Shakespeare, Rossini y Verdi frente al mismo abismo: tres maneras de entender una de las tragedias más feroces de la historia de la ópera
Un hombre ama a una mujer. Un tercero introduce la sospecha. Los celos reemplazan a la razón. El amor se convierte en posesión. Y cuando finalmente aparece la verdad, ya es demasiado tarde.
Pero hay algo que muchos espectadores desconocen: Otello no siempre terminó de la misma manera. Y aquí comienza una de las historias más fascinantes de la ópera. Porque Rossini tuvo dos Otellos. Verdi, en cambio, tuvo uno solo.
Y esa diferencia dice mucho más de ambos compositores —y de las épocas en las que vivieron— que cualquier tratado de musicología.
ROSSINI: ¿Y SI TODAVÍA PUDIÉRAMOS SALVARNOS?
Cuando Gioachino Rossini estrenó Otello, ossia Il moro di Venezia en Nápoles, en 1816, el compositor tomó como punto de partida la tradición teatral derivada de Shakespeare, aunque no siguió literalmente el drama original. l primer final trágico: Otello mata a Desdémona. Descubre la verdad. Y se suicida.
Hasta aquí, ninguna sorpresa. Pero cuatro años después ocurrió algo extraordinario. Para una nueva presentación de la ópera en Roma, Rossini modificó el desenlace. Desdémona sobrevivía. La tragedia podía detenerse antes del último abismo. El público podía abandonar el teatro sin cargar con dos cadáveres. Rossini había abierto una puerta que Shakespeare había cerrado.
Y esto no es un detalle menor. Porque significa que durante un tiempo existieron dos Otellos posibles: uno condenado a la tragedia y otro capaz de alcanzar la reconciliación.
PERO LLEGÓ VERDI
Setenta años después, Giuseppe Verdi se enfrentó al mismo universo. Y tomó una decisión radicalmente diferente. No quiso salvar a nadie.
Con Arrigo Boito como libretista, Verdi comprimió el Shakespeare original, eliminó episodios y personajes, aceleró la acción y convirtió la historia en una maquinaria dramática prácticamente perfecta. Pero conservó lo esencial. Otello mata a Desdémona. Luego descubre la verdad. Y finalmente se suicida. No hay rescate. No hay segundo final. No hay posibilidad de reparación. Verdi no negocia con la tragedia. Y esa es quizá su mayor fidelidad a Shakespeare.
SHAKESPEARE TAMPOCO ERA TAN SIMPLE
Aquí aparece otra curiosidad. El Othello de Shakespeare tampoco nos llegó a través de un único testimonio textual absolutamente idéntico.
Existen dos fuentes fundamentales: el Quarto de 1622 y el First Folio de 1623. Hay diferencias entre ambos. Pasajes que aparecen en uno no aparecen en el otro. Existen variantes de palabras, frases y extensiones. Shakespeare, por lo tanto, tampoco pertenece completamente al territorio de la obra “inmutable”. Pero hay algo que no cambia.
Otello destruye aquello que ama. Y después comprende. Demasiado tarde.
LA DIFERENCIA ENTRE ROSSINI Y VERDI
Aquí es donde la comparación se vuelve deliciosa. Rossini podía modificar el final porque su Otello todavía estaba profundamente ligado a las convenciones del melodrama de su tiempo. El público podía aceptar que una tragedia se corrigiera. Que el héroe comprendiera. Que la víctima sobreviviera. Que la historia pudiera terminar con una cierta dosis de alivio.
Verdi pertenece a otro mundo. En 1887, cuando Otello llega a La Scala, la tragedia ya no es un accidente final. Es el destino inevitable de los personajes. Yago no necesita asesinar. La sospecha hace todo el trabajo. Otello tampoco necesita ser un monstruo. Le alcanza con ser un hombre que confunde los celos con la verdad. Desdémona no necesita cometer ninguna falta. Precisamente porque es inocente, la tragedia resulta insoportable.
EL GENIO ESTÁ EN QUE VERDI NO NECESITA EXPLICARLO
Hay un momento en la ópera de Verdi que resume todo. Después de haber matado a Desdémona, Otello comprende la verdad. Y entonces aparece el recuerdo del amor. El beso. Aquello que antes era deseo ahora es memoria. Aquello que antes era pasión ahora es culpa. Y Verdi consigue que el espectador entienda algo devastador:
Otello no deja de amar a Desdémona cuando la mata. La mata precisamente porque su amor ha sido contaminado por la mentira. Y cuando descubre la verdad, el amor continúa allí. Pero ya no puede salvarla. Ni salvarlo.
DOS FINALES DE ROSSINI. UNO DE VERDI.
Podría parecer una cuestión puramente musicológica. No lo es. Es una pregunta sobre cómo cada época entiende la tragedia. Rossini nos dice:Quizás todavía podamos detenernos. Verdi responde: Ya es demasiado tarde. Shakespeare había planteado el abismo. Rossini, en una de sus versiones, permitió imaginar que podía cerrarse. Verdi decidió mirar hacia abajo. Y no apartó la mirada.
¿QUIÉN ES MÁS FIEL A SHAKESPEARE?
La pregunta es casi inevitable. ¿Es más fiel Rossini, que conserva buena parte de la estructura dramática pero modifica el destino? ¿O Verdi, que elimina enormes porciones del drama original pero conserva su fatalidad?
La respuesta probablemente sea incómoda: la fidelidad artística no consiste en copiar. Consiste en comprender qué no puede perderse. Rossini comprendió el conflicto. Verdi comprendió la tragedia. Shakespeare había comprendido algo todavía más profundo: que una mentira no necesita ser verdadera para destruir una vida. Sólo necesita ser creída.
EL OTELLO QUE NOS QUEDA
Hoy conocemos fundamentalmente el Otello de Verdi como una tragedia cerrada. Pero recordar que Rossini alguna vez permitió que Desdémona sobreviviera cambia nuestra percepción de la historia. Porque nos obliga a pensar qué hubiera ocurrido si Otello hubiese escuchado un poco antes. Si hubiese preguntado. Si hubiese confiado. Si hubiese dudado de Yago. Si hubiera esperado cinco minutos. La tragedia de Otello reside justamente en que no lo hace. Y quizá por eso Verdi no necesitó dos finales.
Porque en su Otello, el final estaba decidido mucho antes de que comenzara el último acto. Rossini pudo imaginar una salida. Shakespeare la negó. Verdi la convirtió en música.
Y desde entonces, cada vez que Otello levanta el arma contra Desdémona, el espectador sabe algo que él todavía ignora: la verdad está a segundos de llegar. Pero en una tragedia, los segundos también pueden ser eternos.
