauth hace el resto: abre la puerta, nos mira y consigue que entremos.

Después, las muñecas rusas empiezan a abrirse. Una historia contiene otra. Un personaje contiene otro. Una verdad contiene una mentira. Y cuando creemos haber llegado al fondo, descubrimos que el fondo tampoco era el fondo.

Marta Foz no es solamente la historia de una asesina. Es una invitación bastante más peligrosa: entrar en su cabeza y descubrir cuánto tiempo podemos permanecer allí antes de empezar a sentir que algo de ella también vive en nosotros.

 

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