(Bs. Aires, 18/VI/2026, Paseo La Plaza) . Las Hijas, de Adriana Asturzi. Dirección: Adrián Suar. Intérpretes: Florencia Peña, Soledad Villamil y Pilar Gamboa. Escenografía: Mariana Tirante. Vestuario: Sofía Di Nunzio. Iluminación: Matías Sendón. Sala: Paseo La Plaza, Avda. Corrientes 1660. Funciones: jueves, a las 20 hs,; viernes, 20 hs.; sábados, a las 18 y 20 hs. , domingos, 19 hs. Nuestra opinión: buena.
Las Hijas, de Ariadna Asturzzi, propone una dramaturgia íntima, de apariencia sencilla, que se interna en uno de los dramas más devastadores que puede atravesar una familia: el avance del Alzheimer sobre la madre y la forma en que esa enfermedad termina desnudando viejas heridas, afectos contenidos y palabras que nunca llegaron a decirse.
La obra no intenta convertir la enfermedad en protagonista. El verdadero conflicto está en las tres hermanas, obligadas a enfrentarse entre ellas mientras la memoria materna se desvanece. Asturzzi construye un relato introspectivo sobre las relaciones humanas, donde cada recuerdo posee una versión distinta y donde la ausencia de respuestas pesa tanto como las confesiones que llegan demasiado tarde.
Su escritura apuesta por la cotidianeidad y por un costumbrismo reconocible para el público argentino. Allí encuentra buena parte de su empatía, aunque también su principal límite. El texto avanza sin estridencias, apoyándose en situaciones familiares reconocibles, pero en más de un pasaje parece conformarse con recorrer caminos previsibles. La emoción aparece, aunque rara vez alcanza la intensidad dramática que la temática promete. El espectador se conmueve, sí, pero queda la sensación de que la obra podía haberse permitido explorar zonas mucho más profundas y arriesgadas.
Si «Las Hijas» sostiene su interés de principio a fin es, fundamentalmente, por un trío actoral de enorme categoría.
Soledad Villamil construye un personaje de admirable contención, administrando silencios y miradas con la precisión de quien comprende que el dolor más profundo rara vez necesita elevar la voz.
Florencia Peña, alejada de los registros que la hicieron popular, sorprende con una composición medida, sensible y despojada. Su trabajo confirma, una vez más, la amplitud de recursos de una actriz capaz de abandonar cualquier zona de confort para ponerse al servicio del personaje.
Y Pilar Gamboa aporta esa naturalidad que parece no requerir esfuerzo. Su presencia escénica transmite verdad, equilibrio y una espontaneidad que convierte cada intervención en un momento genuino. Ninguna busca imponerse sobre la otra; por el contrario, las tres entienden que el verdadero protagonista es el vínculo que las une y las enfrenta.
En su debut como director teatral, Adrián Suar demuestra inteligencia para comprender el material que tiene entre manos. Su dirección nunca pretende sobresalir por encima del texto ni de las actuaciones. Por el contrario, apuesta por una conducción flexible, administrando con buen pulso el timing que requiere una comedia dramática de fuerte impronta costumbrista. Los silencios, las pausas y las réplicas encuentran el ritmo adecuado, permitiendo que las emociones emerjan con naturalidad, sin golpes bajos ni recursos efectistas. Es un estreno promisorio detrás de escena, donde Suar exhibe una saludable confianza en el trabajo de sus intérpretes.
Esa misma búsqueda de sobriedad se refleja en el diseño escenográfico de Mariana Tirantte, que evita cualquier protagonismo innecesario. El living donde transcurre la acción se convierte en un espacio cotidiano, reconocible, casi el de cualquier familia argentina. No busca impresionar visualmente, sino convertirse en el ámbito donde las conversaciones, los recuerdos y las cuentas pendientes encuentran el marco ideal para desarrollarse.
Complementando esa propuesta visual, la iluminación diseñada por Matías Sendón adquiere un notable valor dramatúrgico. Lejos de limitarse a iluminar la escena, la luz se transforma en un recurso narrativo que acompaña la introspección de cada una de las hermanas. Sus precisos cambios lumínicos aíslan emocionalmente a los personajes, otorgándoles instantes de profunda intimidad donde el espectador parece ingresar en sus pensamientos más ocultos. La iluminación marca esos momentos de reflexión individual, subraya el universo interior de cada protagonista y potencia el carácter confesional de la obra, convirtiéndose en un elemento expresivo tan sutil como eficaz, que dialoga permanentemente con las emociones que propone el texto.
Las Hijas emociona más por identificación que por sorpresa. Quien haya convivido con el deterioro cognitivo de un ser querido reconocerá en escena situaciones dolorosamente familiares. Sin embargo, como construcción dramatúrgica, la obra no termina de trascender ese retrato íntimo para alcanzar una verdadera dimensión universal. Su honestidad conmueve; su profundidad, en cambio, queda apenas insinuada.
Es una propuesta sensible, cálida y correctamente realizada, sostenida por tres actrices en un nivel sobresaliente, una dirección que comprende el tono que la obra necesita y un lenguaje visual que acompaña con inteligencia cada estado emocional. Quizás la dramaturgia podría haber asumido mayores riesgos y escapar, en algunos momentos, de la comodidad del costumbrismo para transformar esa emoción en una experiencia teatral verdaderamente inolvidable.

