jueves, 20 de agosto de 2026
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Blanca Oteiza revive a Margarita Xirgu en el Palacio Libertad)

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(Bs. Aires, 17/VIII/26, Palacio Libertad). Margarita Xirgu: una actriz entre dos continentes. Ideal original: Blanca Oteyza. Dramaturgia: Javier Demaría y Blanca Oteyza. Actuación: Blanca Oteyza. Bandoneón en vivo: Julio Coviello. Composición musical y diseño de sonido: Fabián Carbone. Escenografía: Matías Díaz. Iluminación: Emilio Funes. Vestuario: Lucia Calgaro. Producción y distribución: Carolina Sánchez. Ayudante de dirección: Diego Cabrales. Dirección: Javier Demaría . Nuestra calificación: muy buena

Este espectáculo, en cambio, tiene la inteligencia de intentar devolverle el pulso a la mujer que había detrás del monumento. Y allí reside buena parte del mérito de Margarita Xirgu, el trabajo escrito por Javier Demaria y Blanca Oteiza: no reducir a una de las grandes actrices del siglo XX a la cómoda condición de prócer teatral.

Porque Margarita Xirgu fue, naturalmente, una leyenda. Una intérprete fundamental de la escena española que atravesó Shakespeare, Bernard Shaw, Pirandello, Valle-Inclán, Benavente y D’Annunzio, pero cuya historia quedó definitivamente enlazada con la de Federico García Lorca. Fue Mariana Pineda, Doña Rosita, Yerma, Bernarda Alba; fue una de las voces privilegiadas de un teatro que la Guerra Civil y el asesinato del poeta intentarían convertir, dolorosamente, en memoria.

Pero una vida extraordinaria no garantiza automáticamente un gran espectáculo, y el desafío de esta propuesta era considerable: condensar una biografía atravesada por la gloria, el amor, la política, el teatro y el exilio sin caer en la simple cronología ilustrada. El texto avanza por esos territorios, desde aquella niña que recitaba versos para los vecinos en una Barcelona agitada por las luchas sociales hasta la anciana que mira hacia atrás y descubre que su patria se ha convertido en una ausencia.

Aparecen los hombres de su vida —el padre, los esposos, el amante, el torero Pepe “el Gallo”—, pero la verdadera historia de amor sigue siendo otra: la de una actriz con el teatro. Una mujer que perdió un país, un tiempo y buena parte de su mundo, pero que encontró al otro lado del Atlántico un escenario dispuesto a recibirla.

Y aquí el espectáculo adquiere una dimensión especialmente conmovedora. Xirgu llegó al exilio casi sin saber que estaba despidiéndose definitivamente de España. Argentina, y luego América, le ofrecieron otra vida artística cuando la suya parecía haber quedado suspendida en 1936. Por eso no resulta casual que sea precisamente Blanca Oteiza —otra actriz española cuya trayectoria también dialoga entre ambas orillas— quien emprenda ahora este viaje de regreso.

Oteiza no juega a parecerse a Margarita Xirgu. Hace algo más difícil: intenta encontrar su temperatura.

Su figura menuda y grácil se transforma mediante recursos mínimos. No necesita una acumulación de gestos ni una imitación museística de la gran actriz catalana. Trabaja, por el contrario, desde la contención. Desde el silencio. Desde una voz extraordinariamente cuidada, que sabe cuándo acariciar una palabra y cuándo dejar que el verso caiga con el peso de una sentencia.

Es allí donde su interpretación alcanza sus mejores momentos. En el emocionado pasaje de La rosa mutábile, de Doña Rosita la soltera, o cuando el universo lorquiano vuelve a irrumpir con “Voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir…”, Oteiza consigue que la evocación abandone la categoría de homenaje y se convierta, por instantes, en verdadera presencia.

Su mayor virtud es el tono menor, una expresión que aquí debe entenderse como elogio. Oteiza comprende que frente a una figura de semejante dimensión histórica el peligro consiste en sobreactuar la importancia. Podría subrayarlo todo: el exilio, la tragedia española, Lorca, la gloria, la vejez. Elige no hacerlo. Y esa renuncia al énfasis es, paradójicamente, lo que vuelve más elocuente su trabajo.

No todo en la dramaturgia posee idéntica fuerza. La abundancia de episodios y nombres convierte por momentos la narración en una suerte de recorrido biográfico que enumera más de lo que profundiza. Cuando el espectáculo explica, pierde parte de la magia que alcanza cuando Oteiza simplemente deja vivir a Xirgu. Hubiera sido deseable, quizá, una mayor poda, menos información y todavía más espacio para esos silencios donde el personaje parece escaparse del relato para instalarse, definitivamente, en el escenario.

La presencia de Julio Coviello con el bandoneón resulta, en ese sentido, mucho más que un acompañamiento musical. Su intervención crea climas, tiende puentes entre las diferentes estaciones de una vida y, especialmente, convoca aquella Buenos Aires tanguera que recibió a la actriz exiliada, la adoptó y la celebró. El bandoneón funciona como una segunda memoria: la de una ciudad que también guarda a Xirgu entre sus fantasmas ilustres.

Margarita Xirgu no pretende desmontar críticamente el mito ni ofrecer una biografía definitiva. Su ambición es más íntima: acercarse a una mujer a la que la historia terminó convirtiendo en monumento y devolverle, aunque sea durante una hora, su fragilidad.

Y Blanca Oteiza lo consigue en sus mejores momentos con una delicadeza poco frecuente. No hay exhibicionismo ni voluntad de apropiarse de la leyenda. Hay respeto, conocimiento y, sobre todo, una emoción contenida que evita el sentimentalismo.

Al terminar, uno no tiene la sensación de haber asistido a una clase ilustrada sobre Margarita Xirgu. Lo verdaderamente valioso es otra cosa: por momentos, la impresión de que aquella mujer que salió de España en 1936 y nunca pudo regresar definitivamente ha vuelto a cruzar el Atlántico.

No como estatua. Como actriz. Como exiliada. Como mujer. Y, gracias a Blanca Oteiza, todavía viva.

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