(Buenos Aires, 3/8/2026 – Teatro Colón, sala principal). Ciclo Aura: concierto de Xabier Anduaga (tenor) y Hera Hyesang Park (soprano). Orquesta: del Ciclo Aura. Dirección musical: Constantine Orbelian. Programa: Obras de Jules Massenet, Giuseppe Verdi, Charles Gounod, Georges Bizet, Léo Delibes, Manuel de Falla, José Serrano, Pablo Luna, Federico Moreno Torroba, Gerónimo Giménez, Agustín Lara, Pablo Sorozábal, María Grever, Gioachino Rossini y Giacomo Puccini. Nuestra califiación: muy bueno
No todas las carreras evolucionan con la misma inteligencia. Algunas, deslumbrantes en sus comienzos, terminan diluyéndose por una prematura elección de repertorio; otras crecen con la prudencia suficiente para permitir que la naturaleza del instrumento marque el camino. La de Xabier Anduaga pertenece, afortunadamente, a esta última categoría. Su tercera presentación en el Teatro Colón no significó simplemente el regreso de un tenor exitoso: confirmó la consolidación de un artista que comienza a situarse entre las voces líricas más importantes de su generación
Quienes lo escuchamos años atrás como Alcindoro en L’italiana in Algeri y luego como Percy en Anna Bolena advertíamos ya una técnica excepcional y una musicalidad fuera de lo común. El Anduaga que hoy vuelve al Primer Coliseo es, sin embargo, un cantante diferente. No porque haya modificado la naturaleza de su instrumento, sino porque ha permitido que éste evolucione con absoluta coherencia. Allí donde antes predominaban la luminosidad juvenil y la facilidad del agudo, hoy aparece un centro vocal de considerable mayor riqueza, una paleta tímbrica más amplia y una expresividad que nace de la palabra antes que del mero sonido.
Ese es, probablemente, el dato artístico más relevante de la velada.
Su squillo, siempre natural, continúa proyectándose con una facilidad poco frecuente. Pero lo verdaderamente admirable ya no reside únicamente en esa brillantez de la zona alta, sino en la homogeneidad de toda la emisión. El centro ha adquirido cuerpo, densidad y nobleza sin resignar flexibilidad; el pasaje permanece imperceptible y los agudos conservan esa espontaneidad que únicamente poseen las voces construidas sobre una técnica auténtica. Nunca hubo sensación de esfuerzo. Nunca apareció el recurso de empujar el sonido para imponerse a la orquesta. La voz simplemente llenó el Teatro Colón con la autoridad de los grandes instrumentos.
El programa, cuidadosamente diseñado, permitió recorrer distintas etapas de esa evolución. Desde Donizetti hasta Massenet, pasando por Verdi y culminando en la zarzuela, Anduaga fue dejando en cada intervención una demostración distinta de sus recursos.
La primera gran afirmación llegó con «Ah! mes amis, quel jour de fête», de La fille du régiment. Los célebres agudos —convertidos tantas veces en un simple número circense— aparecieron aquí subordinados al discurso musical. No hubo exhibicionismo. Hubo bel canto. La coloratura fluyó con limpieza ejemplar, el fraseo respiró con absoluta naturalidad y la escritura extrema jamás alteró la elegancia de la línea.

Todavía más reveladora resultó «Caro elisir… Esulti pur la barbara», de L’elisir d’amore. Allí Anduaga ofreció una verdadera lección de estilo. La emisión permaneció diáfana, el color mostró una luminosidad cristalina y cada regulador encontró su exacta función expresiva. Más que cantar Donizetti, pareció comprenderlo desde su esencia. El bel canto dejó de ser virtuosismo para convertirse en lenguaje.
Fue precisamente en estas páginas donde comenzó a percibirse con claridad la evolución de la voz. El instrumento ha ganado espesor sin oscurecer artificialmente el timbre. Ese crecimiento resulta particularmente valioso porque responde a un proceso natural y no al frecuente error de muchos jóvenes tenores que buscan anticipadamente un repertorio para el cual la naturaleza todavía no los ha preparado.
La transición hacia la escuela francesa confirmó esa impresión. En «Je crois entendre encore», de Les pêcheurs de perles, apareció quizá el momento de mayor refinamiento vocal de toda la noche. Los pianísimos fueron sostenidos con una seguridad admirable, la línea permaneció inalterable y el centro de la voz reveló una riqueza armónica desconocida en sus anteriores visitas al Colón. Allí comenzó a vislumbrarse el tenor lírico pleno que probablemente escucharemos en los próximos años.
Distinta fue la situación en «Pourquoi me réveiller», de Werther. La opción de Constantine Orbelian por un tempo excesivamente moroso terminó restando tensión dramática a una de las páginas más intensas de Massenet. Sin embargo, incluso dentro de ese marco interpretativo, Anduaga consiguió sostener la arquitectura musical mediante un fraseo impecable y una admirable inteligencia respiratoria. Allí donde la dirección diluía el impulso dramático, el cantante encontraba el modo de preservar la continuidad del discurso.
