sábado, 5 de septiembre de 2026
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La casa del Minotauro: un «thriller inquietante» en las entrañas del Teatro Argentino de La Plata

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La ópera prima de Federico Raúl Bongiorno convierte al Teatro Argentino de La Plata en el verdadero protagonista de un inquietante relato sobre el tiempo, la vocación, la memoria y el encierro. Paula Almerares, Omar Sánchez y Ana María Haramboure habitan una ficción donde las fronteras entre realidad y representación se vuelven deliberadamente imprecisas.

 

¿Quién es el Minotauro? La pregunta acompaña buena parte de La casa del Minotauro, ópera prima de Federico Raúl Bongiorno, y quizás la mayor virtud de la película sea que nunca se apresura a responderla. ¿Es Pablo, el personaje interpretado por Omar Sánchez? ¿Es el propio Teatro Argentino de La Plata? ¿Es la memoria, la vocación, una herencia familiar o esa imposibilidad de abandonar aquello que alguna vez elegimos como destino?

La película propone todas esas posibilidades y las deja suspendidas.

Bongiorno trabaja sobre un material particularmente singular: catorce años de registro dentro del Teatro Argentino, institución en la que trabaja desde 2000. El proceso comenzó en 2008 y atravesó distintos momentos, personas y producciones. De allí surge una película difícil de encasillar: no es documental en sentido estricto, aunque utiliza abundante material de archivo; tampoco responde a los mecanismos de una ficción tradicional.

Es, más bien, una ficción construida con las huellas de la realidad. Y esas huellas tienen un protagonista indiscutible: el Teatro Argentino.

Un edificio convertido en personaje

Pocas veces el cine ha mostrado los interiores del Teatro Argentino de La Plata con semejante protagonismo. El antiguo edificio conserva, entre otras memorias cinematográficas, la presencia de Mecha Ortiz en Pajaros de Cristal (1955, Miguel Arancibia). Y dentro del universo artístico ligado a la ciudad aparece también Donde mueren las palabras, con la gran bailarina María Ruanova.

Pero hay una diferencia sustancial en la película de Bongiorno: aquí el centro es una soprano y el propio Teatro Argentino deja de ser escenario para convertirse en personaje.

Pasillos, talleres, ascensores, camarines y escenarios son filmados como si pertenecieran a un organismo vivo. El edificio parece respirar, observar y conservar las historias de quienes lo transitan.

La arquitectura adquiere una dimensión dramática. Los corredores se convierten en laberintos; las puertas parecen conducir hacia otros tiempos; los espacios vacíos adquieren una extraña cualidad espectral. El Teatro Argentino no ilustra la historia. La genera.

Paula Almerares, entre Ariadna y Asterión

En ese espacio aparece Paula Almerares, cantante lírica platense de trayectoria internacional y profundamente vinculada al Teatro Argentino. Su elección resulta particularmente significativa: también ella es hija de trabajadores de la institución, como el propio director.

Almerares a pleno ensayo de la Antonia de la ópera de Offenbach «Los cuentos de Hoffman» aporta algo más profundo que la resolución de una trama. Su rostro y su recorrido por el Teatro funcionan como un hilo de Ariadna. Camina entre el presente y el pasado, entre la mujer adulta y la niña que alguna vez habitó esos espacios. Busca algo que parece pertenecer tanto a la memoria como a la ficción.

La película consigue así una de sus imágenes más sugestivas: una mujer que atraviesa un teatro intentando encontrar la salida de un laberinto que, en realidad, forma parte de su propia identidad. Almerares no necesita explicar esa relación. La transmite con su presencia.

 

Omar Sánchez y el Minotauro posible

Si Paula representa la búsqueda, Omar Sánchez introduce la inquietud. Su Pablo es uno de los elementos más ambiguos de la película. No es un monstruo evidente ni una figura que pueda clasificarse fácilmente como amenaza. Es, precisamente, esa indefinición la que vuelve inquietante su presencia.

Sánchez construye un personaje contenido, obsesivo, de silencios y miradas que parecen esconder información. ¿Es el Minotauro? La película se niega a contestar. Y allí está la eficacia de la interpretación.

El monstruo no necesita cuernos. Puede tener rostro humano. Puede ser un trabajador del teatro. Puede estar atrapado en el mismo laberinto que los demás.

Porque los personajes de La casa del Minotauro no llegan desde afuera. Son habitantes de ese espacio. Son trabajadores del Teatro Argentino, interpretados por Omar Sánchez y Ana María Haramboure, y esa condición modifica profundamente la relación con el edificio. No están dentro de un escenario. Pertenecen a él.

