(Bs. As., 9/VI/26 – Teatro Gran Rex). Charlie y la fábrica de chocolate. Autores: David Greig (libro, basado eln el cuento de Roald Dahl), Marc Shaiman (música) y Scott Wittman y Marc Shaiman (letras). Dirección: Ariel Del Mastro y Marcelo Caballero. Dirección musical: Fede Vilas. Elenco: Agustín “Rada” Aristarán, Sebastián Almada, Mery Del Cerro, Denise Cotton, Dolores Ocampo, Marcelo Albamonte y Sebastián Holz; y Juan Martín Flores, Mateo Argibay, Camilo Aizenberg y Dante Barbera (como Charlie Bucket, alternadamente). Escenografía: José Ponce Aragón. Videos: Maxi Vecco. Coreografías: Analía González. Iluminación: Anteo Del Mastro y Sebastián Viola. Vestuario: Romina Lanzillotta y Catalina Rodríguez Loredo. Funciones: miércoles, jueves y viernes a las 20, sábados a las 17.30 y 20.30 y domingos a las 15 y 18. Nuestra calificación: buena.
La adaptación musical del célebre —y por momentos macabro— cuento de Roald Dahl desembarca en la cartelera con una producción de aspiraciones internacionales, una propuesta que visualmente podría definirse como un «quasi Broadway» por la magnitud de sus recursos, su despliegue técnico y la ambición de su puesta en escena. Encabezada por Agustín «Rada» Aristarán, elegantemente ataviado con sombrero de copa en el papel del excéntrico empresario chocolatero Willy Wonka, y por un grupo de jóvenes intérpretes que se alternan en el rol de Charlie Bucket, la obra propone el viaje de un niño pobre pero noble hacia el universo fantástico de la fábrica más famosa de la literatura infantil.
Sin embargo, una vez concluida la función, surge una pregunta inevitable: ¿logra realmente esta versión hacer ingresar al espectador en el mundo imaginado por Dahl? Y más aún: ¿para quién está pensada esta propuesta?
Puede que existan espectadores mayores de diez años que disfruten enormemente de Charlie y la Fábrica de Chocolate. Quien escribe no necesariamente integra ese grupo. El efecto general resulta simultáneamente obvio e insípido. Particularmente para quienes conocieron Matilda, la brillante adaptación teatral de otra obra de Dahl, las comparaciones son inevitables. Allí había una dramaturgia sólida, canciones memorables y una inteligencia escénica que potenciaba el material original. Aquí, en cambio, el espectáculo parece confiar excesivamente en el impacto visual.
La decisión de presentar la obra sin intervalo tampoco termina de favorecer el resultado. La primera parte construye lentamente el universo de Charlie y su familia, mientras que la segunda se transforma en una sucesión constante de estímulos visuales, coreográficos y técnicos. Lo que debería convertirse en un crescendo dramático termina derivando, por momentos, en una cierta saturación. Los niveles narrativos y energéticos entre lo que sería un primer y un segundo acto son tan diferentes que el equilibrio general se resiente.
Uno de los puntos más débiles del espectáculo reside en la música. La partitura de los hermanos Sherman nunca alcanza la potencia evocadora que uno espera de un musical de estas características. Las canciones acompañan la acción, pero difícilmente se instalen en la memoria del espectador. No aparece ese leitmotiv reconocible que articule emocionalmente la experiencia ni aquella melodía que uno abandona tarareando al salir de la sala. Más aún, para quienes conservan el recuerdo de las versiones cinematográficas, la diferencia resulta notoria: esta música parece considerablemente menos inspirada y menos eficaz dramáticamente.
La ausencia de una orquesta en vivo profundiza esa sensación. Se pierde el diálogo orgánico entre escenario y podio, ese pulso único que convierte cada representación teatral en un acontecimiento irrepetible. La música grabada cumple su función, pero el musical pierde parte de su respiración, de su riesgo y de su fuerza emocional. En una producción de semejante escala, esa carencia se hace particularmente evidente.
Tampoco ayudaron algunos problemas de balance sonoro observados durante la función. Especialmente en varias escenas compartidas entre Wonka y Charlie, las voces tendieron a superponerse y acoplarse, dificultando la comprensión de diálogos y remates humorísticos. Más de una vez el espectador debió esforzarse para entender aquello que debería haber fluido naturalmente.
Ahora bien, sería injusto concentrarse únicamente en los aspectos discutibles. Desde el punto de vista visual, la producción exhibe un trabajo de enorme profesionalismo. José Ponce Aragón firma una escenografía imaginativa que encuentra un notable hallazgo en su dinámica circular, permitiendo transformar los espacios con fluidez y espectacularidad. A ello contribuyen decisivamente los ajustados diseños lumínicos de Anteo del Mastro y Sebastián Viola, junto al atractivo vestuario de Romina Lanzillotta y Catalina Rodríguez Loredo, que construyen un universo colorido, luminoso y atemporal.
