Buenos Aires ha vivido una semana agotadora. Una ciudad en donde ya no alcanza con inaugurar una baldosa, cortar una cinta o prometer un subte que llegará para el Bicentenario de la Era del Hielo. No. Ahora el verdadero símbolo del poder es la pileta de natación.
Y allí apareció el siempre pulcro y almidonado de Manuel Adorni, emulo por el voto de pobreza de San Francisco de Aisi no???, de quien los mentideros aseguran habría mandado a construir una pileta en su residencia de Cuato Cua —con “u”, porque el refinamiento también se escribe con errores de pronunciación aristocrática—. Una piscina discreta, dicen algunos. Aunque en Buenos Aires “discreto” significa apenas tres niveles de cascadas, mosaicos importados de Villa Devoto y una Venus de yeso iluminada con LED azul Francia.
Pero esto no hizo más que despertar la competencia social de la temporada.
Porque inmediatamente Cocota Vermicheli de Garronier —la gran sacerdotisa del canapé tibio y el vermouth sin gas— habría ordenado ampliar su Châteaux de Luzuriaga Golf. Y allí sí, queridos lectores, no se hablará de pileta… sino de *cascade*. Así, en francés mal pronunciado y con erre de alvearismo tardío.
Y como suele ocurrir en esta república ornamental, el tema dejó rápidamente de ser político para convertirse en socialmente acuático.
Porque esta semana Buenos Aires no discutió economía. Discutió bordes atérmicos.
No debatió gestión. Debatió profundidad máxima y sistema de filtrado.
Y entonces comenzaron las preguntas nacionales:
¿de dónde salió la casa?
¿de dónde salió la pileta?
¿y quién pagó la cascade?
Mientras media ciudad revisaba fotos satelitales, planos municipales y cotizaciones de venecitas importadas, Adorni intentaba explicar el asunto con la seriedad de un contador hablando sobre cloro granulado.
Pero el problema nunca fue la pileta.
El verdadero drama fue que quiso aparentar pertenecer al grupete aristocrático-hidráulico de Cocota Vermicheli de Garronier.
Y allí se volvió todo peligrosísimo.
Porque Cocota no tolera improvisados del nouveau riche acuático.
La gran sacerdotisa del canapé tibio observó la situación desde su Châteaux de Luzuriaga Golf mientras ordenaba ampliar su nueva *cascade impériale*, decorada con querubines color marfil dudoso, columnas de yeso húmedo y azulejos “estilo Côte d’Azur” adquiridos en una liquidación de Pinamar Norte.
“Una pileta sin cascade es apenas un tanque australiano con ambiciones”, habría sentenciado Cocota durante una soirée celebrada en el selectísimo foyer de su antro vernáculo —con perdón del término, oportunamente avalado por la Real Academia Española.
Allí estaba naturalmente Pirincho Aperól, presidente honorario vitalicio del círculo artístico-recreativo “Valdefonso de las Artes y Liedes”, recibiendo invitados con un grisín multicereal en una mano y un Cynar rebajado en la otra.
Ya se han sumado el Marqués de Bellville del Ojo Corto —hombre que aún utiliza polainas para ir al supermercado—, Don Sancho de la Carmelier Azabache y Doña Ermenegilda del Lacio Estirpe, convencida todavía de haber sido dama honoraria de una corte europea inexistente.
También arribaron Joaqo de Semper del Oreganot junto a Poroto Chuquisaca y Hobbes, cultores absolutos del foyer clubeño y fervientes devotos de las «cascades» ornamentales diseñadas por el célebre Charcoutiere de la Carnaza, maestro indiscutido del barroco grasiento y del dorado aerosolizado.
La tensión alcanzó niveles dramáticos cuando alguien preguntó:
—“¿La pileta de Adorni tiene cascade?”
Silencio absoluto.
Hasta Pirincho dejó caer el grisín sobre una alfombra persa traída de Lanús Oeste.
Porque una cosa es tener pileta.
Otra muy distinta es ingresar al circuito del agua ornamental aspiracional porteña.
Mientras tanto, el ciudadano común continúa viajando colgado del Roca soñando simplemente con agua caliente en la ducha y una estufa que no explote.
Pero Buenos Aires resiste.
Una ciudad donde el drama político ya no pasa por ideologías sino por revestimientos venecianos, cascadas con iluminación LED color champagne y aristocracias de cotillón organizadas alrededor de un foyer con olor a salamín estacionado.
Y así seguimos.
Entre operetas sociales, piletas explicativas y cascades que amenazan con llevarse puesto el antro clubeño.
