(Bilbao, Palacio Euskalduna, España – 26/V/2026). Andrea Chenier. Compositor: Umberto Giordano. Libreto: Luigi Illica. Dirección Musical: Guillermo García Calvo. Dirección de escena: Alfonso Romero. Elenco: Saioa Hernández (Maddalena di Coigny), Veta Pilipenko (Bersi), Michael Fabiano (Andrea Chenier), Juan Jesús Rodríguez (Carlo Gérard), Gabriel Alonso (Roucher) y otros. Coro de Ópera de Bilbao (dirección, Esteban Urzelai). Bilbao Orkestra Sinfonikoa. Nuestra califiación: buena
Hay títulos que parecen condenados —o bendecidos— por su propia naturaleza. Andrea Chénier pertenece a esa categoría: una obra donde el marco histórico no es un mero decorado sino el combustible dramático de cada escena. La Revolución Francesa atraviesa la partitura y obliga a los directores de escena a convivir con ella, más que a combatirla. Por eso el trabajo de Alfonso Romero optó inteligentemente por no traicionar el libreto de Illica, ofreciendo una producción de corte clásico, visualmente reconocible y teatralmente eficaz, aunque no exenta de ciertos agregados innecesarios que terminan desviando el foco dramático más que enriquecerlo.
Romero construyó un espectáculo de ritmo constante, casi cinematográfico en su progresión, apoyado además por una dirección musical de Guillermo García Calvo intensa y expansiva. Hubo tensión, impulso y teatralidad, especialmente desde un primer acto vehemente y algo desprolijo, hasta alcanzar un tercer acto de auténtica densidad dramática. La orquesta encontró allí mayor refinamiento y mejores contrastes, mientras el coro mostró un sonido compacto y renovado.
Pero la gran pregunta de la noche fue otra: ¿esa permanente tirantez vocal de Michael Fabiano y la evidente contención expresiva de Saioa Hernández fueron decisiones conscientes de construcción dramática o simplemente el reflejo de dos estados vocales opuestos?
Fabiano encaró a Chénier desde el ardor más inmediato. Su aproximación fue impulsiva, vehemente, casi desesperada. El problema es que esa elección terminó exponiendo una emisión frecuentemente forzada, particularmente en los agudos, donde la voz pareció debatirse entre el heroísmo y el desgaste. Desde el “Improvviso” quedó claro que el tenor privilegió el impacto dramático por encima del fraseo refinado o del matiz elegante. Y allí surge el dilema: ¿fue una lectura visceral del poeta revolucionario o la manera de administrar un instrumento que hoy ya no posee la misma flexibilidad de otros años?
Porque hubo momentos donde esa tensión funcionó admirablemente —“Sí, fui soldato” tuvo fuego auténtico—, pero también pasajes en los que el canto quedó al borde del grito y perdió nobleza lírica. Fabiano convenció más por entrega que por control. Más por temperamento que por belleza sonora.
Y acaso allí apareció el gran acierto involuntario de la función: la Maddalena de Saioa Hernández. Su interpretación eligió el camino contrario. Donde Fabiano explotaba, Hernández contenía. Donde él buscaba el desborde, ella encontraba línea. Su canto fue sobrio, homogéneo y profundamente musical, evitando cualquier exceso verista aun en los momentos más desgarrados. “La mamma morta” no necesitó artificios ni golpes efectistas: bastó la pureza del fraseo y la inteligencia expresiva para convertirlo en el punto culminante de la noche.
Entonces la pregunta inicial cobra verdadero sentido: ¿fue justamente esa oposición entre la tensión masculina y la contención femenina lo que terminó dando espesor dramático a la representación? Probablemente sí. Porque en escena terminó construyéndose un curioso equilibrio entre dos maneras opuestas de entender el verismo: una desde el impulso casi salvaje y otra desde la depuración emocional.
También el paso del tiempo se hizo visible en dos artistas de enorme trayectoria. Juan Jesús Rodríguez sostuvo a Gérard desde una presencia escénica imponente, apoyado en el oficio, la nobleza del acento y una teatralidad madura que le permitió dominar cada intervención sin necesidad de excesos. Sin embargo, la voz ya no posee aquella rotundez de temporadas pasadas y cierta merma en la proyección terminó siendo perceptible en varios momentos de la noche.
Por su parte, la ya reconocida Nancy Fabiola Herrera volvió a demostrar esa elegancia natural que siempre distingue sus apariciones escénicas. Su Madelon tuvo dignidad, estilo y musicalidad, aunque en lo estrictamente vocal también se percibe inevitablemente el paso de los años. Aun así, su sola presencia aportó categoría y memoria teatral a una función donde la experiencia de los grandes nombres continuó teniendo peso propio.
La producción de Romero quizás no buscó reinventar nada. Y tal vez allí radique su virtud. En tiempos donde muchas régies parecen obsesionadas con explicar lo inexplicable, esta Andrea Chénier prefirió narrar la historia con claridad y dejar que fueran las voces —con sus contradicciones, tensiones y diferencias— las que terminaran construyendo la verdadera temperatura emocional de la noche.