Porque si algo no se le puede reprochar a esta puesta es la falta de imaginación visual. Luz, color, movimiento y efectos especiales se combinan para producir un impacto constante sobre el espectador.
También merece destacarse el trabajo realizado sobre la adaptación. Tomando como base la segunda versión revisada de Broadway, los adaptadores Marcelo Caballero y Juan Pablo Schapira, junto con los directores Ariel Del Mastro y el propio Caballero, realizaron una labor de síntesis y depuración dramatúrgica que permitió concentrar la atención en los ejes centrales del relato. Más allá de algunas observaciones sobre el ritmo general y la estructura sin intervalo, resulta evidente el esfuerzo por pulir un libreto que en sus versiones anteriores había recibido numerosas revisiones. El resultado rescata los elementos esenciales de la historia de Roald Dahl y permite que la travesía de Charlie conserve su corazón emocional, evitando que la espectacularidad visual termine devorando completamente la narración.

En el centro de todo aparece Agustín «Rada» Aristarán, auténtico sostén del espectáculo. Su Willy Wonka posee carisma, humor, misterio y una energía escénica capaz de sostener la atención incluso cuando la dramaturgia pierde impulso. Construye un personaje magnético que encuentra el delicado equilibrio entre la extravagancia y la humanidad.
Juan Martín Flores, en el rol de Charlie, cumple con sensibilidad, frescura y una buenas prestación vocal. Su interpretación transmite la timidez, la nobleza y la ilusión que exige el personaje, convirtiéndose en un sólido contrapunto para Wonka.
Entre las actuaciones destacadas sobresale particularmente Dolores Ocampo, quien se consagra como la gran revelación de la noche en el rol de la Sra. Teavee, la madre de Mike. La intérprete aporta una presencia escénica arrolladora, respaldada por una voz brillante, de notable extensión y excelente proyección, capaz de imponerse con naturalidad dentro de una producción de enorme escala. Su trabajo combina precisión actoral, humor y una sólida construcción vocal, convirtiendo a su personaje en uno de los más recordados de la función. En una compañía tan numerosa, Ocampo consigue destacarse con luz propia y aportar una energía escénica que revitaliza cada una de sus apariciones.
De hecho, junto con Rada y el joven intérprete de Charlie, Dolores Ocampo protagoniza algunos de los momentos de mayor conexión con el público. Los tres logran romper la cuarta pared en distintas ocasiones y establecer una complicidad inmediata con la sala, generando esos instantes de cercanía humana que el espectáculo necesita para equilibrar la magnitud de su maquinaria teatral.

Los demás niños también cumplen eficazmente con las exigencias de la historia: Augustus termina absorbido por el río de chocolate, Violet se convierte en un gigantesco arándano, Mike desaparece dentro del universo televisivo y Veruca encuentra el destino que la trama le reserva.
Por su parte, el elenco adulto confirma una vez más la extraordinaria tradición del teatro musical argentino. Sebastián Almada se adueña del escenario como el abuelo de Charlie, obteniendo algunos de los aplausos más cálidos de la noche. Mery del Cerro aporta sensibilidad y solvencia vocal como la madre del protagonista, mientras Denise Cotton, Marcelo Albamonte y Sebastián Holz aprovechan con inteligencia sus respectivos momentos de lucimiento.
La dirección coreográfica de Analía González mantiene un nivel de precisión y energía que constituye uno de los principales logros de la producción, aportando dinamismo y espectacularidad a los números musicales.
Y sin embargo, al finalizar la función, la pregunta inicial permanece abierta. Más allá de su impresionante envoltorio visual y de ese mágico final heredado de la producción londinense —que continúa provocando genuino asombro—, cuesta determinar con claridad cuál es el verdadero destinatario de esta versión.
Quizás la respuesta deban darla los niños. Sería interesante escucharlos al abandonar la sala. Porque para muchos adultos, detrás de tanta maquinaria espectacular, la historia termina resultando curiosamente confusa. ¿Es una obra para niños de seis años? ¿De diez? ¿De doce? La adaptación nunca termina de definirlo con claridad. Y cuando una obra basada en un clásico infantil deja más preguntas sobre su público objetivo que sobre su contenido, algo en el mecanismo dramático parece no haber encajado del todo.
Y allí reside la principal paradoja de esta fábrica de chocolate: deslumbra la vista, impresiona por sus recursos y exhibe un nivel técnico admirable, pero no siempre consigue que la emoción acompañe al espectáculo. Como ciertos dulces demasiado elaborados, su presentación resulta irresistible; su sabor, en cambio, deja espacio para la discusión.
