Salzburgo convierte a Rossini en una fiesta privada: dominatrices, calzoncillos, puertas giratorias y un desfile de celebridades para celebrar los 60 de “La Ceci”
Lo que debía ser una celebración de Rossini terminó convertido en algo mucho más peculiar: el cumpleaños de «La Ceci» con Rossini como invitado de piedra.
Después del desconcierto provocado la noche anterior por una Carmen prácticamente irreconocible, uno podía esperar que Salzburgo ofreciera una dosis de elegancia, estilo y bel canto. Error. Kosky tenía otros planes. El Lys d’Or de Rossini se transformó en una suerte de «La Pulga n la Oreja» de Feydeau pasada por una fiesta de lencería, con doce puertas giratorias, personajes entrando y saliendo a velocidad de vértigo y una sucesión de gags visuales que amenazaban con devorar la música.
Y, sin embargo, ocurrió el milagro: Rossini sobrevivió. Sobrevivió gracias a un reparto extraordinario.
LÁTIGOS, LIGUEROS Y AGUDOS DE ACERO
La producción de Kosky parece diseñada bajo una regla muy sencilla: si una situación puede hacerse más extravagante, hágase inmediatamente.
Marina Viotti, como la marquesa Melibée, apareció convertida en una auténtica dominatrix, látigo en mano, mientras Dmitry Korchak recibía sus azotes de rodillas. La escena podría haber terminado en cualquier cabaret de Berlín, pero Korchak tenía otros asuntos entre manos: cantar Rossini como si su vida dependiera de ello. Y vaya si cantó.
El tenor ruso disparó unos agudos espectaculares, con una proyección descomunal y una seguridad técnica que hizo olvidar, por unos gloriosos minutos, el extraño espectáculo erótico que tenía lugar delante de nosotros.
Después llegó Florian Sempey. Don Profondo apareció en escena vestido con un diminuto calzoncillo negro y medias con ligueros, provocando el inevitable murmullo de las primeras filas. Pero la verdadera provocación llegó después: su célebre “Medaglie incomparabili” fue cantada con una velocidad diabólica, dicción cristalina y un control del sillabato digno de una clase magistral.
El vestuario era de escándalo. La técnica, de cinco estrellas.
Mélissa Petit, como la histérica Comtesse de Folleville, aportó otra de las grandes actuaciones de la noche. Sombreros gigantescos, ataques de nervios y una sobredosis de gestualidad no consiguieron eclipsar una coloratura brillante y unos sobreagudos tan limpios como espectaculares.
Edgardo Rocha, por su parte, aportó como Belfiore el necesario contrapunto de elegancia vocal. Su timbre cálido y luminoso atravesó con nobleza las ocurrencias escénicas de Kosky.
E Ildebrando D’Arcangelo recordó que, incluso en medio de semejante carnaval, todavía es posible cantar Rossini con verdadera aristocracia. Como Lord Sidney, ofreció una línea noble, refinada y de enorme autoridad.
Y ENTONCES APARECIÓ “LA CECI”
Pero todo aquello era apenas el aperitivo. Porque Il viaggio a Reims tenía una misión secreta: celebrar los 60 años de Cecilia Bartoli.
Durante el banquete final, el escenario se transformó en una especie de fiesta aristocrática de pesadilla. Un enorme pastel dominaba la escena. Y, cuando ya nadie sabía muy bien qué podía ocurrir después, la parte superior se abrió.
Y apareció ella. Cecilia Bartoli. La cumpleañera, bautizada cariñosamente como “La Ceci”, emergió de la torta como si Rossini hubiera sido contratado exclusivamente para organizarle una fiesta sorpresa.
Hubo animales disecados, mesas suntuosas, un arpista de aspecto improbable y una celebración que abandonó definitivamente cualquier pretensión de continuidad dramática.
Pero aquí hay que hacer una distinción importante. Porque cuando Bartoli comenzó a cantar, todo volvió a tener sentido durante unos minutos.
La voz continúa siendo extraordinaria: sedosa, flexible, extraordinariamente bien articulada y con ese dominio del fiato que explica por qué sigue ocupando un lugar absolutamente privilegiado en el universo del bel canto.
La escenografía podía hacer lo que quisiera. Bartoli seguía siendo Bartoli.
EL HAPPY BIRTHDAY MÁS CARO DE LA HISTORIA
Y entonces llegó el verdadero golpe de efecto. La ópera se detuvo. No metafóricamente. Se detuvo.
El escenario quedó convertido en una fiesta privada para la aristocracia de la música clásica. Rolando Villazon, Sir Antonio Pappano, Plácido Domingo, Pretty Yende, Lang Lang y el Trío Vengerov aparecieron para rendir homenaje a la cumpleañera.
La escena tenía algo de gala de Die Fledermaus, algo de reunión de amigos después de una entrega de premios y bastante de fiesta privada de la industria musical. Solo faltaba que alguien sacara una botella de champagne.
El problema no era la celebración en sí. El problema era que la celebración terminó comiéndose el espectáculo que supuestamente estaba celebrando.
Rossini quedó convertido en anfitrión involuntario de una fiesta cuyo verdadero argumento era Cecilia Bartoli. Y, francamente, con semejante lista de invitados, era difícil competir.
CAPUANO SALVA LOS MUEBLES
En medio de semejante tormenta escénica, Gianluca Capuano tuvo una misión casi imposible: hacer música. Y lo consiguió. JUnto a la orquesta Les Musiciens du Prince – Monaco.
Desde el foso mantuvo una dirección vivaz, flexible y perfectamente controlada, permitiendo que la partitura respirara incluso cuando sobre el escenario parecía estar ocurriendo una fiesta de fin de año.
El gran Gran Pezzo Concertato a catorce voces fue uno de los momentos verdaderamente memorables de la velada: cohesión, afinación, precisión y un extraordinario sentido del conjunto.
Por momentos, daba la impresión de que la orquesta estaba intentando rescatar a Rossini de su propia fiesta de cumpleaños. Y lo consiguió.
EL VEREDICTO: UNA FIESTA DE CINCO ESTRELLAS CON UNA ÓPERA DE TRES
Hay noches en las que uno sale del teatro pensando que acaba de presenciar una obra maestra. Esta no fue una de ellas. Pero tampoco fue un desastre.
Fue, más bien, una magnífica velada musical atrapada dentro de una producción que no conoce el significado de la palabra “moderación”.
El reparto vocal merece aplausos enormes. Korchak, Sempey, Petit, Rocha, D’Arcangelo, Viotti y, por supuesto, Bartoli demostraron que Rossini puede sobrevivir a casi cualquier exceso escénico. Capuano, además, mantuvo el barco a flote con admirable oficio.
El problema es que Barrie Kosky parece haber decidido que Il viaggio a Reims no necesitaba tanto a Rossini como necesitaba un espectáculo.
Y así terminamos con dominatrices, ligueros, puertas giratorias, un pastel gigante, celebridades internacionales y un Happy Birthday digno de una gala privada.
Tres estrellas. Tres por la música, por las voces y por el virtuosismo. Las otras dos se las llevó el pastel.
Si quieres, también puedo hacer una versión todavía más venenosa y tabloide, con titulares tipo “BARTOLI SALE DE LA TORTA Y ROSSINI PIDE AUXILIO”, más cercana al tono de una revista de chismes de alta sociedad.