Ana María Haramboure aporta otra dimensión de ese universo cotidiano, familiar y laboral que Bongiorno observa desde adentro. Junto a Sánchez conforma el otro camino que atraviesa Paula. Los tres construyen una suerte de mapa humano del Teatro: Paula busca, Ana María recuerda y Omar inquieta. Y detrás de ellos permanece el verdadero protagonista: el edificio.

Un thriller sobre la asfixia

Hay algo particularmente atractivo en la película: puede leerse como un relato fantástico, una ficción autobiográfica, una reflexión sobre la memoria o incluso como un thriller psicológico. El suspenso no depende de la acción. Está en los espacios. En una puerta. En un pasillo vacío. En una voz que parece provenir de otro tiempo. En una presencia que observamos sin terminar de comprender. Bongiorno construye así una sensación progresiva de encierro.

Pero no se trata únicamente de un encierro físico. Es la asfixia ante el devenir: la conciencia de que los cuerpos envejecen, los niños se convierten en adultos, los artistas cambian, las voces desaparecen y las instituciones permanecen. Después de catorce años de filmación, el tiempo está literalmente incorporado a las imágenes.

Las diferentes texturas y calidades de registro revelan los años transcurridos. El pasado convive con el presente; los recuerdos aparecen superpuestos a la realidad; los personajes parecen encontrarse con otras versiones de sí mismos. El archivo, entonces, deja de ser una prueba. Se convierte en memoria cinematográfica.

El laberinto de Borges

La referencia a Borges resulta inevitable. En La casa de Asterión, el escritor argentino transformó al Minotauro en algo más complejo que un monstruo mitológico: le concedió conciencia, soledad y una particular percepción de su encierro.

Bongiorno retoma esa tradición y la traslada al mundo teatral. Aquí el Minotauro puede ser cualquiera. Puede ser Pablo. Puede ser el Teatro. Puede ser una familia que transmite sus mandatos de generación en generación. Puede ser la necesidad de reconocimiento. Puede ser la propia vocación artística. Puede ser aquello que nos da identidad y, al mismo tiempo, nos impide escapar.

Por eso el título termina adquiriendo una dimensión más profunda que la simple referencia mitológica. La casa es el Teatro. Pero también puede ser la memoria.

Una película deliberadamente imperfecta

La estructura fragmentaria, la convivencia de distintos registros y la superposición temporal pueden generar cierta distancia. Algunas relaciones quedan en el terreno de la sugerencia y determinados pasajes privilegian la construcción conceptual por encima del desarrollo dramático. Pero esos límites son también consecuencia de una decisión artística coherente: hacer que la película tenga la forma del laberinto que representa. No busca conducir al espectador de manera cómoda hacia una conclusión. Lo obliga a recorrer. A perderse. A reconstruir. A sospechar. Y quizá, sobre todo, a preguntarse quién es realmente el prisionero.

El Teatro que se queda con nosotros

Hay películas que terminan cuando aparecen los títulos finales. La casa del Minotauro deja algo más persistente: la sensación de que aquellos pasillos continúan existiendo después de que abandonamos la sala. Y eso no es poca cosa.

Bongiorno consigue filmar un espacio que muchos platenses creen conocer y mostrarlo como si fuera la primera vez. El Teatro Argentino aparece aquí como arquitectura, memoria, refugio, prisión y criatura.

 

Paula Almerares le presta su rostro a esa Ariadna que busca entre el pasado y el presente. Ana María Haramboure aporta otra de las voces de quienes habitan ese universo. Y Omar Sánchez deja abierta la posibilidad más inquietante: que el Minotauro tenga rostro humano y que acaso haya estado allí todo el tiempo.

La casa del Minotauro es una película singular, personal y necesaria, porque se atreve a convertir en cine un lugar que forma parte de la identidad cultural de La Plata y, al mismo tiempo, a preguntarse qué sucede con quienes pasan buena parte de su vida encerrados dentro de él.

Tal vez Teseo haya conseguido salir del laberinto. Tal vez Ariadna haya encontrado finalmente su hilo. Pero Bongiorno deja una última duda flotando: ¿y si el verdadero monstruo no fuera el Minotauro, sino el tiempo? Entonces uno sale del cine y mira hacia atrás…Y por un instante comprende que quizá el laberinto no terminó en la pantalla

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