(Bs. Aires,26/V//2026, Teatro Colón). I Capuleti e i Montecchi. Ópera en dos actos. Música: Vicenzo Bellini. Libreto: Felice Romani. Dirección musical: Evelino Pidò. Dirección escénica: Pablo Maritano. Orquesta Estable del Teatro Colón, Coro Estable del Teatro Colón (dirigido por Miguel Martínez). Intérpretes: Jaquelina Livieri, Ekaterina Vorontsova, Santiano Martínez, Sergio Wamba, Fernando Radó. Sala: Teatro Colón. Nuestra calificación: muy buena.
Hay regresos que se celebran por la nostalgia y otros porque representan una verdadera reparación histórica. La vuelta de I Capuleti e i Montecchi al escenario del Teatro Colón pertenece a esta última categoría. Desde la inauguración del coliseo de la calle Libertad en 1908, la obra de Vincenzo Bellini sólo había conocido una producción integral en 1971, con Renata Scotto y Renzo Casellato, bajo la régie de Roberto Oswald y la dirección musical de Enrique Sivieri. Cincuenta y cinco años después, el Colón vuelve a abrir las puertas a una de las partituras más refinadas del bel canto italiano, y el resultado confirma que su recuperación estaba plenamente justificada.
Pero también deja una reflexión inevitable. Esta no es la historia de amor que inmortalizó Shakespeare. Y comprender esa diferencia resulta esencial para valorar con justicia tanto la obra como esta producción.
Bellini no compuso el Romeo y Julieta de Shakespeare
Existe una tendencia casi automática a asociar I Capuleti e i Montecchi con el universo shakespeariano. Sin embargo, Bellini y su libretista, Felice Romani, jamás pretendieron musicalizar al dramaturgo inglés. Su inspiración proviene de las antiguas fuentes italianas medievales, las mismas que precedieron a Shakespeare y que ya habían servido de base para otras óperas de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.
La diferencia no es menor.
Mientras Shakespeare construye personajes de extraordinaria complejidad psicológica y una acción dramática que avanza con intensidad casi cinematográfica, Romani responde aún a las convenciones de la ópera seria italiana: grandes escenas contemplativas, conflictos desarrollados a través del canto y personajes que expresan sus emociones mucho más de lo que las viven escénicamente.
Bellini comprendió perfectamente esa naturaleza. Por eso escribe una música donde el verdadero drama no sucede en la acción sino en la melodía. Su célebre «canto infinito» reemplaza al movimiento teatral. La respiración sustituye al vértigo. El fraseo reemplaza al gesto. Y allí reside tanto la belleza como la principal dificultad de esta obra.
Quien espere encontrar el pulso dramático de Otello, Tosca o incluso del propio Shakespeare, probablemente experimente cierta frustración. Quien, en cambio, acepte que Bellini propone otra forma de teatro —más interior, más contemplativa y profundamente musical— descubrirá una de las cumbres del bel canto romántico.
Pablo Maritano entiende la obra que tiene entre manos
Desde esa perspectiva debe analizarse la propuesta escénica de Pablo Maritano. Uno de sus mayores aciertos consiste precisamente en no intentar convertir I Capuleti e i Montecchi en una obra que no es.
En tiempos donde abundan las reinterpretaciones forzadas, los desplazamientos temporales y las lecturas conceptuales que parecen buscar protagonismo por encima del compositor, Maritano adopta una decisión mucho más inteligente: escuchar a Bellini.
Su régie no pretende corregir el libreto ni inventar conflictos ajenos a la partitura. Construye una atmósfera sombría, atravesada por la fatalidad permanente de dos familias condenadas a perpetuar el odio. La dirección de actores privilegia la contención antes que el gesto ampuloso. Hay una búsqueda constante de imágenes que acompañen la respiración musical, permitiendo que el espectador permanezca siempre conectado con las voces, verdadero centro dramático de la obra.
Es cierto que algunos cuadros mantienen un inevitable estatismo. Pero sería injusto atribuirlo exclusivamente a la puesta. Bellini escribió una ópera donde el conflicto rara vez se desarrolla mediante acciones físicas. Maritano comprende esa condición y decide no violentarla.
Puede discutirse si determinados momentos hubieran admitido una mayor tensión escénica, pero la producción nunca traiciona el espíritu de la partitura. Y ese respeto, en una época dominada por el efectismo, merece destacarse.
