domingo, 19 de abril de 2026
19.5 C
Buenos Aires

Editorial: paraíso, pertenencias (con burbujas, cancha y botón en fuga)

LECTURA RECOMENDADA

Ante las diatribas —esas ráfagas de indignación con olor a teclado caliente— y las contestaciones un tanto “de cancha” en Facebook, aquí quien suscribe, con la ironía apenas peinada, les comenta en esta editorial de domingo, mis queridos peripatéticos del Argentum: por un lado, está uno, prensa independiente, que hace crítica (no catarsis), que escribe con firma, que publica en medios digitales, que lleva años sosteniendo una voz. Y por el otro, los mequetrefes de vaya a saber qué, que amenazan, dictaminan o discriminan una profesión que se construye con tiempo, oficio y memoria. En el fondo, un clásico: experiencia versus espuma.

Prólogo.
En este ISPA —donde lo improbable se plancha y sale de gala— la unanimidad es protocolo. Todo es “maravilloso”, “histórico”, “imperdible”… y todo se olvida antes de que el taxi arranque. El error fue despedido por falta de glamour. Nadie desafina: se bosteza en do mayor. Y el periodista independiente —ese espécimen que no entra por la puerta giratoria de las conveniencias— escribe con casco: pone una coma y aparece un comité; pone un adjetivo y ya hay asamblea con catering.

El paraíso (versión catálogo 1970, remasterizado 4K).
Corte a: Teatro Colón, maqueta de país. Año 2026 con nostalgia setentista y lustre de araña. El nuevo boato —con guiños a la época de Alvear— trae didascalias de clase: platea con smoking y vestido de noche (la noche como obligación), accesos laterales para no mezclar perfumes, y el pueblo, puntual, al gallinero —la acústica sube, la movilidad baja. Todo muy “paraíso en vitrina”. Si Boccaccio pasara, pediría palco; Oscar Wilde arquearía la ceja; Noël Coward firmaría una réplica. Y de fondo, como banda sonora moral, Enrique Santos Discépolo susurra “la Biblia y el calefón”: cambalache fino, con guante blanco.

Los que desean pertenecer (con refill y filtro).
Y ahí, puntuales como el intervalo —momento ideal para opinar de lo no entendido— irrumpen los personajes de temporada: Cocota Anzuelo de Alcanfor Garronier, ober devota del ox dei del salón de la élite (con estampita, rosario y Wi-Fi premium), y Pirucho Semper Aperol, prócer del grupete terciarizado de figuretis con óbolo incluido, regista del tren fantasma con vocación verdiana. Dúo dinámico del “yo también opino aunque no haya entendido nada”, siempre perfumados de pertenencia y atentos a ver en qué coro afinar… o en qué selfie salir nítidos.

Escriben. ¡Y cómo escriben! Con giros que brillan más que candelabro de foyer y una furia perfectamente puntuadita… salida de laboratorio. Diatribas largas, infladas como soufflé en noche de estreno. ¿Contenido? Opcional. ¿Convicción? Intermitente. ¿Necesidad de ser vistos? Permanente, con power bank emocional. Opinólogos de Facebook, opinólogos de páginas nacidas ayer con fecha de vencimiento mañana: urgentes para opinar, lentos para pensar.

Y salen, elegantes como un tweet en gala: que si el crítico exagera, que si molesta, que si debería ser “más constructivo” (traducción simultánea: más dócil, más plegable, más simpático). Pero, criaturas del coro afinado, ¿desde cuándo la crítica está para caer simpática? Si la función es agradar, no es crítica: es folleto. Y si la verdad se adapta para no incomodar, deja de ser verdad: es marketing con moño.

El look ayuda: tuxedo del prestigio instantáneo —brilla, sí… pero no cierra—. La costura pide auxilio, el botón contempla el abismo y el estilo, en vez de sostener, sale disparado como corcho. Mucho ruido. Poca música. Y, como remate de sobremesa —con la precisión de quien sabía mirar este teatro humano— vuelve a escena Enrique Pinti: “comen pollo, pero quieren eructar caviar”. Fineza brutal, sí, pero exacta como un bisturí: respuesta perfecta a los susodichos.

La prensa independiente (con factura A y ojeras).
Mientras tanto, la vida real: el periodismo independiente no se sostiene con aplausos ni sobremesas compartidas. Se sostiene con trabajo, con horas, con criterio y con ese detalle vintage de firmar lo que se dice sin esconderse detrás de un avatar indignado. La credibilidad —esa señora que no toma Aperol— no se alquila, no se hereda, no se simula. Se construye. Y, peor noticia para algunos, se nota cuando falta… incluso con filtro.

Muchos de nosotros nos honramos en pertenecer a un oficio, no a un corral. No viajamos en el túnel del tiempo: avanzamos. Y cuando arrecian las calumnias, los sobreentendidos con aroma a basurero municipal y el monólogo de la sospecha en loop, hacemos lo único sensato: escribir. Con sonrisa —porque el humor es higiene—, pero sin entregar el pulso.

Epílogo (nota de society y pequeña moraleja).
La foto sale perfecta: copa en alto, sonrisa ensayada, comentario ingenioso… y el aplauso correcto en el momento correcto. Todo muy society. Pero mientras algunos ensayan pertenencias, la nueva camada ya está en la puerta. No piden permiso para entrar a tal o cual logia: vienen a disfrutar, a trazar su propia genealogía, a equivocarse en vivo y sin anestesia. Quizá sea momento de dejar vivir sin oscurecer al otro, de abandonar ese deporte local de bajar la luz ajena para que la propia parezca más intensa.

Porque si algo define a este presente —además del Aperol bien frío y la selfie bien iluminada— es que la cachirula snob está de moda… y, con cariño clínico, la tercera edad ya ingresó al baile. No hay problema con eso: todo baile es un acto de fe. El problema es creer que la orquesta es propia… y que el resto está para el bis.

Así que, por favor: menos coreografía y más música. Menos eco y más voz. Y si el botón no cierra… no es el traje: es la medida.

Firma, con tinta apenas contenida:
Dr. Merengue (alias: un escriba penitente, también conocido como Sergio Sosa Battaglia)

Mas articulos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ULTIMAS NOVEDADES