miércoles, 15 de abril de 2026
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Beatrice Venezi, la dama de la batuta

LECTURA RECOMENDADA

Montevideo tiene esa luz extraña de puerto antiguo donde todo parece suceder en voz baja. Afuera, la ciudad sigue su ritmo; adentro, en la confiteria del Raddison, se construye otra clase de sonido: el de una conversación sin estridencias, sin impostación, casi como si no fuera una entrevista sino un diálogo que se deja llevar. Allí aparece ella, sin necesidad de presentación ampulosa, con la naturalidad de quien sabe que la autoridad no se declama: se ejerce.

Beatrice Venezi habla como dirige: con precisión, pero sin rigidez; con ideas claras, pero sin necesidad de imponerse. Y en ese tono, entre refrescos y pausas, surge la primera gran certeza que atraviesa toda la charla: la ópera no es un objeto muerto que se contempla en vitrinas, sino un organismo vivo que depende —casi desesperadamente— de quienes la sostienen.

Para ella, el problema no es si la ópera está viva o muerta. El problema es otro: quién se hace cargo de mantenerla viva. Y ahí no hay escapatoria posible. La responsabilidad es colectiva. Artistas, músicos, teatros, gestores culturales. Todos. Porque tocar bien ya no alcanza. La excelencia técnica, que durante décadas fue el núcleo del prestigio lírico, hoy es apenas el punto de partida. Lo que falta —y lo dice sin rodeos— es comunicación.

Hay en sus palabras una crítica sutil, pero firme, hacia un sistema que durante años se acostumbró a hablarse a sí mismo. Puestas en escena que se alejan de la dramaturgia, decisiones estéticas que desconectan en lugar de acercar, programaciones que parecen diseñadas más para satisfacer egos que para convocar al público. “Nos olvidamos de quién está del otro lado”, deja entrever, y en esa frase se condensa una de las grietas más profundas del mundo operístico contemporáneo.

Sin embargo, Venezi no cae en el lugar común de culpar al repertorio. No es que La Traviata o Carmen estén agotadas. De hecho, plantea algo incómodo pero revelador: para gran parte del público, todo sigue siendo nuevo. El problema no es repetir títulos, sino no generar interés. Y ahí aparece su idea de una programación con sentido contemporáneo, capaz de tender puentes sin traicionar la calidad. No se trata de simplificar, sino de conectar, un claro ejemplo que dio fue  tener en una misma temporada Romeo et Juliett (Gounod) con West Side Story (Bernstein).

En ese punto, la conversación deriva naturalmente hacia la ausencia de figuras que encarnen el fenómeno de atracción masiva que alguna vez representaron nombres como Pavarotti o Callas. No es nostalgia: es diagnóstico. Hoy, en un mundo donde la cercanía digital diluye el aura, el artista parece haber perdido esa distancia casi mítica que lo convertía en algo más que un intérprete. Las redes sociales democratizaron el acceso, sí, pero también desdibujaron la “magnificencia” del personaje. La ópera, que siempre vivió de esa tensión entre lo humano y lo extraordinario, parece haber quedado atrapada en una zona intermedia.

Pero si el arte cambia, también cambian sus estructuras. Venezi traza con claridad la diferencia entre los sistemas teatrales: el modelo estadounidense, sostenido por financiamiento privado y obligado a llenar salas, frente al europeo —y particularmente el italiano—, donde el sostén público permite mayor libertad artística, aunque a veces al costo de desentenderse del público. Es una dualidad incómoda: la lógica del mercado frente a la lógica de la tradición. Ninguna es completamente virtuosa, ninguna completamente fallida.

En ese entramado, la figura del director de escena aparece como un punto de fricción inevitable. Venezi no rehúye el tema. Su postura es clara: la innovación no puede ir en contra de la dramaturgia musical. La partitura no es un pretexto, es el corazón de la obra. Y hay, además, una preocupación práctica que revela su mirada profundamente musical: el respeto por el cantante. No hay concepto escénico que justifique comprometer la emisión vocal. En esa defensa del intérprete se percibe no solo criterio técnico, sino también ética.

