Hay títulos que regresan al escenario como una promesa: la de recuperar no solo una partitura, sino un mundo. Die Königin von Saba de Karl Goldmark pertenece a esa categoría esquiva, donde el exotismo decimonónico, la herencia wagneriana y el lirismo centroeuropeo se funden en una arquitectura sonora de gran aliento. La producción del Erkel Theatre de Budapest —bajo la dirección escénica de Csaba Káel— se presenta como un gesto de reivindicación. Pero entre la intención y el resultado se abre una distancia que ni la música logra del todo saldar.
Desde el foso, la obra encuentra su terreno más fértil. La dirección musical privilegia la amplitud de fraseo y el despliegue tímbrico, permitiendo que la orquesta respire con nobleza y detalle. Hay un trabajo cuidadoso en las texturas: cuerdas aterciopeladas, maderas insinuantes y metales que, sin avasallar, sostienen el andamiaje dramático. Goldmark emerge con su riqueza intacta, con ese perfume entre sensual y litúrgico que atraviesa toda la partitura.
Porque el problema no está en lo que se oye, sino en lo que no termina de encarnarse.
El análisis vocal revela un panorama de solidez técnica sin verdadero desborde dramático.
La Reina de Saba de Erika Gál exhibe un instrumento noble, asentado en un centro robusto y bien apoyado. La emisión es homogénea y la colocación, generalmente en máscara, asegura estabilidad. Sin embargo, en el pasaje hacia el agudo aparece cierta rigidez en la cobertura: los sonidos se presentan más contenidos que liberados, con escaso squillo para atravesar la masa orquestal. El fraseo, correcto en el legato, carece de acentos incisivos.
Como Sulamith, Eszter Sümegi ofrece una prestación de escuela: emisión firme, agudos bien enfocados, pasaje resuelto sin fisuras. No obstante, el vibrato tiende a ensancharse en notas sostenidas, y la zona media carece de la densidad expresiva necesaria para equilibrar el brillo superior. El resultado es una línea vocal pulida, aunque de relieve emocional limitado.
El Assad de Boldizsár László enfrenta la zona más ingrata de la partitura. Su emisión en el registro medio resulta algo opaca, y en el ascenso al agudo se percibe una tendencia a empujar desde el soporte, generando tirantez. Los agudos aparecen abiertos, con pérdida de redondez, y el legato se resiente por una gestión del fiato irregular. La técnica, por momentos, entra en tensión… y con ella, el personaje.
El trío central, así, no alcanza a generar la fricción necesaria: falta combustión, falta esa sensación de peligro inminente que debería atravesar cada encuentro.
La escena de Káel, de indudable belleza formal, profundiza esta distancia. La puesta se organiza en cuadros de composición casi pictórica, donde el movimiento dramático queda subordinado a la imagen. El resultado es una sucesión de tableaux elegantes, pero estáticos, donde la acción rara vez encuentra pulso.
Y allí se instala la gran paradoja de la noche: una ópera concebida para el exceso sensorial termina convertida en una experiencia contenida, casi contemplativa. Se admira, se respeta, incluso se disfruta por momentos… pero no arde.
Una recuperación valiosa desde lo musical, con una base vocal sólida y una orquesta que hace justicia a Goldmark. Pero la falta de riesgo escénico y de verdadera incandescencia vocal deja a Die Königin von Saba en un territorio intermedio: el de las obras bien ejecutadas… que nunca terminan de suceder.

