lunes, 20 de abril de 2026
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Moria: el misterio — musical en clave bizarro

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Buenos Aires, 19/IV/2026, Auditorio Nacional, Palacio Libertad. Moria, el misterio. Idea y dirección general: Valeria Ambrosio. Texto: Gabriel Patolsky. Actores: Virginia Kaufmann, Julián Pucheta, Pablo Gelós, Mariano Magnífico, Martín O’Connor e Irene Almus.
Coreutas:
 Julián Rubino, Herni Cáceres, Antonella Misenti, Manu Perin, Laura González y Matías Prieto Peccia. Anfitriona: Paulina Domínguez. Músicos: Matías Cadoni, bajo; Santiago Greco, guitarra; Osvaldo Tabilo, batería; Juan Denari, percusión; Fernando Lerman, saxos y flauta; Miguel Ángel Talarita, trompeta; Iván Barrios, trombón; Fabian Fazio, saxos y clarinete; Jorge Caldelari, violín. Arreglos y dirección musical: Gaby Goldman. Letras: Marcelo Kotliar. Orquestación: Augusto Reinhold y Gaby Goldman. Coreografía: Romina Fos. Vestuario, peinados y dispositivo escénico: Nicolás Nanni.
Funciones:
Sábado 18 de abril, 20 h, Domingo 19 de abril, 19 h, Lunes 20 de abril, 19 h (Función especial), Sábado 25 de abril, 20 h, Domingo 26 de abril, 19 h. Sala: Auditorio Nacional. Nuestra calificación: regular

¿Qué se buscó hacer, realmente? Desde lo musical, la propuesta no ofrece mucho más que una sucesión de revivals con cambios de letras, sin una verdadera construcción sonora propia. Las actuaciones, por momentos, se perciben modestas, casi tímidas frente a la figura que intentan encarnar. Y allí aparece el principal problema: el espectáculo parece apoyarse en un homenaje kitsch que toma la impronta de Moria Casán, pero sin lograr capturar su filo, su irreverencia ni su magnetismo genuino.

El resultado es una evocación que queda en la superficie, más cercana a la imitación que a la interpretación.

Con ese marco argumental, el espectáculo directamente abraza el disparate… pero sin domesticarlo.

La premisa —un Buenos Aires del año 2655 convertido en epicentro de una civilización postapocalíptica donde arqueólogos desentierran a una figura enigmática— tiene, en potencia, una veta fascinante. La idea de reconstruir a Moria Casán como mito fragmentado —vedette, política, prisionera, ícono— abre un juego teatral riquísimo entre memoria, distorsión y cultura pop. Pero lo que podría ser una operación inteligente de relectura termina cayendo en una acumulación de ocurrencias.

El dispositivo dramático —esa mezcla de inteligencia artificial tipo “Alexa Moria” y un oráculo que roza lo esotérico— no construye capas de sentido: las superpone sin jerarquía. Y allí aparece el problema central. No es que la propuesta sea excesiva (lo excesivo le calza perfecto al universo moriano), sino que carece de una lógica interna que ordene ese exceso.

Screenshot

El elenco —Virginia Kaufmann, Julián Pucheta, Pablo Gelós, Mariano Magnífico, Martín O’Connor e Irene Almus— sostiene con oficio una estructura que no siempre los acompaña. Lo mismo ocurre con la base musical dirigida por Gaby Goldman: hay profesionalismo y entrega, pero quedan atrapados en una maquinaria que no termina de decidir si es parodia, homenaje o sátira.

Y entonces aparecen esos golpes de efecto: “TutankaMoria”, “Alexa Moria”… hallazgos que buscan el guiño cómplice, pero que rápidamente se agotan en su propia ocurrencia. No evolucionan, no construyen.

El resultado es una experiencia que deja más interrogantes que resonancias. Porque el problema no es el disparate —Moria Casán siempre fue, en sí misma, un arte del exceso y la contradicción—, sino la falta de una mirada que organice ese caos en una poética escénica.

Y cuando finalmente intenta conmover, el espectáculo recurre a un golpe bajo: apela a la emoción desde lo biográfico, en lugar de haber construido previamente un verdadero relato escénico que justifique ese desenlace. La emoción, entonces, se siente buscada, no ganada.

Se sale de la sala con una sensación incómoda: no de desconcierto fértil, sino de acumulación sin destino.
La pregunta queda flotando —casi como ese sarcófago en escena—: ¿esto reconstruye un mito… o lo reduce a una caricatura?

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