Un universo visual coherente
La escenografía de Gonzalo Córdoba Estévez construye un espacio austero, de grandes muros pétreos y arquitectura opresiva, donde la muerte parece habitar desde el primer compás. No busca espectacularidad. Busca clima. El enorme muro que domina buena parte del escenario funciona como una metáfora visual del peso histórico que aplasta a los personajes.
Quizá la propuesta podría ofrecer una mayor transformación espacial a lo largo de la representación, pero nunca pierde coherencia con el universo dramático planteado.
El vestuario de María Emilia Tambutti aparece entre los rubros más logrados de la noche. Elegante, refinado y cuidadosamente concebido, aporta nobleza visual sin distraer la atención del verdadero protagonista: el canto.
La iluminación de David Seldes, basada en una paleta de claroscuros permanentes, acompaña eficazmente esa estética luctuosa, aunque en algunos pasajes hubiera resultado beneficioso un mayor contraste lumínico para potenciar determinados climas dramáticos.
Todo el aspecto visual responde a una misma idea estética. Y eso siempre constituye una virtud.
Evelino Pidò: el gran responsable del éxito artístico
Si la representación alcanza un nivel superior, ello se debe, en gran medida, al extraordinario trabajo de Evelino Pidò. El maestro italiano posee algo que muy pocos directores contemporáneos conservan: un conocimiento absoluto del lenguaje belliniano.
Desde la Sinfonía queda claro que no busca imponer una personalidad sobre la obra. Busca servirla. Sus tempi respiran naturalmente, las dinámicas están cuidadosamente graduadas y la concertación con los cantantes alcanza un grado de compenetración admirable.
Pidò comprende que Bellini jamás debe sonar pesado. La melodía necesita expandirse con libertad. Las voces requieren espacio. La orquesta debe sostener sin invadir. Y exactamente eso sucede durante toda la función. Su dirección encuentra un admirable equilibrio entre refinamiento técnico y emoción genuina.
La Orquesta Estable: una respuesta de alto nivel
La Orquesta Estable del Teatro Colón respondió con una prestación que confirma el excelente momento artístico que atraviesa. Las cuerdas desplegaron un sonido aterciopelado, flexible y homogéneo, indispensable para sostener la arquitectura melódica de Bellini. Las maderas aportaron delicadeza tímbrica y precisión en cada intervención, mientras los metales se integraron con criterio, evitando cualquier protagonismo excesivo. La concertación con el escenario fue impecable. La sensación permanente fue la de un organismo musical respirando al unísono.
El Coro Estable vuelve a demostrar su jerarquía
Preparado por Miguel Martínez, el Coro Estable confirmó una vez más por qué continúa siendo uno de los grandes orgullos artísticos del Teatro Colón. Empaste perfecto. Afinación irreprochable. Excelente equilibrio entre cuerdas. Pero, sobre todo, una notable capacidad expresiva. Su intervención en los grandes momentos colectivos nunca fue meramente sonora; constituyó un auténtico protagonista dramático, alcanzando especial belleza en el conmovedor «Pace alla sua bell’anima».
Las voces: el corazón de Bellini
Si Bellini deposita toda la intensidad dramática en el canto, entonces el éxito de una representación depende inevitablemente de sus intérpretes. Y el Teatro Colón reunió un elenco de muy buen nivel, encabezado por una figura sobresaliente.
Jaquie Livieri: una Giulietta de clase internacional
Nuestra compatriota y talentosa **Jaquie Livieri **confirmó que atraviesa uno de los momentos más importantes de su carrera. Su instrumento posee una luminosidad natural que nunca pierde cuerpo a lo largo de la tesitura. El centro aparece pleno, los agudos emergen libres y perfectamente apoyados, mientras el registro grave conserva una homogeneidad poco frecuente en este repertorio. Pero el verdadero valor de Livieri no reside únicamente en la calidad del instrumento. Su musicalidad resulta admirable. El legato fluye con absoluta naturalidad, los reguladores dinámicos aparecen integrados al discurso y cada media voz parece construida desde la emoción antes que desde el mero virtuosismo.

Su «Eccomi in lieta vesta» fue una auténtica demostración de canto belliniano: fraseo elegante, fiato generoso y una capacidad poco común para sostener la tensión expresiva en los largos arcos melódicos. En la escena final alcanzó la cima emocional de la noche. No hubo artificios. Sólo música. Y eso bastó para conmover profundamente.
