Buenos Aires ya no tiene teatros oficiales. Tiene laboratorios psiquiátricos con boletería simbólica.
Porque una cosa es apoyar la cultura… y otra muy distinta es financiar durante dos horas a un barítono deprimido mirando un zapallo mientras un trombón suena como alarma de Peugeot 504 robado en Lanús.
Pero ahí vamos todos, rumbo al gran estreno mundial de Dementia en el Teatro Colón, con musica de Strasnoy. ESTRENO MUNDIAL. Tiembla la Wiener Staatsoper, Alla Scala…
Ni París se animó a tanto. Ni Berlín. Ni una comuna okupa de Ámsterdam después de consumir cosas vencidas. La obra —propone “un viaje sensorial por las cuatro etapas de la existencia humana”.
Traducido al idioma de la calle: una soprano y un barítono se arrastran alrededor de un zapallo cabutia mientras una luz titila como freezer de carnicería y un señor golpea un caño de gas para representar “el vacío”.
Y ojo con preguntar: —“Che… ¿esto qué significa?” Porque automáticamente aparecen tres personas con anteojos redondos, tote bag y olor a sahumerio importado diciendo: —“No hay que entenderlo… hay que atravesarlo.”
ATRAVESADO QUEDA EL CONTRIBUYENTE CUANDO LLEGA ARCA, QUERIDO.
Pero atención porque el Teatro San Martín no se queda atrás y presenta Invasiones Inglesas I contadas a través de la música de Charly García.
Sí. Sobremonte, los casacas rojas y “Cerca de la revolución”. YA DIRECTAMENTE ESTAMOS A UN PASO DE EXPLICAR LA CAMPAÑA DEL DESIERTO CON CANCIONES DE MIRANDA!.
Uno escucha estas programaciones y empieza a sospechar que las reuniones curatoriales arrancan con café… y terminan con ayahuasca.
Igual siempre surge algún intelectual del foyer diciendo: —“La obra interpela.”
INTERPELA. En Buenos Aires ya no existe una obra mala. Todo “interpela”. Un actor desnudo adentro de una bolsa de residuos recitando la guía T también “interpela”.
Y en medio de este carnaval subsidiado aparece apenas Cocota Vermicelli de Garronier, flotando entre canapé vegano y espumante tibio, diciendo “maravilloso” antes de que se levante el telón.
COCOTA PODRÍA EMOCIONARSE VIENDO SECAR ENDUIDO, SIEMPRE QUE HAYA UNA SUBVENCIÓN ESTATAL ATRÁS.
Pero la verdadera heroína del sistema cultural argentino es Doña Chola. ELLA SÍ MERECE EL MARTÍN FIERRO DE PLATINO.
Porque mientras espera el 129 bajo la lluvia calculando si compra queso cremoso o paga el gas, está financiando sin saberlo a un director escénico europeo que decidió representar “la angustia contemporánea” con una berenjena colgando del peine del escenario.
DOÑA CHOLA JAMÁS ENTRÓ AL COLÓN. PERO LO SOSTIENE MÁS QUE LAS COLUMNAS.
Y ahí está el milagro nacional: el ciudadano puede no entender nada, no asistir nunca y hasta odiar la obra… pero igual la paga.
COMO NETFLIX, PERO DONDE UNO FINANCIA SERIES QUE JAMÁS VERÍA NI SECUESTRADO.
Lo más extraordinario es que, de vez en cuando, estas salas producen verdaderas obras maestras. Arte del más alto nivel. El problema es que entre la genialidad y un brote místico con presupuesto público ya no hay diferencia estética.
Todo viene envuelto en humo, palabras como “deconstrucción” y un director diciendo:
—“La desafinación es intencional.”
CLARO. Y MI TÍA ELSA CANTA MAL POR DECISIÓN ARTÍSTICA TAMBIÉN. Así llegaremos al estreno de Dementia.
Los críticos fingiendo comprensión para no perder acreditaciones. Pirincho Aperol diciendo “disruptivo” cada siete minutos. Cocota llorando emocionada frente a un zapallo iluminado.
Y Doña Chola financiando todo desde el chino de la esquina mientras paga IVA hasta en el puré de tomate.
Y QUIZÁS AHÍ ESTÉ LA VERDADERA OBRA CONCEPTUAL: LOGRAR QUE UN PAÍS ENTERO SUBSIDIE COSAS QUE NO ENTIENDE… Y ENCIMA APLAUDA PARA NO PARECER BRUTO.
