Hay países que exportan automóviles. Hay países que exportan tecnología. Hay países que fabrican inteligencia artificial.
Y después está la Argentina… …que produce expedientes judiciales en serie, panelistas todoterreno y memes con denominación de origen.
Somos un país tan generoso que, si la UNESCO algún día declara Patrimonio Inmaterial de la Humanidad al disparate nacional, competimos sin necesidad de clasificación.
Pero ocurrió un milagro. Estamo a pleno con el Mundial.
Y, por primera vez en mucho tiempo, cuarenta y siete millones de directores técnicos decidimos declarar una tregua.
Durante noventa minutos nadie preguntó cuánto cerró el dólar. Nadie discutió si un decreto era constitucional. Nadie recordó la inflación.
Hasta el vecino kirchnerista abrazó al libertario del quinto piso cuando la Selección metió el primero. Porque hay cosas que sólo consigue el fútbol.
Y Messi. Sobre todo Messi.
¡Vamos Argentina, carajo!
El Mundial tiene efectos terapéuticos que todavía la ciencia no logra explicar. El remisero descubre que podría dirigir al Real Madrid. El contador desarrolla una teoría revolucionaria sobre la presión alta. El almacenero critica la salida desde el fondo.
Y el jubilado que tarda quince minutos en levantarse del sillón explica cómo un lateral debería recorrer toda la banda durante noventa minutos.
Todos sabemos más que el técnico. Es una tradición nacional. Mientras tanto…
La realidad seguía haciendo de las suyas.
Manuel Adorni dejó su cargo de Jefe de Ministros
Y uno no puede evitar preguntarse si, antes de apagar la luz del despacho, llamó a Cocota Vermichelli Garronier y al inefable Pirincho Aperol, autoridades honorarias del legendario Club Foyer de Luzuriaga, para consultar el protocolo oficial de devolución de la célebre «cascade». Porque entregar un cargo es relativamente sencillo. Lo complicado es entregar los accesorios.
¿La «cascade» vuelve con inventario? ¿Se devuelve limpia o con el agua original? ¿Existe un formulario 17-B para reintegrar ornamentos estatales?
¿O pasa automáticamente al patrimonio cultural del Club Foyer, donde todo objeto extraviado adquiere instantáneamente categoría de reliquia institucional?
En la Argentina los ministros cambian de despacho con una velocidad admirable. Pero los adornos parecen desarrollar un profundo apego emocional a sus dueños. Estoy convencido de que existe un decreto reservado.
Debe decir algo así:
«Artículo 3°, inciso C: todo funcionario saliente podrá retirar una lapicera, un cactus, dos portarretratos y, en circunstancias excepcionales, una cascade ornamental, siempre que jure por la Constitución devolverla cuando cambie nuevamente de cargo.»
Porque aquí los cargos son pasajeros.
Los souvenirs oficiales… esos sí hacen carrera administrativa. Y hablando de carreras extraordinarias…
La historia sentimental de Jésica Cirio debería ser analizada por estadísticos de Harvard.
No por chismosos. Por matemáticos. Primer marido: Martín Insaurralde.
Segundo marido: un financista cuya biografía judicial parece más extensa que su currículum empresarial.
Y ahora aparecen nuevas investigaciones sobre patrimonio, videos, dinero y un vestidor que despertó más curiosidad que cualquier museo nacional.
Aclaremos, para que después no aparezca un abogado con taquicardia. Las responsabilidades penales las determinarán exclusivamente los jueces.
Nosotros hablamos de probabilidades. Y las probabilidades son apasionantes.
Hay personas que juegan al Quini 6 desde que Alfonsín era presidente y jamás acertaron seis números.
Hay gente que compra rifas en el club del barrio desde hace cuarenta años y nunca ganó una licuadora.
Y después aparece alguien cuya vida afectiva parece estar patrocinada por el Departamento de Delitos Económicos.
Eso ya no parece azar. Eso merece una beca del CONICET. Y llegamos al protagonista silencioso de la semana.
El vestidor. Perdón… ¿Vestidor? No.
Eso era prácticamente una sucursal premium del Banco Central con luces LED.
Uno abre el placard de su casa y encuentra una bufanda olvidada, una media viuda, un paraguas roto y una factura de gas que todavía duele.
Hay personas que, en cambio, abren el vestidor y necesitan un escribano, dos contadores, una brigada financiera y un guía turístico.
Mientras tanto, el ciudadano común intenta comprender cuál fue exactamente el modelo de negocios. Porque, según entendemos, la actividad principal consistía en modelar, conducir programas de televisión y promocionar cosméticos.
Nada objetable. Todo muy digno.
Lo verdaderamente revolucionario sería descubrir que vender sérums faciales produce una rentabilidad superior a fabricar microprocesadores en Taiwán.
Si ese fuera el secreto… las escuelas de negocios del mundo entero deberían cerrar inmediatamente.
L’Oréal compraría Apple. Y en la Facultad de Ciencias Económicas se abriría una nueva materia obligatoria:
«Macroeconomía Cosmética Aplicada: del contorno de ojos al patrimonio exponencial.»
Pero esta bendita República jamás decepciona. Siempre aparece un personaje nuevo.
Un empresario misterioso. Un financista creativo. Un operador. Un asesor.
Un amigo. El amigo del amigo. El primo del gestor. El gestor del primo del amigo.
Y un abogado dispuesto a explicar que todo fue una casualidad administrativa.
La Argentina es el único país donde uno escucha la palabra «empresario»…
…y automáticamente espera que la frase siguiente sea:
«Está siendo investigado…»
Mientras tanto… Los argentinos seguimos haciendo equilibrio.
Entramos al supermercado con calculadora.
Salimos con terapia. La cajera pregunta:
—¿Débito o crédito? Y uno responde: —¿Aceptan lágrimas en doce cuotas?
Porque la economía argentina dejó de ser una ciencia.
Es un género literario. Sin embargo…
Llega el Mundial. Y ocurre el milagro.
El mismo señor que hace quince minutos insultaba al Gobierno, a la oposición, a la Justicia, a la AFIP, a la AFA, al VAR, al consorcio, al vecino del tercero y al perro que ladra de noche…
…termina abrazado a un desconocido porque una pelota cruzó la línea de cal.
Ese sí es nuestro verdadero capital.
No el oro. No el litio. No Vaca Muerta. La extraordinaria capacidad que tenemos los argentinos para reírnos de nuestras propias desgracias… y volver a ilusionarnos cinco minutos después.
Por eso este domingo sólo queda levantar la copa, aunque sea la del café, y gritar con toda el alma:
¡VAMOS ARGENTINA, CARAJO!
Y que Dios siga acompañando a este país maravilloso.
Porque ya demostramos que podemos sobrevivir a la inflación, a las campañas electorales, a los panelistas, a los economistas de TikTok, a los vestidores milagrosos y a las «cascade» itinerantes.
Lo único que todavía no estamos seguros de soportar… …es otro alargue por penales.
O descubrir que el próximo escándalo nacional comenzó, una vez más, en un inocente vestidor.
Hasta el próximo domingo… si la realidad no decide escribir otra columna antes del lunes a la mañana.