Ekaterina Vorontsova: un Romeo de noble musicalidad
Bellini escribió Romeo para mezzosoprano buscando precisamente un color vocal ambiguo, juvenil y melancólico. Tras un comienzo donde el registro grave apareció algo reservado y el centro todavía buscaba asentarse en la acústica del Colón. Tuvo ornamentaciones dentro de la caalificación de correcta, sin caer jamás en exhibicionismos gratuitos. Dramáticamente optó por un Romeo contenido, introspectivo y de noble humanidad. La gran escena de la tumba sintetizó todas esas virtudes y constituyó uno de los momentos más intensos de la representación.
Santiago Martines: elegancia antes que heroísmo
El tenor argentino Santiago Martines ofreció un Tebaldo de canto elegante y emisión segura. Su voz corre con facilidad por la sala, manteniendo siempre una línea noble y un fraseo musicalmente muy cuidado. Tal vez el personaje hubiera agradecido una dosis mayor de temperamento dramático, aunque también es cierto que Bellini jamás lo concibe como un héroe verista. Su interpretación resultó estilísticamente irreprochable.
Sergio Wanba, Fernando Radó : experiencia al servicio del conjunto
Los bajos argentino Sergio Wanba, como Capellio, y Fernando Rado, como Lorenzo, completaron un elenco homogéneo. Wanba aportó autoridad escénica y nobleza vocal. Radó exhibió un instrumento amplio, homogéneo y de excelente proyección. Ambos demostraron por qué incluso los llamados roles secundarios requieren artistas de verdadera categoría cuando se aborda Bellini.
¿No era este el verdadero Gran Abono?
Más allá de las virtudes artísticas de esta producción, hay una reflexión que el Teatro Colón deja inevitablemente sobre la mesa.
¿Por qué reservar el denominado Gran Abono para un elenco encabezado mayoritariamente por figuras extranjeras cuando el llamado «segundo elenco» exhibe una calidad artística que no sólo iguala, sino que en algunos aspectos invita a pensar que bien podría haber inaugurado esa serie de funciones?
La sola conformación de este reparto resulta elocuente. Jaquie Livieri, una de las sopranos argentinas de mayor proyección internacional y dueña de una carrera construida con inteligencia y rigor estilístico; la mezzosoprano rusa Ekaterina Vorontsova, única artista extranjera de este elenco; el tenor Santiago Martínez, cuya evolución lo ubica hoy entre las voces más sólidas de su generación y que va marcando carrerar internacional ; junto a Sergio Wamba y Fernando Radó, dos intérpretes de reconocida solvencia,aqui en nuestro país como en el extranjero conforman un conjunto que difícilmente pueda calificarse como «alternativo». Este elenco posee identidad propia, madurez artística y méritos suficientes para sostener cualquiera de las funciones centrales de la temporada.
Más aún, cuatro de sus cinco integrantes son argentinos. Artistas formados, en gran parte, bajo la tradición del propio Teatro Colón, conocedores de su acústica, de su estilo y de sus exigencias. En un momento en que se habla con insistencia de promover y jerarquizar el talento nacional, cuesta encontrar argumentos convincentes para que un elenco de semejante nivel no ocupe también el espacio de mayor visibilidad dentro de la programación oficial.
Una producción que recupera una obra sin intentar reinventarla
El Teatro Colón asumió un riesgo importante al reincorporar I Capuleti e i Montecchi a su temporada. La apuesta, en términos generales, resulta exitosa. No porque estemos frente a una producción revolucionaria. Ni porque descubra aspectos desconocidos de la obra.Su mayor mérito consiste justamente en otro lugar: comprender el lenguaje de Bellini y servirlo con honestidad. La magnífica dirección musical de Evelino Pidò, una Orquesta y un Coro Estables en excelente nivel y un elenco vocal encabezado por una magnífica Jaquie Livieri terminan imponiéndose como los grandes argumentos de una función musicalmente muy satisfactoria.
Desde el punto de vista teatral, la obra continúa arrastrando las limitaciones de un libreto concebido bajo otras convenciones dramáticas. Pablo Maritano elige inteligentemente no luchar contra esa naturaleza, sino acompañarla con una puesta elegante, coherente y respetuosa del estilo.
Quizá allí resida la mejor definición de esta producción. No intenta hacer de Bellini un Shakespeare que nunca fue. Prefiere dejar que sea Bellini. Y cuando la música alcanza el nivel escuchado en esta reposición, esa decisión termina revelándose como el mayor acto de inteligencia artística.
