viernes, 17 de julio de 2026
22.4 C
Buenos Aires

Lucila Gandolfo, la gran dama del Teatro

LECTURA RECOMENDADA

Hay un momento en Anastasia, el musical en el que el tiempo parece detenerse. La Emperatriz Viuda entra en escena y, por un instante, el teatro deja de ser un teatro. Ya no estamos en Buenos Aires, sino en un salón de París, en el exilio dorado de una mujer que alguna vez gobernó un imperio y que ahora vive únicamente para una esperanza: encontrar a su nieta perdida. Cuando Lucila Gandolfo aparece bajo la luz, no parece estar interpretando a la Emperatriz. Parece haber nacido para ella.

La mañana después de su debut, todavía lleva algo del personaje en la voz.

—La pasé muy bien. Muchísimo. Fue muy emocionante.

Habla despacio, con la serenidad de quien ha atravesado una noche importante. Había ensayado la obra meses atrás, pero un proyecto en España la obligó a interrumpir el proceso. Regresó a Buenos Aires, vio una función desde la platea y al día siguiente se puso el vestido de la Emperatriz.

—Sentí que me sumaba a algo muy hermoso. El nivel de la producción es maravilloso y me encontré con un equipo que me sostuvo desde el primer minuto. Entonces menciona a las peluqueras, a los vestuaristas, a los técnicos. En el teatro, sabe, los milagros nunca son individuales.

Sin embargo, la historia de este personaje comenzó mucho antes de la noche del estreno.

—Marcelo Rosa me dijo desde el día cero: «Quiero que vos hagas este personaje. Lo soñé con vos».

La frase tiene algo de profecía. Porque la Emperatriz Viuda parece haber estado esperando a Lucila Gandolfo durante años.

La última de los Romanov

Hay personajes que se construyen desde la grandeza y otros desde la herida. La Emperatriz Viuda pertenece a esta última categoría. Ha perdido a su familia, su país, su nombre y su mundo. Sobrevive en un exilio elegante, sostenida únicamente por el recuerdo.

Lucila hace una pausa antes de definirla.

—Es una mujer que ha sufrido muchísimo. Pero tiene una pequeña llama de esperanza. Necesita creer que todavía puede encontrar a esa niña. La pequeña llama.

La frase vuelve una y otra vez durante la conversación.

Y quizás sea porque, en el fondo, la obra no trata sobre un imperio perdido, sino sobre algo mucho más íntimo: la obstinación de una abuela que se niega a aceptar que el amor pueda desaparecer para siempre.

En manos de otra actriz, la Emperatriz podría ser solamente una figura aristocrática, una reliquia de la Rusia imperial. Gandolfo la convierte en algo mucho más humano. En una mujer que todavía espera un milagro.

La elegancia como destino

Hay algo cinematográfico en Lucila Gandolfo. La altura, el porte, la manera de mover las manos, la musicalidad de la voz.

Uno piensa inevitablemente en Ingrid Bergman, en Deborah Kerr, en aquellas mujeres que parecían caminar acompañadas por una orquesta invisible.

Ella sonríe ante la observación.

—Mi mamá era una mujer muy elegante. Toda la vida le dijeron Grace, por Grace Kelly. Quizás algo de aquella herencia habite en mi.

Porque cuando se pone la peluca  de la Emperatriz y se mira al espejo, sucede una transformación casi inmediata.

—El vestuario y las pelucas ayudan muchísimo. Te los ponés y ya te convertís. Es como cuando uno era chico y se disfrazaba.

Pero en el caso de Gandolfo no se trata solamente de un disfraz. Hay en ella una cualidad extraña y difícil de explicar: la capacidad de hacer creíble la elegancia. No la interpreta. La habita.

La memoria como refugio

Durante la conversación, aparece inevitablemente el nombre de Terrence McNally. El dramaturgo de Master Class, obra que marcó profundamente la carrera de Lucila, es también el responsable del libro de Anastasia.

Para ella, no es una coincidencia.

Los personajes de McNally suelen estar atravesados por la memoria, por las pérdidas y por la necesidad de aferrarse al arte o al amor para seguir adelante.

La Emperatriz Viuda pertenece a esa misma familia de seres heridos.

—Creo que todos, de alguna manera, vivimos de una esperanza.

La frase suena a confesión.

Y quizás también explique algo de su propia historia. Hace apenas unos meses, la Royal Academy of Music de Londres le otorgó un reconocimiento a toda su trayectoria artística.

Un premio que llegó veintiséis años después de que Inglaterra le negara la posibilidad de quedarse a trabajar allí.

La vida, a veces, tiene una curiosa manera de cerrar los círculos.

—Sentí que el universo me estaba dando una palmadita en la espalda.

Lo dice sin rencor.

Con la serenidad de quien ha aprendido que las derrotas también forman parte del camino.

Una mujer que todavía cree

El gran tema de Anastasia es la memoria. El segundo es la fe. No la fe religiosa, sino esa otra, más secreta y humana: la capacidad de seguir esperando cuando todo parece perdido.

La Emperatriz Viuda vive gracias a esa fe.

Y quizás Lucila Gandolfo también.

Porque detrás de la actriz premiada, de la gran dama del teatro musical argentino, de la intérprete refinada y de la mujer elegante, aparece alguien que todavía conserva una mirada de niña.

La niña que alguna vez vio una película de Julie Andrews y quiso estar allí, cantando y actuando.

La niña que sigue creyendo en los cuentos. La niña que todavía piensa que la vida puede devolvernos aquello que creíamos perdido.

Cuando se apagan las luces de Anastasia y el público abandona la sala tarareando el vals final, queda la sensación de haber visto algo más que un musical.

Hemos visto a una mujer aferrada a una pequeña llama.

Y en tiempos donde todo parece efímero, quizás no exista acto más valiente que ese: seguir esperando un milagro.

Si la Emperatriz Viuda vive de la esperanza, Lucila Gandolfo la interpreta desde un lugar aún más profundo: la íntima convicción de que algunas historias, algunos sueños y algunas personas siempre encuentran el camino de regreso.

Mas articulos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ULTIMAS NOVEDADES