viernes, 24 de julio de 2026
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La Obra, de Mariano Pensotti: cuando el artificio desplaza a la emoción

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Hay una certeza que nadie puede discutir: Mariano Pensotti es uno de los directores más inteligentes del teatro argentino contemporáneo. Su dominio del lenguaje escénico, su capacidad para construir dispositivos narrativos complejos y su permanente búsqueda formal lo ubican entre los creadores más influyentes de las últimas décadas. El problema aparece cuando esa inteligencia parece obsesionarse tanto con demostrar su brillantez que termina olvidándose de algo elemental: el teatro también debe emocionar.

En La Obra, presentada junto al Grupo Marea tras un exitoso recorrido por festivales europeos y ahora estrenada en el Teatro Presidente Alvear, Pensotti vuelve a desplegar un mecanismo teatral admirable. Tan admirable como calculado. Tan preciso como distante.

La historia resulta atrapante. Simon Frank, un supuesto sobreviviente judío del Holocausto, llega a un pequeño pueblo bonaerense para reconstruir la casa que perdió en Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, durante décadas involucra a los vecinos en la representación de una obra basada en sus recuerdos. Hasta que todo estalla: el hombre nunca fue quien decía ser y el relato que había conmovido a toda una comunidad era una ficción cuidadosamente elaborada.

La primera mitad funciona de manera brillante. Pensotti juega con los códigos del falso documental, mezcla entrevistas, archivos, reconstrucciones y actuaciones de un naturalismo extraordinario. El espectador entra de lleno en la propuesta y, por momentos, llega a preguntarse si aquello ocurrió realmente. Ese es, probablemente, el mayor logro del espectáculo: manipular nuestra necesidad de creer y exponer con enorme lucidez cómo consumimos el sufrimiento ajeno casi como un producto cultural.

Pero cuando el truco queda al descubierto, también comienza a desarmarse la obra.

Lo que hasta ese momento era un thriller teatral sobre la memoria se transforma en una larga explicación acerca de la memoria. Y ahí aparece el viejo problema de cierto teatro contemporáneo: confundir complejidad con profundidad.

Pensotti parece desconfiar del espectador. En lugar de permitir que las ideas respiren, decide subrayarlas una y otra vez. El resultado es una segunda parte excesivamente discursiva, donde el conflicto pierde espesor dramático y la emoción queda atrapada bajo toneladas de teoría.

No deja de ser paradójico: una obra que reflexiona sobre la construcción de la verdad termina construyendo un discurso que parece más interesado en demostrar su inteligencia que en conmover.

El elenco sostiene con enorme profesionalismo un material que por momentos se vuelve más conceptual que teatral.

Alejandra Flechner aporta una verdad escénica conmovedora y vuelve a confirmar por qué es una de las mejores actrices del país.

Diego Velázquez y Susana Pampín manejan con admirable sutileza esa permanente ambigüedad entre el actor y el personaje.

Horacio Acosta y Pablo Seijo construyen con enorme naturalidad el universo del pequeño pueblo, mientras que Rami Fadel Khalaf incorpora una presencia de gran potencia simbólica al tender un puente entre los desplazamientos provocados por el Holocausto y las tragedias migratorias del presente.

Desde lo técnico, poco puede objetarse.

La escenografía giratoria de Mariana Tirantte es uno de los grandes aciertos de la puesta. Su movimiento constante genera una narrativa visual de enorme sofisticación y convierte al escenario en una cámara cinematográfica capaz de atravesar tiempos y espacios sin perder fluidez.

Pero justamente allí aparece la contradicción de La Obra. Todo funciona. La maquinaria es impecable. Las actuaciones son excelentes. La puesta deslumbra. Las ideas abundan. Y, sin embargo, cuando se encienden las luces cuesta recordar un momento verdaderamente conmovedor.

Uno sale admirando el dispositivo, pero no a los personajes. Aplaude la arquitectura intelectual, aunque difícilmente se lleve consigo una emoción perdurable. Es un teatro que impresiona más de lo que afecta.

Pensotti vuelve a demostrar que puede construir uno de los mecanismos escénicos más sofisticados del teatro argentino actual. Lo que todavía queda pendiente es demostrar que semejante despliegue técnico y conceptual puede convivir, sin complejos, con algo tan sencillo —y tan difícil— como emocionar.

Veredicto: La Obra confirma el enorme talento de Mariano Pensotti como creador de dispositivos teatrales. Es una propuesta inteligente, impecablemente interpretada y visualmente fascinante. Pero detrás de tanta precisión, el espectáculo termina exhibiendo una vieja debilidad del teatro excesivamente conceptual: cuando la cabeza ocupa todo el escenario, el corazón suele quedarse sin lugar.

 

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