Las páginas verdianas terminaron de confirmar que la evolución del instrumento continúa avanzando. «La donna è mobile» mostró un tenor cuya zona aguda conserva intacto el brillo de sus comienzos, aunque ahora sostenida por un centro de considerable mayor autoridad. No se trata aún de una voz verdiana en sentido pleno, pero sí de un instrumento que comienza a mirar naturalmente hacia un repertorio de mayor densidad sin perder la elegancia de su origen belcantista.
La segunda parte encontró su momento culminante en el repertorio español. «Adiós Granada», de Los emigrantes, fue, sin duda, una de las interpretaciones más logradas de toda la velada. Allí Anduaga no solamente cantó; narró, respiró y vivió cada frase. El acento apareció siempre natural, jamás caricaturesco; el fraseo encontró una nobleza infrecuente y la palabra recuperó el protagonismo que tantas veces se pierde en este repertorio. Pocas veces una romanza de zarzuela adquiere semejante jerarquía artística dentro de un concierto de gala.
Algo similar ocurrió con «No puede ser», de La tabernera del puerto, donde volvió a demostrar que el verdadero estilo español nace del canto y no del efecto. Potencia, musicalidad y elegancia convivieron con absoluta naturalidad.
La presencia de Hera Hyesang Park resultó la de una partenaire profesional, musicalmente seria y técnicamente bien preparada. «So anch’io la virtù magica», de Don Pasquale, exhibió una coloratura limpia, mientras que «Va! laisse couler mes larmes», de Werther, permitió apreciar una emisión cuidada y un timbre de agradable esmalte. Sin embargo, el contraste con Anduaga terminó por establecer inevitablemente una diferencia de jerarquías.

Esa distancia apareció con mayor claridad en «Carceleras», de Las hijas del Zebedeo. La corrección técnica nunca alcanzó para suplir la ausencia de auténtico lenguaje zarzuelístico. Faltó intención verbal, flexibilidad rítmica y ese inconfundible acento español que constituye parte esencial de la obra. Algo semejante ocurrió en sus intervenciones italianas, donde la línea permaneció correcta, aunque raramente trascendió hacia una verdadera personalidad interpretativa.
La flamante Orquesta del Ciclo Aura, integrada por destacados músicos de diversos organismos sinfónicos argentinos, confirmó la calidad individual de sus integrantes. El aspecto menos convincente provino de la concepción de Constantine Orbelian, quien pareció privilegiar una sonoridad homogénea, casi estereofónica, antes que el relieve expresivo de las partituras. Las oberturas de Il barbiere di Siviglia, Un giorno di regno y Luisa Miller sonaron prolijas, equilibradas y cuidadosamente ensambladas, pero faltó ese juego de tensiones, contrastes y respiración orquestal que distingue una lectura correcta de una interpretación verdaderamente inspirada.
Los encores prolongaron el entusiasmo del público , entre ellos el Brindis de La traviata, , «Una voce poco fa», ofrecida por Hera Hyesang Park, y un «O soave fanciulla», de La bohème. Precisamente en este último bis volvió a hacerse evidente el desnivel entre ambos solistas. Mientras Anduaga sostuvo con absoluta naturalidad la amplitud de la emisión, la continuidad del fraseo y la expansión lírica que exige Puccini, Hera Hyesang Park no consiguió igualar ni el volumen sonoro ni la densidad expresiva de su partenaire. El resultado fue un dúo que perdió el equilibrio indispensable que reclama una de las páginas más perfectas del repertorio italiano.
La noche, sin embargo, ya tenía un dueño mucho antes de los aplausos finales.
Lo verdaderamente importante de esta tercera visita al Teatro Colón no fue comprobar que Xabier Anduaga canta extraordinariamente bien —eso ya se sabía—, sino advertir cómo una voz privilegiada continúa creciendo sin traicionar jamás su naturaleza. Ese equilibrio entre inteligencia, técnica y evolución constituye hoy su mayor patrimonio.
El bel canto exige mucho más que belleza vocal: requiere estilo, disciplina, paciencia y una comprensión profunda de la palabra convertida en música. Anduaga posee hoy esas cuatro virtudes. Si mantiene la misma prudencia con la que ha construido su carrera, no solo consolidará el lugar que ya ocupa entre los grandes tenores de su generación; estará llamado a convertirse en una de las voces de referencia del repertorio lírico internacional en las próximas décadas.
Porque las grandes voces impresionan. Las verdaderamente importantes, además, evolucionan. Y esa evolución fue, precisamente, el gran acontecimiento artístico que el Teatro Colón tuvo el privilegio de presenciar.
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