Cuando la conversación se posa en Carmen, el discurso se vuelve más íntimo, más reflexivo. No habla del personaje como arquetipo, sino como idea. Para ella, la verdadera protagonista no es Carmen, sino la libertad. Esa libertad que incomodó en su estreno y que sigue incomodando hoy. La lectura es tan simple como profunda: la ópera de Bizet no triunfa por su melodía, sino por su conflicto. Por esa tensión entre deseo y norma, entre impulso y ley. Y en esa clave, cada personaje adquiere otra dimensión. Carmen no es solo seducción; Micaela no es debilidad; Don José no es una víctima. Son fuerzas en tensión dentro de un mismo sistema.

Hasta ahí, la conversación podría haber quedado en el terreno estrictamente artístico. Pero hay un momento en que la realidad irrumpe con una densidad distinta. El mundo de la ópera, como cualquier otro, no está exento de intereses, alianzas, pequeñas redes de poder. Venezi lo menciona sin dramatismo, casi como una evidencia inevitable. Hay negocios, hay estructuras, hay dinámicas que exceden lo artístico. Y en ese contexto, quien no se pliega, incomoda.

Es entonces cuando aparece el otro eje de este perfil: el de la exposición mediática, la crítica feroz, la construcción de relatos ajenos a la realidad. Durante los últimos años, la figura de Venezi ha sido objeto de controversias, etiquetas, interpretaciones apresuradas. Se han dicho cosas. Muchas. Algunas ciertas, muchas no. Y, sin embargo, lo que más llama la atención no es el contenido de esos ataques, sino su respuesta.

O mejor dicho: su ausencia de respuesta.

El silencio de Venezi no es vacío. Es una postura. Mientras el ruido crece, mientras las redes amplifican y distorsionan, ella elige no entrar en esa dinámica. No hay declaraciones inflamadas, no hay desmentidas públicas, no hay contraataques. Hay, en cambio, una decisión consciente de sostenerse en el trabajo, en la música, en una identidad que no necesita validación externa.

Ese silencio, lejos de ser pasividad, se convierte en una forma de resistencia. En un gesto que, en un mundo saturado de opiniones inmediatas, adquiere una potencia inesperada. “No todo merece respuesta”, parece decir, y en esa frase implícita se condensa en una filosofía. Porque responder a todo es, en algún punto, aceptar las reglas del juego del otro.

Claro que no fue un camino sin costo. Al principio, admite entre líneas, hubo dolor. Ser objeto de interpretaciones ajenas, de etiquetas impuestas, de discursos que no reflejan la propia voz, deja marcas. Pero hay un punto de inflexión: cuando la mirada deja de estar afuera y se centra en uno mismo. Ahí, el ruido pierde fuerza.

También hay una reflexión más amplia, casi incómoda, sobre el rol del periodismo y del pensamiento crítico. No desde la confrontación, sino desde la perplejidad. ¿Qué sucede cuando se opina sin conocer? ¿Cuando se construyen narrativas sin diálogo? ¿Cuando la verdad deja de ser relevante frente a la eficacia del relato? No hay respuestas cerradas, pero sí una inquietud que atraviesa el discurso.

En ese contexto, la idea de mérito y transparencia aparece como un ancla. Venezi insiste —sin necesidad de enfatizar— en que su recorrido es fruto de su trabajo. Y en un ambiente donde las redes de influencia existen, esa afirmación adquiere un peso particular. No es una defensa, es una constatación.

La charla se va apagando como se apagan los teatros después de la función. Sin dramatismo, sin conclusiones grandilocuentes. Queda, sin embargo, una imagen clara: la de una directora que no necesita elevar la voz para hacerse oír. Que entiende el poder del gesto mínimo, del tempo justo, del silencio colocado en el lugar exacto.

Porque, al final, dirigir también es eso. Saber cuándo hacer sonar la orquesta… y cuándo dejar que el silencio diga todo.

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