Hay algo profundamente maravilloso en ver cómo ciertos sectores del universo lírico porteño descubren internet como si hubiese sido inaugurada anteayer por decreto del Virreinato del Río de la Plata.
Porque ahora resulta que el escándalo del momento no es una puesta moderna, ni una soprano desafinando Verdi como si estuviera llamando al verdulero desde el balcón. No. El gran drama shakesperiano es que el Teatro Colón utiliza influencers y creadores digitales para acercarse a nuevas generaciones.
Y allí aparecen ellas.
Las eternas guardianas del canapé de salmón tibio.
, envuelta en un tapado con olor a naftalina emocional, preguntándose horrorizada:
—“¿Pero cómo van a dejar entrar influencers al Colón?”
Mientras , sosteniendo un abanico que sobrevivió a tres gobiernos militares y cuatro abonados de platea, sentencia:
—“Esto antes no pasaba…”
Claro, Meneca.
Antes tampoco existía la electricidad en muchas salas, ni el streaming, ni las campañas digitales, ni la necesidad urgente de formar nuevos públicos porque, detalle menor, el tiempo avanza.
La discusión posee algo deliciosamente absurdo: se critica que jóvenes comuniquen cultura… en una época donde justamente la cultura necesita desesperadamente hablarle a jóvenes. Porque el verdadero problema para ciertas damas del foyer no es TikTok.
El problema es que ya no manejan el relato… y lo saben.
Siguen jugando a las “autoridades morales” de un Alvear imaginario, con códigos guardados en naftalina y aires de marquesado cultural. Se sienten las grandes damas del geriátrico vernáculo, reclamando pleitesía porque alguna vez tuvieron un “ambitotrespopulaire” en una red social que hoy junta menos gente que una conferencia sobre telégrafos.
Mientras tanto, desfilan pseudo-opinólogos de poca monta, organizando aquelarres de “altri tempi”, donde el fósil ya no es patrimonio arqueológico sino línea editorial. Y así, entre marcaciones rancias y egos en formol, confunden influencia con eco de un salón vacío.
Durante décadas, el “difusor cultural” parecía una mezcla entre bibliotecario enojado y notario del Santo Oficio. Había que pedir permiso hasta para entusiasmarse. El arte debía explicarse con solemnidad funeraria, como si disfrutar estuviera penado por el Código Civil.
Entonces aparece un creador digital, muestra un ensayo, habla de una ópera con entusiasmo genuino, filma un vestuario, entrevista a un cantante, logra que miles de chicos sepan quién fue Giacomo Puccini o quieran entrar por primera vez al Colón… y el oligarcado del programa de mano entra en combustión espontánea.
Porque claro:
si un joven llega al teatro gracias a Instagram, para ciertas viudas del abono anual eso “no cuenta”.
Debe llegar por transmisión espiritual de ultratumba.
—Pero doctor… ¿qué será lo próximo?
¿Un reel explicando Wagner?
Sí, Cocota. Y probablemente tenga más alcance que tus 47 minutos explicando por qué “ya no hay voces como las de antes” mientras confundís un tenor con el mozo del intervalo.
Lo fascinante es ver cómo algunas figuras que jamás lograron acercar un solo adolescente al universo lírico ahora descubren súbitamente una preocupación pedagógica conmovedora.
De golpe son todos especialistas en juventudes. Todos sociólogos digitales. Todos consultores de algoritmo.
incluso declaró: —“El Colón no necesita influencers.”
Claro.
Y los transatlánticos no necesitaban salvavidas.
El mundo cambió.
La comunicación cambió.
La forma de consumir arte cambió.
Lo que no cambió es ese pequeño grupo que sigue creyendo que modernizar significa ponerle luces LED a una producción de 1978 y servir sushi en el estreno.
Mientras tanto, miles de jóvenes descubren ballet, ópera y conciertos gracias a redes sociales que funcionan como puerta de entrada emocional a un universo que durante años muchos se empeñaron en volver inaccesible.
Porque el verdadero enemigo de ciertas aristocracias culturales no es el influencer. Es la democratización.
Y eso, querida Cocota, duele más que un Do de pecho mal emitido.
