(27/7/2026 – Festspielhaus de Bayreuth, Alemania). Wagner: Rienzi, el último de los tribunos. “Gran ópera trágica” en cinco en cinco actos, con libreto del compositor, inspirado en la novela del mismo título de Edward Bulwer-Lytton. Dramaturgia: Markus Kiesel. Orquesta y Coro titulares del Festival de Bayreuth (director de coro: Thomas Eitler-de Lint) Dirección musical: Nathalie Stutzmann. Elenco: Andreas Schager (Rienzi), Gabriela Scherer (Irene), Andreas Bauer Kanabas (Steffano Colonna), Jennifer Holloway (Adriano), Michael Nagy (Orsini), Vitalij Kowaljow (Cardenal Raimondo), Matthias Stier (Baroncelli), etc. Dirección de escena, escenografía y vestuario: Alexandra Szemerédy y Magdolna Parditka. Iluminación: Bernd Gallasch. Vídeo: Leonard Koch. Festspielhaus de Bayreuth. Nuestra calificación: bueno
Hay estrenos que son acontecimientos antes de que suene la primera nota, y este es uno de ellos. Que Rienzi —la ópera favorita de Adolf Hitler, la partitura manuscrita que él recibió y que después desapareció sin dejar rastro— llegara por fin al Festspielhaus, el templo que el propio Wagner construyó y que durante 150 años la previrtió de este título «impuro», no es una curiosidad de programación. Es una confesión. Y como toda confesión tardía, llega cargada de nervios, de exceso y de una necesidad casi desesperada de decirlo todo de una vez.
Lo musical: un compositor buscándose a sí mismo. La partitura de Rienzi no es Wagner todavía, es un joven Wagner disfrazado de Meyerbeer, con la grandiosidad del grand opéra francés vertida en un temperamento obstinadamente italiano. Hay destellos —cromatismos que insinúan al futuro autor de Tristán— pero también kilómetros de repetición y una epopeya que se siente, paradójicamente, comprimida y sin fuerza al mismo tiempo. Nathalie Stutzmann hizo lo que pudo con ese material desigual, y lo hizo con inteligencia: encontró ternura de cámara donde solo había marcha militar, graves que respiraban donde el papel pedía solo volumen. La acústica del Festspielhaus, como siempre, hizo su magia y bañó hasta los pasajes más grises de una luminosidad difusa. Pero ni la mejor batuta puede convertir un boceto en una obra maestra.
Lo escénico: demasiado ruido para una sola idea. Szemerédy y Parditka trasladan la Roma del siglo XIV a un futuro distópico de pantallas y consignas políticas —»¡Enciérrenlo!», «recuperemos Roma», transmisiones «en vivo desde el Capitolio»— en una lectura que quiere hablar de populismo, de psicosis colectiva, del líder que promete unidad y entrega autoritarismo. La idea es potente. La ejecución, agotadora: ballet dentro del ballet, un niño disfrazado de Wagner, versículos bíblicos proyectados, palomas hasta el hartazgo. Es una producción que no confía en su propio concepto y por eso lo repite, lo subraya, lo satura, hasta que el espectador deja de escuchar el mensaje bajo el peso de tanto significante.

El gesto que sí funciona. Y sin embargo, en medio de ese exceso, hay una decisión que corta con precisión quirúrgica: Jennifer Holloway convierte a Adriano —el amante masculino de Irene en la partitura original— en una mujer de identidad lésbica, y lo hace con un canto desgarrado, de lealtades imposibles, que resulta lo más conmovedor de toda la noche. No es un capricho conceptual. Es la respuesta más elocuente que la producción da a la pregunta que flota sobre todo el proyecto: ¿qué hace Bayreuth con la ópera que Hitler amó? La contesta ocupando el cuerpo mismo de la obra, transformando su erotismo, insertando en el corazón de la partitura contaminada una identidad que aquel régimen habría querido borrar. Es Verdad o Consecuencia jugado en serio: Katharina Wagner exhibe la verdad incómoda —el prospecto con la foto de Hitler brindando con Winifred Wagner y Heinz Tietjen se proyectó detrás de la orquesta apenas un día después de un discurso sobre antisemitismo en ese mismo escenario— y asume la consecuencia de intervenir el material desde adentro.
El elenco, en general, estuvo a la altura de la ocasión: Schager, potente aunque monótono, con una dulzura tardía en el cuarto acto; Bauer Kanabas y Nagy, sólidos como rivales políticos; Scherer, luminosa como Irene. Pero fue Holloway quien se llevó la noche.
El balance. Tres estrellas, ni una más ni una menos: por la dirección musical inteligente, por un gesto escénico que sí logra decir algo verdadero sobre la ópera que Hitler adoptó, y por un elenco generoso. Pero también por una producción que confunde acumulación con densidad, y por una obra que —aniversario o no, reparación histórica o no— sigue siendo lo que siempre fue: un boceto ambicioso, no una obra maestra.
Verzeih ihm, Richard. No saben del todo lo que hacen con tu partitura más incómoda —o quizás lo saben demasiado bien, y por eso la sobrecargan de símbolos, como quien empapela una grieta en lugar de repararla. Pero al menos, ciento cincuenta años después, se animaron a abrir la puerta que vos dejaste cerrada. Y en el llanto de Adriano, disfrazado ahora de mujer que ama a otra mujer, hay algo que se parece, por fin, a una disculpa sincera
